jueves, 17 de noviembre de 2011

Travesía

La noche se acerca, su presencia se anuncia en el largo de las sombras, en el frío que avanza  decidido, en la capa de melancolía que crece minuto a minuto. Uno de los últimos rayos de sol, ya debilitado, entra por la ventana de la celda. Repta, indeciso, se encuentra con la cara de Julio García, rebota contra las cicatrices y las arrugas de esa cara que parece anterior al tiempo, se incrusta en el tajo de la boca, muere en los tatuajes del cuello. Julio mira, a través de los barrotes oxidados,lo que queda del patio en la tarde,la aguja insolente del mástil, que en su cúspide sostiene una bandera. Se detiene en el rectángulo de tela flameante, fija la mirada en los colores gastados, murmura una maldición. Alza la vista y la posa  en las montañas, ya opacas, que se levantan en el horizonte. Mira el paisaje de cumbres oscuras, testigos mudos de sus últimas horas. Un escalofrío le recorre la espalda. Pensar en la muerte, en la inminencia de la nada enroscándose en su cara, como un reptil viscoso penetrándole los huesos lentamente, hace que se le aflojen las piernas. Decide evitar pensar en ella, mira con fuerza en dirección a las montañas, concentrándose en las sombras gigantescas que recortan lo que queda del cielo diurno. A lo lejos, paciendo, las montañas, y más allá, invisible, inalcanzable para sus ojos, debe estar el mar. Piensa en el mar. Una lluvia de recuerdos se precipita en su cabeza, saturada de imágenes de amaneceres fríos, cielos infinitos, olas encabritadas. Afila un poco la memoria hasta recordar el olor a sal, impregnando cada pliegue de su niñez. Cierra los ojos, para mantener cautivo ese aroma, temiendo que alguna distracción le permita escapar. Mira ahora los brazos de su padre, Adolfo García, pintados por el sol, día tras día, año tras año, de un color madera brillante. Solía mirarlo mientras preparaba las redes, gigante contra la bóveda del cielo, con el tabaco colgando de los labios duros, y le parecía estar mirando una escultura, como las que tallaban algunos pescadores usando una navaja y un tarugo de madera. Julio lo miraba trabajar, miraba los brazos fibrosos que se movían como si tuvieran vida propia, como si fueran  independientes del resto del cuerpo, hechos definitivamente para estar moviéndose siempre, cinchando, atando, levantando. Recuerda ahora a su padre parado en la playa, mirando al mar. Él miraba a su padre, y éste al suyo, a ese padre severo y generoso, misterioso y bravío, que en el rumor de sus olas hablaba de lo pasajero de la vida y de lo eterno de la muerte. La muerte. Aprieta los párpados para fijar los recuerdos, para evadir la fría bestia que le muerde la carne. ¡Fuera, fuera, puta! Recuerda los días de mar picado, la cara de su padre reflejando la impaciencia de las olas, sintiéndose traicionado tal vez por el viento, por el cielo, por el Dios de las profundidades marinas. Cuando había tormenta no salía el bote, por lo tanto no había pesca, y se las tenían que arreglar con lo que tuvieran, ya que esos días no verían llegar a la madre con el surtido del almacén.
Es tarde, el sol se ha fugado  más allá de los muros del horizonte. Las montañas ya no se ven, camufladas en la oscuridad. Julio García se acuesta en el sucio camastro de la celda y prende un cigarro. Está solo, es el privilegio de los condenados a muerte. Solo con la sombra de la muerte creciendo segundo a segundo, filtrándose entre los barrotes indefensos. Siente el revoltijo en el vientre, se obliga a pensar en el olor a sal de sus ocho años. Cierra los ojos y ve a su padre, empujando el bote en la mañana húmeda. Había amenaza de tormenta; después, con un tono de reproche contenido, todos lo repetían. Lo que no decían era que Adolfo García había salido muchas veces, pese a los pronósticos. El se guiaba por su instinto, confiaba en lo que le decían los huesos, más que en lo que podían advertir los informes meteorológicos. Julio vio el bote alejarse, achicándose con el paso de los minutos, cabalgando las primeras olas de la mañana, bañada la cubierta por un sol perezoso, perpendicular a la esperanza.  Vio la silueta de Adolfo plantada en el puente, balanceándose en el borde de la eternidad, alejándose de espaldas a la costa y a la vida. A media mañana, el cielo se cubrió repentinamente con un tapiz de  nubes, negras como el destino. Cerca del mediodía, un trueno, solemne, ancho, aterrador, dio inicio a la tormenta. Julio y sus hermanos corrieron a refugiarse en la casa. El viento y la lluvia azotaban la ventana con furia, haciendo imposible ver lo que pasaba afuera. Julio escuchó, detrás, un sonido extraño, como un gorgoteo. Al mirar la cara de su madre surcada de lágrimas sintió miedo.
Miedo. Se incorpora y se sienta para prender otro cigarro, como si pudiera, con ese acto, sacudirse de encima la presión pegajosa. Baja y camina por la celda, yendo y viniendo, sintiéndose desangrar a cada paso, ahogado por la ola creciente de la angustia.
Se paró en la orilla, queriendo ver la proa del bote amaneciendo entre las olas, suplicándole al abismo que le devolviera a su padre, que se cobrara su propia vida como el pago necesario para su regreso. Unas pocas mañanas después, medio dormido, lo subieron a un camión destartalado que, arrastrándose entre las dunas, lo llevó, junto a su madre y sus hermanos, con rumbo a lo desconocido, a un lugar privado de la presencia del mar. Julio miró, zarandeándose, entre los pocos muebles que habían cargado, la serena faz líquida que parecía despedirlos con su lento balanceo. Nunca volvió a ver el mar.
El ruido de los pasos lo hacen caer en la realidad.
_Es la hora.- dice el guardia más viejo. Sin contestar, adelanta los brazos para que le pongan las esposas. Empieza  la procesión por el corredor de la muerte, y el resto de los presos, unánimes en el horror, gritan, golpean, aúllan su solidaridad con el condenado. Julio García camina detrás de los guardias, al principio piensa que no tendrá fuerzas para llegar a la puerta, que adivina al fondo del pasillo. Después empieza a afirmarse, levanta la vista y entorna los ojos para evitar que los lastime el sol. Siente, con cada paso que lo acerca a la inyección siniestra, cómo las olas crecen en sus flancos, mientras el cielo y las aguas combaten, haciéndolo caer en su fuego cruzado. Se hunde, pero ya no tiene miedo. La tormenta es ahora una imagen congelada, ve la cara de su padre e intenta sonreír mientras  la espuma salada le llena la boca.

