No puedo escribir. Una fuerza corrosiva paraliza mis dedos, obnubila mi pensamiento, me sujeta y me inmoviliza. Escucho el rodar del mundo, su abrumador ciclo de nacimiento y muerte, me fastidio, finalmente me decido a salir a caminar en busca de inspiración. Es inútil, ni una escuálida idea brota en el yermo territorio de mi mente. Un viejo perro sarnoso se me acerca, olfatea desconfiado mi frustración. Levanto una rama del piso y la tiro esperando que vaya a buscarla, pero en lugar de eso se asusta y se va, deteniéndose a una distancia prudencial. El sol de mayo le acaricia el lomo, haciendo brillar sus canas. Lo llamo usando un tono lo más amistoso posible para debilitar su renuencia. Me mira, aún desconfiando, durante algunos segundos, hasta que tímidamente vuelve a acercarse. Acaricio la vieja cabeza logrando unos meneos de cola como signo de aprobación. Retomo la caminata, seguido por el fatigoso trajín de sus pezuñas. Una lata de refresco, vacía y abollada, se cruza en mi camino. La pateo distraídamente tres o cuatro veces. Mi perruna sombra se adelanta aferrando la lata con los dientes, se me acerca y me la ofrece. Agoniza la tarde y las cosas empiezan a diluirse en la penumbra. Vuelvo a casa, y al llegar compruebo la persistencia del perro detrás mío. Un pedazo de pan logra vencer su resistencia a entrar. Le pongo un tarro con agua y lo bautizo.
-Te vas a llamar Idea.
Lo dejo inmerso en la tarea de reconocer su nuevo hogar. Me siento frente a la computadora y empiezo a escribir ésto.
viernes, 13 de mayo de 2011
lunes, 18 de abril de 2011
Pecados capitales: la lujuria
La debo haber visto por primera vez en un día de traspapelada memoria. Me imagino a mí mismo haciendo un rápido escaneo y apuntando internamente: "una hembra estupenda". Una más entre las muchas que veo cada día, una de tantas que merecen el calificativo, una que uno mira, mide, desnuda mentalmente por un segundo y termina relegando al infinito conjunto de lo que nunca será. Nunca será por joven, por linda y por alumna. Son tres razones que suelen interponerse implícitamente en mis pretensiones de acercarme a una mujer a una distancia que implique la posibilidad de la falta de respeto consensuada. Las dos primeras aparecen tácitamente, y la tercera es interpuesta por mi desganado apego al código ético que rige las relaciones profesor-alumna. Sí puedo, en cambio, precisar el momento de nuestro primer diálogo. Bajando las escaleras de la facultad me encontré con su letal humanidad interponiéndose en mi camino de tal forma que no pude seguir avanzando.
-Licenciado, quería decirle que su último libro me resultó realmente fascinante.
Sonreí halagado. Me halaga cuando alguien dice que me leyó, me halaga aún más si me dice que le gustó lo que leyó, y si me lo dice una joven y atractiva muchacha puedo llegar a sentir cómo mi pecho se infla colmado de satisfacción.
-Gracias, es bueno saber que lo que uno escribe es de utilidad para alguien.- contesté, o alguna frase insulsa por el estilo.
-Sin embargo, no me quedó clara su exposición sobre los cambios en la órbita de los electrones en relación a la alineación de los planetas.- puede haber continuado ella.
-No se preocupe, a mi tampoco.-una sonrisa idiota acompañó adecuadamente al comentario idiota.
Respondió con una risa que me pareció exagerada. Aun así algo se movió dentro mío al escucharla, al repasar con la vista esa boca tintineante, al mirar esos ojos incitantes que no dejaban de observarme.
-Quizás algún día me lo pueda explicar mejor, oportunidad no va a faltar, nos vamos a ver seguido. Gracias por su tiempo.
Se fue contoneándose, dejándome enfrascado en la tarea de mensurar su ingeniería y su arquitectura.
