jueves, 22 de diciembre de 2011

Pecados capitales: la gula

-Vero.¿Puedo ir al baño ahora que está tranquilo?
-Si dale, andá.
Al volver del baño entreabrió la puerta del comedor y se asomó. No había nadie. Abrió la heladera rápidamente y sacó una de las viandas. Sacó la tapa, que tenía escrita la palabra "Mabel" con marcador negro, y devoró las empanadas de dos mordiscos, casi atorándose. Puso el contenedor vacío en la heladera y se limpió la boca con una manga. Sacó una botella de refresco y empinó un trago largo. Todo no le llevó más de un minuto. Se asomó  con cautela al pasillo verificando que no había nadie. Finalmente, volvió a su puesto de trabajo caminando plácidamente.
Sintió el primer retorcijón mientras cortaba jamón en la máquina. Se dobló sobre la  mesada sosteniéndose el vientre, con la cara contraída de dolor. Caminó como pudo hacia la trastienda, sintiendo una jauría de navajas en las tripas. Miró la puerta del baño con los ojos nublados de lágrimas.
Sólo tenía que recorrer una decena de metros, pero cuando había  transitado la mitad de esa distancia una nueva puntada la obligó a detenerse. Las piernas le flaquearon, tuvo que recostarse en la pared. Un gemido escapó de su garganta al tiempo que sentia como algo cálido y viscoso le recorría las piernas. Un olor inconfundible inundó el ambiente, volviéndolo irrespirable. Sus compañeras se acercaron, mirándola fijamente.
Mabel le preguntó: -¿Que pasó chiquita, algo te cayó mal?
No contestó, estaba intentando recuperar la respiración. Finalmente, impulsada por la verguenza, corrió hacia el baño.
Martha miró a Mabel sin disimular el asco.
-Negra, me parece que se te fue la mano con el laxante.