viernes, 14 de octubre de 2011

Bocacalle

Casi llegando a la esquina saqué el paquete de chicles del bolsillo. Hice una bolita con el envoltorio, le apunté a un charco que se había formado en el hueco de una baldosa faltante, y lo tiré. Casi no se veian autos, era un barrio tranquilo, además era domingo y ya cerca de la medianoche. Bajé el cordón con paso despreocupado, pensando en el sorteo del cinco de oro. Hacía frío. Me subí las solapas del saco y encogí el cuerpo, redoblando el paso. A unos veinte metros delante mío, una rubia despampanante contoneaba su jean ajustado queriendo abarcar toda la vereda. Aceleré, con la intención de alcanzarla. En ese momento la lluvia, que había estado agazapada desde hacía horas, empezó a caer, mansa pero constante. Imprimí aún más velocidad a mi tranco, ya casi estaba corriendo. La noche se mostraba hostil, ofuscada, escapando hacia todos los puntos cardinales. Maldije por no tener un paraguas, como cada vez que la lluvia me sorprendía en la calle. Un zumbido y una luz me sacaron de mis pensamientos. Giré la cabeza y a lo lejos vi la doble advertencia de unos focos acercándose. Empecé a transpirar, pese a la lluvia; me dolían las piernas. Escupí el chicle, dejándolo atrás. El refugio de la vereda estaba aún lejos. Dejando de lado todo recato, corrí con todas mis fuerzas. La luz ahora me cubria, encegueciéndome. El ruido de ruedas sobre el pavimento mojado se acercaba. Me cubrí la cara para ocultarla del resplandor, y volví a mirar adelante. Todavía muy lejos. Estaba quedándome sin aire, no soy de correr ni de hacer ejercicio. Tal vez pudiera volver. Miré hacia atrás, pero la distancia hacia la salvación era mayor todavía. De pronto sentí que las piernas, agotadas, dejaban de responderme. Miré hacia el auto que se me abalanzaba y tuve ganas de gritar. Haciendo acopio de mis últimas fuerzas, reanudé la marcha. Tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tengo que lograrlo...