El tiempo pasó, la anécdota quedó en eso. Yo la veía en las clases de los martes y los viernes, mezclada con los otros, con su cara de nena caprichosa que obtiene todo lo que quiere, ígnea presencia indisimulable, como si los demás estuvieran en blanco y negro y ella brillara en un rojo furioso.
El tiempo pasó y fue recién en un congreso que volvímos a hablar. Yo estaba intentando deshacerme de la nube de alcahuetes que revoloteaba a mi alrededor embadurnándome con frases de fingido entusiasmo elogioso sobre mi ponencia. Me estaba escabullendo hacia uno de los rincones de la sala al mejor estilo de un wing izquierdo cuando me topé con ella y dos copas de vino en sus manos.
-Felicitaciones Licenciado, estuvo magnífico. La claridad y profundidad de su oratoria merecen un brindis.
No tuve escapatoria ni quise tenerla. Me dejé llevar por la conversación. En pocos minutos perdí la noción de quién era y de donde estaba. Algo dentro mío clamaba por poner distancia: No está bien profe, no señor. No está bien que mire así el escote de su alumna. Cómo se le ocurre, ella podría ser su hija. Piense en su abnegada esposa, piense en la paz del hogar que lo espera. Pero no sea ridículo por favor, ya está grande para estas cosas.
La voz sólo se acalló cuando entramos a la habitación del hotel y nos abalanzamos uno sobre el otro en un tropel de bocas buscándose, de manos desbocadas plantando bandera, marcando territorios, lanzando proclamas de ansia y deseo.
Ese fue el principio de mi doble vida. La inalterable sucesión de elementales ritos que formaban el diario devenir de mi existencia fue quebrada.Desde el primer momento ella tuvo el control de la relación. Me llamaba o me mandaba mensajes a cualquier hora para encontrarnos en la sombra. Yo tenía que poner cualquier excusa para irme de casa. Mi mujer parecía no sospechar nada, supongo que nunca se hubiera imaginado que un tipo frío y conservador como yo pudiera tener una amante.
Una tarde me llamó para encontrarnos en su apartamento. Puse una excusa estúpida para dejar la facultad y fui. Ni bien entré se me tiró encima, reclamando mi cuerpo sin palabras. Empecé a decir algo pero me lo impidió tapándome la boca con una mano. Con la otra tomó una de las mías y me llevó hasta el dormitorio. Pensé que me iba a hacer entrar pero al llegar al umbral me frenó. Quise preguntarle algo pero esta vez me hizo callar cruzando el índice sobre los labios, al tiempo que con un gesto mi incitó a mirar adentro. Atravesado sobre la desordenada cama, con la boca abierta y babeante, vistiendo apenas un boxer, dormía profundamente un muchacho. Mi cuerpo se tensó inmediatamente, la miré buscando una explicación.
- Mi novio acaba de volver del viaje. Llegó cansado y se acostó a dormir.¿Podés creerlo?
La miré sin entender qué estaba pasando. Por toda respuesta me arrastró hasta el comedor y empezó a desnudarme. Nos poseimos sobre la mesa frenéticamente, al mismo tiempo que intentábamos hacer el menor ruido posible. Ni bien terminamos me obligó a vestirme y a irme sin decir palabra. Le gustaba el sexo arriesgado, en los pasillos, en los baños, azoteas, ascensores, todo lo que implicara la posibilidad de ser descubiertos. También filmábamos algunos de nuestros encuentros, regodeándonos después en la contemplación de tales filmaciones. Yo me dejaba llevar por la gravedad irresistible de mis deseos, que como un ejército de demonios acometían contra los muros cada vez más endebles de mi cordura. Viéndolo en perspectiva queda claro que iba acercándome sin pausa hacia mi destrucción, como un ciego caminando al borde de un acantilado, arrastrado por el poderoso influjo de una fuerza oscura y devoradora.