martes, 13 de diciembre de 2011

Pecados capitales: la soberbia



Damián la miró con una de esas sonrisas que había ensayado muchas veces frente al espejo en sus años juveniles, y que ahora reservaba para los momentos culminantes, cuando la presa empezaba a tambalearse. Cecilia respondió con otra, más insegura, entrecerrando un poco los ojos. Era el momento de dar el siguiente paso.
-¿Te parece si caminamos un poco? La noche está preciosa.
Tardó unos segundos en responder, pareció dudar. Finalmente, respondió:
-Dale.
Caminaron sin rumbo fijo, hablando animadamente, desinhibidos por el vino que habían tomado. Él mostraba mucho aplomo, moviendo las manos ampulosamente mientras hablaba.
-Me gusta recorrer la ciudad de noche. Me gusta respirar el aire nocturno, caminar sin los apuros del día, ver las caras distendidas de la gente, tan diferentes en sus gestos a las caras malhumoradas y contracturadas que te cruzás durante el día. La ciudad de noche muestra otra cara, mucho más interesante. ¿No te parece?
-Sí, es cierto todo lo que decís, pero a mí en lo personal me da un poco de miedo andar de noche en la calle. Hace unos meses me asaltaron, yo iba por la esquina de la facultad de arquitectura a las doce de la noche y un tipo me puso un cuchillo en el cuello y me robó. Fue horrible, pensé que me iba a pasar algo peor, lo más angustioso que he vivido. Recién ahora me estoy animando a andar de nuevo, pero el miedo no se me va del todo.
-Que lástima que hayas pasado por eso, menos mal que no fue peor. Sí, lamentablemente para una mujer andar sola de noche es complicado hoy por hoy.
-¿Para una mujer? Yo creo que no sólo para una mujer.
-Sí, lógicamente, anda gente muy zarpada en la vuelta. Lo que digo es que los rastrillos lo piensan dos veces antes de meterse con un hombre joven. Esas lacras son como las hienas, buscan víctimas débiles e indefensas: mujeres, niños, viejos.
-¿De qué te sirve ser un hombre joven y fuerte si te ataca una patota o te cruzás a alguien armado?
-Claro, claro, nadie está a salvo. Pero no sé, salvo en esos casos extremos te podés defender de otra manera. Yo, por ejemplo, soy cinturón negro de sipalki. Mirá que no me gusta la violencia, además se nos enseña a usarla sólo como último recurso, pero tengo la seguridad de que ningún rastrillito va a meterme el peso así nomás, el que venga por lana se va a ir esquilado.
Damián agregó a la sonrisa una inclinación de cabeza en un ángulo cuidadosamente estudiado, y levantó una ceja para refrendar con rotundidad su virilidad desbordante, su carácter misterioso e indomable,  el privilegio que significaba para ella estar con él.
Dos tipos aparecieron de pronto, caminando en sentido contrario por la misma vereda. Eran gordos, sucios, displicentes. Uno de ellos se desvió y se paró frente a Damián, preguntándole con tono un poco agresivo:
-¿Un cigarro, amigo?
-No fumamos.-contestó Damián.
El otro frunció la boca en un gesto de disconformidad. Su compañero, sin sacar las manos de los bolsillos, se paró a su lado, mirando a Damián fijamente.
Ahora el que había pedido el cigarro la miró a Cecilia, escaneándola sin disimulo, con avidez, antes de largar las palabras que chasquearon contra la vereda rota.
-Que buena que estás bebé.
-Escuchame...- empezó a decir, casi a susurrar, Damián.
-No te estoy hablando a vos, puto. Me parece que ésta es demasiada hembra para vos. Me la voy a cojer bien cojida y después te voy a dar a vos.
Se había acercado hasta casi tocarlo con su furia, respirando con fuerza, apretando los desparejos dientes.
Las mejillas de Damián se decoloraron hasta quedar blancas como la nieve. Desvió la mirada mientras un balbuceo empezó a sonar lastimeramente en su boca.
-Y-yo... no... yo...n-n-o...
-No rompas las bolas Aníbal, dejá a esta gente tranquila. Dale, vamos.
La voz sonó en la noche como la arenga de un domador a una fiera a punto de saltar sobre el público. El segundo hombre se había acercado a su compañero, poniéndole una mano sobre el pecho, acompañando el reproche de las palabras con el de la mirada.
El otro lo miró, miró a Damián, aflojó el cuerpo, desplegando una sonrisa sobradora.
Se fueron con el mismo paso anodino, dejando una estela de carcajadas como todo rastro.
Los vieron perderse lentamente en las tinieblas. Cuando hubieron desaparecido, la cara de Damián cambió de blanco a rojo intenso. Miró a Cecilia, recuperando el gesto de suficiencia, ocultando la humillación con un invisible movimiento de prestidigitador.
-Estuve a punto de romperles la cabeza, me tuve que aguantar. Por vos ¿Viste? No quise ponerte en riesgo. Por suerte aflojaron a tiempo. ¿Estás bien? ¿Te pusiste nerviosa?
Estiró los brazos buscándole las mejillas. Ella se liberó con un violento gesto de asco.
-Mejor me voy, me tomo un taxi.
-No dejes que un mal  momento pasajero nos arruine la noche. En todo caso podemos ir a mi apartamento, abrir una botella de vino y charlar tranquilos.
-Si. ¡En tus sueños!
Caminó con pasos impacientes rumbo a la avenida. El iba atrás. La alcanzó en el momento en que paraba un taxi.
-Llamame y arreglamos algo. ¿O preferís que te llame?
El ruido de un portazo fue la única respuesta que pudo escuchar. Vio el coche alejarse, llevándose consigo sus posibilidades de compartir cama esa noche.
-Puta... Igual, no estaba tan buena.