viernes, 9 de septiembre de 2011

El misterio del cajero automático

Estás yendo para el trabajo con el tiempo justo y te acordás de que tenés que pasar por un cajero. Te decís que si  hay mucha gente seguís de largo, pero hete aquí que sólo hay una persona adelante tuyo, por lo que decidís quedarte a sacar plata. Después de cinco o seis minutos de esperar que la tal persona, que a veces es una dulce abuelita, otras un yuppie con cara de aburrido, salga, es cuando empiezan a surgir las preguntas: ¿Habrá encontrado la forma de conectarse a internet desde el cajero? ¿Estará chateando? ¿Se estará tomando un café, surgido desde la ranura que entrega los billetes? ¿O quizás consultando el horóscopo? ¿Será el cajero un nudo de energía, como las pirámides o la estancia La Aurora, y quien está dentro un iniciado que está encontrando la iluminación? ¿Qué usos ocultos tienen los cajeros automáticos que uno, en casi cuarenta años de vida, no ha descubierto? Finalmente la persona sale, y te dan ganas de preguntárselo (que son mucho menos intensas que las de estrangularlo/a). En cambio entrás, y antes de poner la tarjeta en la ranura y sacar la plata ( operación que no PUEDE tardar más de TREINTA segundos), mirás al aparato esperando que te diga o te muestre algo, que te de una señal, por mínima que sea. Pero nada, y terminás pensando que, después de todo, poner la plata abajo del colchón no es tan mala idea.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Idolo

 Recibió la pelota viboreante con una caricia, dejándola aturdida contra el empeine, mansita. Reconoció, en una fracción de segundo, la silueta del marcador, avecinándose como una tormenta. Quebró la cintura y tocó la pelota en un sólo movimiento, dejando al rival desparramado sobre el césped. Otra camiseta rival apareció por la derecha, amenazante. Pisó la pelota y  le dió un toque, dejándose el espacio justo para disparar el pique demoledor. Enfrentó, rebosante de serenidad, al último escollo, el arquero. Amagó sin detener la carrera, lanzándose hacia el otro costado, sorteando al cuerpo vencido del adversario, acercándose inexorable al rectángulo del arco, prodigando una última caricia al esférico, lo suficientemente suave como para imprimirle un efecto dramático al rodar, sutil y contundente al mismo tiempo. Después, abrió los brazos, desgajó el grito uniéndose al coro multitudinario, dejó que el pecho se le llenara de gloria.
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-Fijese, Arellano, que nosotros venimos a reparar una omisión imperdonable que la Asociación ha tenido con usted durante años. Nosotros, en tanto representantes de todo el fútbol uruguayo, y me atrevo a decir más, de la sociedad uruguaya entera, no podíamos menos que reconocer a una gloria como usted. Humildemente, sí, dada la situación delicada en que nos encontramos hoy en día desde el punto de vista financiero; fijese que cada día va menos gente al fútbol, nos vemos en figurillas para mantener los números de la Asociación en orden. Pero no importa, acá estamos; sabiendo que usted no está pasando tampoco por un buen momento, le tendemos nuestra mano solidaria, de hermano diría yo, para ayudarlo a salir del pozo en que la vida lo ha sumido injustamente. Vamos Arellano, venga un apretón de manos y un abrazo. Espere, me acomodo la corbata primero. Ahora si, a ver, los fotógrafos, atentos que ahí vamos.
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-Acá tiene el uniforme, son mil  pesos que se los descontamos en tres cuotas. Firme acá. Si, ahí mismo. Vaya nomás.
Arellano bajó la escalera siguiendo al encargado, adentrándose sin pausa en la húmeda atmósfera del estacionamiento. Miró las filas de autos último modelo, impolutas máquinas, dormidas en la penumbra del sótano débilmente iluminado. Al llegar a la garita, el encargado lo hizo entrar.
-Cualquier cosa me llama, Arellano, asegúrese de tener el handy siempre prendido.
Hizo una pausa, cambiando la mirada. Arellano se reconoció en ella, reconoció una de aquellas miradas de antes, una de ésas que ya le dedicaban sólo de vez en cuando.
-Sólo una cosa más. ¿Me firmaría un autógrafo para mi hijo? Le hablé de usted,  del Torpedo Arellano, de lo grande que fue. Tome una lapicera.
Arellano se quedó sentado, mirando a través del vidrio de la garita, esperando que la caldera le avisara que el agua para el mate estaba pronta. Cuarenta pesos la hora. Se acordó de cuando iba en ómnibus a las prácticas, de aquellas veces en que el viejo no tenía para darle y le pedía prestada la bicicleta al Pepe Bustamante. Los comienzos habían sido duros, siempre eran duros.
-Si no no tendría gracia, dijo en voz alta, para convencerse de que esta vez, como aquélla, la vida, después de zamarrearlo un poco, le abriría los brazos para recibirlo como a su hijo pródigo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Desfasaje

Miré la esfera grave del reloj, pestañando antes de sentir el golpe del pánico en el cuerpo. Había cerrado los ojos con descuido, cediendo por un instante a las ganas de seguir durmiendo, abríéndolos con violencia ante el aullido de la alarma en mi cabeza. ¡No te duermas! Demasiado tarde. ¡Las siete y cinco! ¡Y cinco!
Me vestí omitiendo la ducha, mientras maldecía. Ya no tendría tiempo para desayunar como a mí me gusta, armando la mesa ceremoniosamente, disponiendo con precisión geométrica el azucarero, la miel, el plato con las tostadas, el platillo y la taza de café. Apenas si pude deglutir una banana antes de salir disparado con rumbo a la parada. Llamé al ascensor pero me di cuenta de que no cargaba con la paciencia suficiente como para quedarme esperándolo. Me lancé escaleras abajo, sintiendo el contrapunto entre el golpe de mis pies contra los escalones y el batir furioso del corazón contra las costillas.
Al salir a la calle no pude resistir la tentación de mirar el reloj. Otra pérdida de tiempo. Retomé el camino hacia la parada arrastrando mi angustia por las baldosas flojas de la mañana. Antes de llegar ya lo supe. La gente habitual no se veía. No estaba la veterana que fumaba Marlboro y se pintaba los labios de rojo bermellón, ni el adolescente con la cara llena de granos y de incertidumbres, que me hacía acordar a mí mismo a los quince años. Sentí al mundo desaparecer bajo mis pies. Estuve a punto de gritar, pero en ese momento vi la silueta negra y amarilla doblando la esquina, enfilando directamente hacia mí. La suerte no me había abandonado del todo.
-¡Taxi!
Salté dentro del coche y exlamé histéricamente:
¡Urquiza y Bartolomé Mitre!
El taxista arrancó y no pasaron cinco segundos antes de que me hiciera un comentario sobre el clima. Miré hacia afuera, con la intención de hacer ostensible mi desinterés por empezar una conversación. Más allá del vidrio sucio de la ventanilla, implacable se extendía la ciudad, con  personas trazando en las veredas extrañas coreografías, haciendo lo posible por mimetizarse, disimulando, con todas sus fuerzas, sus miserias y temores. La voz del taxista me sacó de mi ensoñación.
-¿Dónde lo dejo maestro?
-En la esquina. Sí, acá está bien.
Me bajé y corrí sin esperar el vuelto. Crucé la puerta del edificio omitiendo el consabido saludo al portero. Ya habría tiempo para explicaciones más tarde. ¿Habría? Sentí una el lastre de algo como una piedra en el estómago. Exhausto, mareado por la falta de aire, me paré frente al reloj y saqué mi tarjeta de la ranura. La miré. Demasiado tarde, alguien ya la había marcado por mí, y ocupaba ahora mi lugar. El desfasaje de cinco minutos era definitivo. Confrontado a esa certeza, consciente de que a partir de ese momento llegaría cinco minutos tarde a todos lados, de que el usurpador ocuparía mi lugar en cada una de las instancias ulteriores de mi vida, sentí el ardor inconfundible de las lágrimas brotando de mis ojos.