jueves, 17 de noviembre de 2011

Travesía

La noche se acerca, su presencia se anuncia en el largo de las sombras, en el frío que avanza  decidido, en la capa de melancolía que crece minuto a minuto. Uno de los últimos rayos de sol, ya debilitado, entra por la ventana de la celda. Repta, indeciso, se encuentra con la cara de Julio García, rebota contra las cicatrices y las arrugas de esa cara que parece anterior al tiempo, se incrusta en el tajo de la boca, muere en los tatuajes del cuello. Julio mira, a través de los barrotes oxidados,lo que queda del patio en la tarde,la aguja insolente del mástil, que en su cúspide sostiene una bandera. Se detiene en el rectángulo de tela flameante, fija la mirada en los colores gastados, murmura una maldición. Alza la vista y la posa  en las montañas, ya opacas, que se levantan en el horizonte. Mira el paisaje de cumbres oscuras, testigos mudos de sus últimas horas. Un escalofrío le recorre la espalda. Pensar en la muerte, en la inminencia de la nada enroscándose en su cara, como un reptil viscoso penetrándole los huesos lentamente, hace que se le aflojen las piernas. Decide evitar pensar en ella, mira con fuerza en dirección a las montañas, concentrándose en las sombras gigantescas que recortan lo que queda del cielo diurno. A lo lejos, paciendo, las montañas, y más allá, invisible, inalcanzable para sus ojos, debe estar el mar. Piensa en el mar. Una lluvia de recuerdos se precipita en su cabeza, saturada de imágenes de amaneceres fríos, cielos infinitos, olas encabritadas. Afila un poco la memoria hasta recordar el olor a sal, impregnando cada pliegue de su niñez. Cierra los ojos, para mantener cautivo ese aroma, temiendo que alguna distracción le permita escapar. Mira ahora los brazos de su padre, Adolfo García, pintados por el sol, día tras día, año tras año, de un color madera brillante. Solía mirarlo mientras preparaba las redes, gigante contra la bóveda del cielo, con el tabaco colgando de los labios duros, y le parecía estar mirando una escultura, como las que tallaban algunos pescadores usando una navaja y un tarugo de madera. Julio lo miraba trabajar, miraba los brazos fibrosos que se movían como si tuvieran vida propia, como si fueran  independientes del resto del cuerpo, hechos definitivamente para estar moviéndose siempre, cinchando, atando, levantando. Recuerda ahora a su padre parado en la playa, mirando al mar. Él miraba a su padre, y éste al suyo, a ese padre severo y generoso, misterioso y bravío, que en el rumor de sus olas hablaba de lo pasajero de la vida y de lo eterno de la muerte. La muerte. Aprieta los párpados para fijar los recuerdos, para evadir la fría bestia que le muerde la carne. ¡Fuera, fuera, puta! Recuerda los días de mar picado, la cara de su padre reflejando la impaciencia de las olas, sintiéndose traicionado tal vez por el viento, por el cielo, por el Dios de las profundidades marinas. Cuando había tormenta no salía el bote, por lo tanto no había pesca, y se las tenían que arreglar con lo que tuvieran, ya que esos días no verían llegar a la madre con el surtido del almacén.
Es tarde, el sol se ha fugado  más allá de los muros del horizonte. Las montañas ya no se ven, camufladas en la oscuridad. Julio García se acuesta en el sucio camastro de la celda y prende un cigarro. Está solo, es el privilegio de los condenados a muerte. Solo con la sombra de la muerte creciendo segundo a segundo, filtrándose entre los barrotes indefensos. Siente el revoltijo en el vientre, se obliga a pensar en el olor a sal de sus ocho años. Cierra los ojos y ve a su padre, empujando el bote en la mañana húmeda. Había amenaza de tormenta; después, con un tono de reproche contenido, todos lo repetían. Lo que no decían era que Adolfo García había salido muchas veces, pese a los pronósticos. El se guiaba por su instinto, confiaba en lo que le decían los huesos, más que en lo que podían advertir los informes meteorológicos. Julio vio el bote alejarse, achicándose con el paso de los minutos, cabalgando las primeras olas de la mañana, bañada la cubierta por un sol perezoso, perpendicular a la esperanza.  Vio la silueta de Adolfo plantada en el puente, balanceándose en el borde de la eternidad, alejándose de espaldas a la costa y a la vida. A media mañana, el cielo se cubrió repentinamente con un tapiz de  nubes, negras como el destino. Cerca del mediodía, un trueno, solemne, ancho, aterrador, dio inicio a la tormenta. Julio y sus hermanos corrieron a refugiarse en la casa. El viento y la lluvia azotaban la ventana con furia, haciendo imposible ver lo que pasaba afuera. Julio escuchó, detrás, un sonido extraño, como un gorgoteo. Al mirar la cara de su madre surcada de lágrimas sintió miedo.
Miedo. Se incorpora y se sienta para prender otro cigarro, como si pudiera, con ese acto, sacudirse de encima la presión pegajosa. Baja y camina por la celda, yendo y viniendo, sintiéndose desangrar a cada paso, ahogado por la ola creciente de la angustia.
Se paró en la orilla, queriendo ver la proa del bote amaneciendo entre las olas, suplicándole al abismo que le devolviera a su padre, que se cobrara su propia vida como el pago necesario para su regreso. Unas pocas mañanas después, medio dormido, lo subieron a un camión destartalado que, arrastrándose entre las dunas, lo llevó, junto a su madre y sus hermanos, con rumbo a lo desconocido, a un lugar privado de la presencia del mar. Julio miró, zarandeándose, entre los pocos muebles que habían cargado, la serena faz líquida que parecía despedirlos con su lento balanceo. Nunca volvió a ver el mar.
El ruido de los pasos lo hacen caer en la realidad.
_Es la hora.- dice el guardia más viejo. Sin contestar, adelanta los brazos para que le pongan las esposas. Empieza  la procesión por el corredor de la muerte, y el resto de los presos, unánimes en el horror, gritan, golpean, aúllan su solidaridad con el condenado. Julio García camina detrás de los guardias, al principio piensa que no tendrá fuerzas para llegar a la puerta, que adivina al fondo del pasillo. Después empieza a afirmarse, levanta la vista y entorna los ojos para evitar que los lastime el sol. Siente, con cada paso que lo acerca a la inyección siniestra, cómo las olas crecen en sus flancos, mientras el cielo y las aguas combaten, haciéndolo caer en su fuego cruzado. Se hunde, pero ya no tiene miedo. La tormenta es ahora una imagen congelada, ve la cara de su padre e intenta sonreír mientras  la espuma salada le llena la boca.