lunes, 6 de junio de 2011

Pecados capitales: la envidia

Era el mejor jugador de la cuadra, hasta que un día apareció al costado de la cancha un niño, de cara feliz como la palabra indisciplina y  ojos saltarines bajo la nube roja del pelo enmarañado. Parecía escrutarlos con menos curiosidad  que complacencia, como Moisés al divisar la tierra prometida, sabiendo que había encontrado su lugar, que la búsqueda había terminado.
-¿Puedo jugar?
Unos pocos días y partidos después, ya era el primero en ser elegido cuando "pisaban", el que todos buscaban, el que lograba que los demás lo escucharan  y lo siguieran. En fin, el nuevo líder. Antonio, como todos, estaba fascinado con la energía que escapaba a raudales de ese cuerpo conciso e inquieto, con la determinación que parecía guiar cada uno de sus  movimientos. Juan era la pasión personificada. Además, era leal,  con una lealtad de las que molestan, es decir, totalmente desinteresada. Él siempre estaba cuando el amigo lo necesitaba, compartía la alegría con la misma entereza que la pena, prodigaba consuelo cuando era necesario, risa cuando era adecuado, puteada cuando se imponía. La química fue instantánea entre ellos. Antonio se convirtió en la mano derecha de Juan.Se dedicaron a compartir esa etapa de la vida en que todo parece una aventura, en que todo parece estar ahí para ser descubierto y gozado, como un tesoro expectante e inminente que aguarda cada día ser encontrado a la vuelta de una esquina. Antonio se sentía orgulloso de ser el mejor amigo de Juan, de ser el elegido por Juan para las rabonas de la escuela o el robo de moras de  los domingos. En ese entonces quería a Juan, sin lugar a dudas. Ya se sospechaba menos que él, pero eso no lo molestaba, su alma aún no había sido impregnada por las emanaciones ponzoñosas de la envidia.
Y un día llegó Gloria, con su carita de muñeca perdida, sintiéndose observada, sufriendo por ser la nueva de la clase, buscando  con sus ojos de almendra un lugar donde acomodarse, casi suplicando piedad por su irrupción. Su inteligencia y delicadeza llamaron la atención de Antonio.Muy pronto se enamoró de ella, con una devoción infantil sólo comparable a su incapacidad para expresarla. No sabía como enfrentarse a esos nuevos sentimientos, en su mente se formó una imagen de Gloria como un ser angelical y perfecto, alguien inalcanzable de quien jamás podría merecer su amor. Sólo alguien superior, un príncipe o un superhéroe podría llegar a ocupar los pensamientos de Gloria y ser la causa de sus suspiros. Se avergonzaba cuando ella le hablaba, tartamudeaba, perdía su aplomo, quería escapar de su lado para recuperar el sosiego. Sin embargo, invariablemente terminaba inventando excusas y motivos para estar cerca de ella, para escuchar su voz, para recibir una sonrisa de Gloria como un disparo de éxtasis en el pecho. Antonio vivía menos de lo que soñaba. Soñaba con Gloria, con la voz de Gloria llamándolo, con los labios de Gloria buscándolo, con su alma reclamándolo. En sus sueños, Antonio podía ver los pensamientos de Gloria saliendo de su cabeza, definidos sus colores y sus formas, y esas formas eran las de la cara de Antonio. Antonio riendo, Antonio hablando, Antonio durmiendo(soñando con Gloria).
En la última semana de clase de aquél año inolvidable se decidió a hablarle. Gloria le había dicho que se iba con su familia de vacaciones todo enero, lo que para Antonio fue como si lo balancearan sobre las compuertas del infierno. Se dijo es ahora o nunca.  Llegó el día elegido, y Antonio, enfrentando a sus miedos uno por uno, solamente armado con las balas urgentes del amor, emergió  decidido a dar el paso. Se levantó casi con la mañana. Un hormigueo le recorría el cuerpo de norte a sur. Se miró en el espejo, desaprobándose, buscando sosegar la rebeldía de su pelo con un fijador del hermano que encontró en el botiquín.
Sorteó la brizna de vergüenza que se le pegó en las orejas al salir de su casa con el ramo de flores, ya semimarchitas, que había pasado la noche bajo la sombra de su cama. La mañana se mostraba tentadora como un caramelo recién desenvuelto. La bicicleta lo llevó dejando atrás sus temores, cortando el viento con la cara. Llegó a la esquina de la casa de Gloria enfrentado a la obligación de reducir la velocidad. Miró las flores, contempló los destellos remanentes de su original majestad, intentó acomodarlas pero no supo cómo. Caminó unos metros y los vio junto a la puerta. Se tomaban de la mano y se miraban con esa pasión primeriza imposible de describir con palabras, La boca de Juan florecía susurros en el oído sonrojado de Gloria. Absortos uno en el otro, permanecian ajenos al mundo en un tiempo propio, inexpugnable para los demás, inalcanzables. Antonio detuvo sus pasos, y el tiempo, sorprendido, se detuvo con él. Juan y Gloria no lo habían visto, entretenidos como estaban en acariciarse con palabras y con risas, en dejar jugar al tacto de sus dedos jóvenes con el pelo y la piel erizada. Antonio quiso decir algo, pero no pudo. Regresó sobre su huella sin que lo vieran, se encerró en su cuarto y se dedicó a odiarse y a odiar a Juan minuciosamente, esculpiendo los rasgos del odio milímetro a milímetro en la oscuridad, dejando hincharse al odio con cada respiración, alimentándolo en silencio con las manos en la nuca, mirando al techo sin mirarlo, concentrado en urdir planes de reivindicación ahítos de la oscura sangre del traidor.

Antonio cerró los ojos un instante al enfrentarse al aliento frío de la noche. Había tomado bastante y se sentía un poco mareado. Detrás suyo sonaron unas carcajadas como botellas dándose contra el piso. Juan y Gloria se despedían de los demás. Antonio giró para esperarlos. Miró a Juan, admiró sus gestos desenvueltos, ponderó ese aura de algo indefinible que Juan emanaba constantemente y que  quienes lo conocían solían llamar carisma. Gloria se acomodaba la bufanda con un movimiento elegante de su mano izquierda. Antonio la miró, lo miró a Juan, los miró a los dos, espléndidos, bendecidos por los dioses, ligados por una correspondencia biunívoca y ostensible. Gloria reía  de alguna ocurrencia ingeniosa de Juan, y su risa impregnaba la noche matizando el frío insoportable que la cubría. Antonio no dejaba de maravillarse de la felicidad que irradiaba esa risa; no podía, escuchando la risa de Gloria, dejar de sentir asombro ante esa evidencia incontrastable de que la felicidad existía, y, más que eso, era una entidad casi palpable. Antonio volvió a cerrar los ojos para intentar captar el perfume de la felicidad en los últimos flecos de la risa de Gloria. Por un momento sintió la necesidad de levantar las manos desnudas para atrapar a la felicidad, para atraer hacia su pecho con las diez garras crispadas de los dedos a esa felicidad que pasaba sobre su cabeza, que rozaba su ropa , que lo atravesaba de lado a lado sin dejarle ni un vestigio entre la carne. Y era por Juan. Antonio se negaba a repetírselo con palabras, pero no era necesario, bastaba con sentir el hueco creciendo en el vientre, alcanzaba con soportar, inmaculado, el latigazo de desazón al comprobar cómo los ojos de Gloria rejuvenecían al mirar a Juan, cómo el cuerpo de Gloria hablaba el mudo lenguaje de la plenitud al tener a Juan cerca, al hablar de él, o al pensar silenciosamente en él cuando no estaba. Le dolía casi hasta lo insoportable ver feliz a Gloria por causa de Juan, a veces pensaba que lo mejor sería dejar de verlos, inventar una ofensa, articular un argumento que justificara una desaparición de los lugares y los tiempos de encuentro habituales. Pero no podía resignarse a no verla más, prefería soportar el afilado golpe de los celos entre las costillas al verla junto a Juan, al verla reír y ser feliz con Juan, antes que no verla. Gloria amaba a Juan, su mejor amigo, y él amaba a Gloria. Antonio se reía con una risa más amarga que el llanto al repetírselo. "En que linda telenovela venezolana estoy metido." Además, Antonio se dejaba llevar por el pensamiento de que tal vez, algún inimaginable día, al abrir los ojos, se encontraría con la sorpresa de un mundo con Gloria y Juan separados, de un mundo imposible de Gloria abandonada por Juan y necesitada de consuelo. En semejante mundo Antonio podría quizás recoger algunas migas de lo que dejara Juan. Podría sentirse Juan por un día, sentir en el cuerpo algo parecido a la felicidad al poseer aunque fuera por un día aquello que había sido de Juan. Por un día. Antonio abrió los ojos y enfrentó al rostro mudo de la noche, aterrizado de vuelta en el mundo  prosaico de los lazos triangulares encubiertos.