viernes, 14 de octubre de 2011

Bocacalle

Casi llegando a la esquina saqué el paquete de chicles del bolsillo. Hice una bolita con el envoltorio, le apunté a un charco que se había formado en el hueco de una baldosa faltante, y lo tiré. Casi no se veian autos, era un barrio tranquilo, además era domingo y ya cerca de la medianoche. Bajé el cordón con paso despreocupado, pensando en el sorteo del cinco de oro. Hacía frío. Me subí las solapas del saco y encogí el cuerpo, redoblando el paso. A unos veinte metros delante mío, una rubia despampanante contoneaba su jean ajustado queriendo abarcar toda la vereda. Aceleré, con la intención de alcanzarla. En ese momento la lluvia, que había estado agazapada desde hacía horas, empezó a caer, mansa pero constante. Imprimí aún más velocidad a mi tranco, ya casi estaba corriendo. La noche se mostraba hostil, ofuscada, escapando hacia todos los puntos cardinales. Maldije por no tener un paraguas, como cada vez que la lluvia me sorprendía en la calle. Un zumbido y una luz me sacaron de mis pensamientos. Giré la cabeza y a lo lejos vi la doble advertencia de unos focos acercándose. Empecé a transpirar, pese a la lluvia; me dolían las piernas. Escupí el chicle, dejándolo atrás. El refugio de la vereda estaba aún lejos. Dejando de lado todo recato, corrí con todas mis fuerzas. La luz ahora me cubria, encegueciéndome. El ruido de ruedas sobre el pavimento mojado se acercaba. Me cubrí la cara para ocultarla del resplandor, y volví a mirar adelante. Todavía muy lejos. Estaba quedándome sin aire, no soy de correr ni de hacer ejercicio. Tal vez pudiera volver. Miré hacia atrás, pero la distancia hacia la salvación era mayor todavía. De pronto sentí que las piernas, agotadas, dejaban de responderme. Miré hacia el auto que se me abalanzaba y tuve ganas de gritar. Haciendo acopio de mis últimas fuerzas, reanudé la marcha. Tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tengo que lograrlo...

viernes, 9 de septiembre de 2011

El misterio del cajero automático

Estás yendo para el trabajo con el tiempo justo y te acordás de que tenés que pasar por un cajero. Te decís que si  hay mucha gente seguís de largo, pero hete aquí que sólo hay una persona adelante tuyo, por lo que decidís quedarte a sacar plata. Después de cinco o seis minutos de esperar que la tal persona, que a veces es una dulce abuelita, otras un yuppie con cara de aburrido, salga, es cuando empiezan a surgir las preguntas: ¿Habrá encontrado la forma de conectarse a internet desde el cajero? ¿Estará chateando? ¿Se estará tomando un café, surgido desde la ranura que entrega los billetes? ¿O quizás consultando el horóscopo? ¿Será el cajero un nudo de energía, como las pirámides o la estancia La Aurora, y quien está dentro un iniciado que está encontrando la iluminación? ¿Qué usos ocultos tienen los cajeros automáticos que uno, en casi cuarenta años de vida, no ha descubierto? Finalmente la persona sale, y te dan ganas de preguntárselo (que son mucho menos intensas que las de estrangularlo/a). En cambio entrás, y antes de poner la tarjeta en la ranura y sacar la plata ( operación que no PUEDE tardar más de TREINTA segundos), mirás al aparato esperando que te diga o te muestre algo, que te de una señal, por mínima que sea. Pero nada, y terminás pensando que, después de todo, poner la plata abajo del colchón no es tan mala idea.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Idolo

 Recibió la pelota viboreante con una caricia, dejándola aturdida contra el empeine, mansita. Reconoció, en una fracción de segundo, la silueta del marcador, avecinándose como una tormenta. Quebró la cintura y tocó la pelota en un sólo movimiento, dejando al rival desparramado sobre el césped. Otra camiseta rival apareció por la derecha, amenazante. Pisó la pelota y  le dió un toque, dejándose el espacio justo para disparar el pique demoledor. Enfrentó, rebosante de serenidad, al último escollo, el arquero. Amagó sin detener la carrera, lanzándose hacia el otro costado, sorteando al cuerpo vencido del adversario, acercándose inexorable al rectángulo del arco, prodigando una última caricia al esférico, lo suficientemente suave como para imprimirle un efecto dramático al rodar, sutil y contundente al mismo tiempo. Después, abrió los brazos, desgajó el grito uniéndose al coro multitudinario, dejó que el pecho se le llenara de gloria.
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-Fijese, Arellano, que nosotros venimos a reparar una omisión imperdonable que la Asociación ha tenido con usted durante años. Nosotros, en tanto representantes de todo el fútbol uruguayo, y me atrevo a decir más, de la sociedad uruguaya entera, no podíamos menos que reconocer a una gloria como usted. Humildemente, sí, dada la situación delicada en que nos encontramos hoy en día desde el punto de vista financiero; fijese que cada día va menos gente al fútbol, nos vemos en figurillas para mantener los números de la Asociación en orden. Pero no importa, acá estamos; sabiendo que usted no está pasando tampoco por un buen momento, le tendemos nuestra mano solidaria, de hermano diría yo, para ayudarlo a salir del pozo en que la vida lo ha sumido injustamente. Vamos Arellano, venga un apretón de manos y un abrazo. Espere, me acomodo la corbata primero. Ahora si, a ver, los fotógrafos, atentos que ahí vamos.
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-Acá tiene el uniforme, son mil  pesos que se los descontamos en tres cuotas. Firme acá. Si, ahí mismo. Vaya nomás.
Arellano bajó la escalera siguiendo al encargado, adentrándose sin pausa en la húmeda atmósfera del estacionamiento. Miró las filas de autos último modelo, impolutas máquinas, dormidas en la penumbra del sótano débilmente iluminado. Al llegar a la garita, el encargado lo hizo entrar.
-Cualquier cosa me llama, Arellano, asegúrese de tener el handy siempre prendido.
Hizo una pausa, cambiando la mirada. Arellano se reconoció en ella, reconoció una de aquellas miradas de antes, una de ésas que ya le dedicaban sólo de vez en cuando.
-Sólo una cosa más. ¿Me firmaría un autógrafo para mi hijo? Le hablé de usted,  del Torpedo Arellano, de lo grande que fue. Tome una lapicera.
Arellano se quedó sentado, mirando a través del vidrio de la garita, esperando que la caldera le avisara que el agua para el mate estaba pronta. Cuarenta pesos la hora. Se acordó de cuando iba en ómnibus a las prácticas, de aquellas veces en que el viejo no tenía para darle y le pedía prestada la bicicleta al Pepe Bustamante. Los comienzos habían sido duros, siempre eran duros.
-Si no no tendría gracia, dijo en voz alta, para convencerse de que esta vez, como aquélla, la vida, después de zamarrearlo un poco, le abriría los brazos para recibirlo como a su hijo pródigo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Desfasaje