Abrió los ojos sobresaltado por el  crepitar insistente del celular sobre la mesa de luz. Tres de la mañana, no podía ser nada bueno. Era Juan. Escuchó las cuatro primeras palabras, después se dejó tragar por el abismo huracanado que se le abrió paso desde adentro, desgarrándolo sin piedad ni contemplaciones.

Mirando la cara desfalleciente de Juan, midiendo las marcas dejadas por las esquirlas de la tristeza en sus rasgos, las huellas de esa tristeza inesperada que los cruzaba transversalmente, igualándolos por primera vez, nivelando por primera vez, al influjo de su marea, nobleza y mezquindad, brillantez y mediocridad, viendo la sombra de la tristeza extenderse sobre la frente indefensa de Juan, y sintiendo el simultáneo movimiento de la satisfacción creciendo en sus entrañas, Antonio no pudo dejar de agradecerle a Gloria por haberse muerto. Su amada Gloria, eterno blanco de su trunco amor, ahora invicta ante la decadencia y la vejez, victoriosa a la erosión del tiempo, fijada para siempre en el plano indestructible del recuerdo. No podía haber tenido mejor destino, pensaba Antonio. Se quedó ahí, sorprendido por la repentina conciencia del volumen apabullante de su miseria, mirando a Juan con ganas, con el gesto más triste que pudo elaborar, con miedo de que se le notara el vendaval de algarabía que le azotaba el cuerpo.

miércoles, 1 de junio de 2011

Taxistas al poder

Supongamos que usted se siente cansado y la reuma lo tiene como loco, entonces decide comprar Gevral para quedar como un toro y mirar la vida desde una perspectiva más optimista. Supongamos que usted no sabe dónde queda la farmacia más cercana. ¿Qué hacer entonces? Existen infinidad de métodos para encontrar una farmacia. Uno de los más obvios y utilizados es preguntarle a un vecino. Sin embargo, éste no es un método confiable. El vecino podría, debido quizás a aquél destornillador que nos prestó y nunca le devolvimos, enviarnos a otro lugar, por ejemplo a la comisaría. Y es notorio y conocido por todos que en las comisarías no venden Gevral.
El mejor método para resolver el intríngulis que nos ocupa es caminar a lo largo de una calle hasta su final, o viceversa, en este caso el orden de los factores no altera el producto, a diferencia de cuando se hace un bizcochuelo, que no se lo puede meter en el horno antes de batir los huevos. Pero volvamos a la farmacia, la receta del bizcochuelo la dejaremos para otro artículo.
Es importante señalar que mientras más larga la calle más probabilidades de éxito tendremos. Si usted elige la calle Curiales, por ejemplo, será muy difícil que vuelva a su casa con el Gevral, ya que la calle Curiales es famosa por su escasa longitud, así como por su sempiterna ausencia de farmacias. No así de pizzerías, está la del gordo Rolando que hace unas muzzas que son para chuparse los dedos. La calle Propios es mucho más recomendable para nuestro propósito, por el hecho de que es más larga que Curiales, lo cual no necesita demostración, alcanza con preguntarle a cualquier taxista en caso de duda. Siempre que se tenga una duda sobre algo habrá que preguntarle a un taxista, esa ha sido nuestra prédica desde siempre y no nos cansaremos de repetirlo. Estoy persuadido de que si un taxista fuera Presidente de la República las cosas estarían mucho mejor.
No me mire así, usted piensa que ésto no tiene nada que ver con la búsqueda de Gevral, pero en la naturaleza todo está inextricablemente unido, la otra vez vi en el discoveri chanel que si uno le corta una rama a un árbol, pongale en Nuevo París, después se derriten los polos y los iglús de los osos polares.
Volviendo a lo nuestro, quiero aclarar que seguir nuestra propuesta no asegura que usted vaya a encontrar la dichosa farmacia, pero no cabe duda de que tendrá más posibilidades moviéndose en línea recta que en zig zag, (ésto, dicho sea de paso, es válido en todos los órdenes de la vida).
Tiene razón, no se me había ocurrido, puede tomarse un taxi y preguntarle al taxista, de esa forma usted podrá hacerse con el Gevral en un plazo perentorio.
¿Vió que yo tenía razón? Todo tiene que ver con todo.