Miré la esfera grave del reloj, pestañando antes de sentir el golpe del pánico en el cuerpo. Había cerrado los ojos con descuido, cediendo por un instante a las ganas de seguir durmiendo, abríéndolos con violencia ante el aullido de la alarma en mi cabeza. ¡No te duermas! Demasiado tarde. ¡Las siete y cinco! ¡Y cinco!
Me vestí omitiendo la ducha, mientras maldecía. Ya no tendría tiempo para desayunar como a mí me gusta, armando la mesa ceremoniosamente, disponiendo con precisión geométrica el azucarero, la miel, el plato con las tostadas, el platillo y la taza de café. Apenas si pude deglutir una banana antes de salir disparado con rumbo a la parada. Llamé al ascensor pero me di cuenta de que no cargaba con la paciencia suficiente como para quedarme esperándolo. Me lancé escaleras abajo, sintiendo el contrapunto entre el golpe de mis pies contra los escalones y el batir furioso del corazón contra las costillas.
Al salir a la calle no pude resistir la tentación de mirar el reloj. Otra pérdida de tiempo. Retomé el camino hacia la parada arrastrando mi angustia por las baldosas flojas de la mañana. Antes de llegar ya lo supe. La gente habitual no se veía. No estaba la veterana que fumaba Marlboro y se pintaba los labios de rojo bermellón, ni el adolescente con la cara llena de granos y de incertidumbres, que me hacía acordar a mí mismo a los quince años. Sentí al mundo desaparecer bajo mis pies. Estuve a punto de gritar, pero en ese momento vi la silueta negra y amarilla doblando la esquina, enfilando directamente hacia mí. La suerte no me había abandonado del todo.
-¡Taxi!
Salté dentro del coche y exlamé histéricamente:
¡Urquiza y Bartolomé Mitre!
El taxista arrancó y no pasaron cinco segundos antes de que me hiciera un comentario sobre el clima. Miré hacia afuera, con la intención de hacer ostensible mi desinterés por empezar una conversación. Más allá del vidrio sucio de la ventanilla, implacable se extendía la ciudad, con  personas trazando en las veredas extrañas coreografías, haciendo lo posible por mimetizarse, disimulando, con todas sus fuerzas, sus miserias y temores. La voz del taxista me sacó de mi ensoñación.
-¿Dónde lo dejo maestro?
-En la esquina. Sí, acá está bien.
Me bajé y corrí sin esperar el vuelto. Crucé la puerta del edificio omitiendo el consabido saludo al portero. Ya habría tiempo para explicaciones más tarde. ¿Habría? Sentí una el lastre de algo como una piedra en el estómago. Exhausto, mareado por la falta de aire, me paré frente al reloj y saqué mi tarjeta de la ranura. La miré. Demasiado tarde, alguien ya la había marcado por mí, y ocupaba ahora mi lugar. El desfasaje de cinco minutos era definitivo. Confrontado a esa certeza, consciente de que a partir de ese momento llegaría cinco minutos tarde a todos lados, de que el usurpador ocuparía mi lugar en cada una de las instancias ulteriores de mi vida, sentí el ardor inconfundible de las lágrimas brotando de mis ojos.