Por momentos me asaltaba, con la evidencia de un axioma, la certeza de ser un viejo verde, de estar hundido en el ridículo hasta las meninges. Entonces decidía no verla más, empezaba a diseñar un discurso aleccionador sobre el valor de la ética, de la verdad y del compromiso. Pero bastaba con sobrevolar el recuerdo de su perfume, de su carne rotunda cediendo al ansia de mis manos, de la música hechizante de sus gemidos sacudiendo los cimientos de mi razón, para perderme nuevamente.De nada me servían ya mis prevenciones, mi cinismo de hombre que sabe que está de vuelta en la vida, ni mis esfuerzos por ceñirme a los límites de la razón y la prudencia.
Llegué a casa con el invierno pisándome los talones. Bajé mis cosas del auto pensando en la ducha caliente que me esperaba en pocos minutos. Entré sin saber lo que me esperaba, mirando con placidez los sobres abandonados que parecían recibirme con mirada de perros ansiosos. Pasé el recibidor y al llegar al living me los encontré. Recibí el primer golpe antes de que pudiera esbozar un pensamiento sobre lo que estaba pasando. Me doblé boqueando por la falta de aire. El segundo me llegó contra el costado de la nariz, haciendo brotar la sangre y tirándome al piso. Se escucharon unos gritos, ruidos de gente corriendo y forcejeando, sentí como el miedo se me escapaba por los poros, desparramándose por el piso, llegando hasta los cuadros, los muebles, las ventanas. Me arrastré hacia una pared, donde quedé acurrucado como un cachorro en espera de un garrotazo. A unos pasos, el novio de Carolina vociferaba su odio mientras ella se le colgaba de un brazo intentando contenerlo. Yo me había convertido en una presa hipnotizada por su cazador, incapaz de intentar cualquier movimiento para defenderme. El me gritaba, desencajado de furor, y ella le gritaba para que me dejara, para que no me pegara más. Después de unos segundos de forcejeo el pareció calmarse un poco. Entonces levanté la vista y lo miré como un borrego degollado.
-Voy a matarte hijo de puta- me decía , con voz entrecortada por la falta de aire.
-Tranquilo Marcos, por favor.
-Vos no me hables, puta, mirá, mirate.
Señaló algo mientras hablaba. Miré hacia allí; el plasma emitía unas imágenes familiares: una de las sesiones sexuales que habíamos filmado. Entonces vi algo más. Sentada enfrente del televisor, con la cabeza hundida entre las manos, mi esposa parecía un fantasma de yeso en el paisaje borrascoso de la casa. Una punzada me atravesó el pecho, supe que estaba perdido.
-Julia...
Me levanté y caminé hacia ella, pero cuando estaba a pocos centímetros levantó la cabeza con un movimiento eléctrico y fulminante.
_No te me acerques.
No pude hacer otra cosa que obedecer lo que no era un pedido, sino una orden.
A partir de ese momento perdí la noción de lo que pasaba, como un boxeador tambaleante me quedé esperando el golpe que me derribara definitivamente. Me senté nuevamente en el rincón elegido para mi ejecución, abandonándome al destino, manso en mi resignación.
Marcos se me acercó, extrañamente calmado. Su mirada emanaba más lástima que odio.
-Se te terminó la joda galán. Aunque quien sabe, en una de esas te convertís en una estrella. Hoy subí tus peliculitas a la web.
Las cosas a mi alrededor se cubrieron con un velo opaco, el tiempo se astilló en pedazos irreconocibles, las sombras del estupor adormecieron mis sentidos, no sé si pasaron horas o minutos hasta que recobré la conciencia. Estaba solo. Solo con mi humillación, con el cadáver andrajoso de mi vida flotando en el aire, salpicando los sillones y las baldosas. En el otro extremo del living se desplegaban insidiosas las imágenes de mi perdición, como flores venenosas que, después de haberme seducido, mostraran ahora sin tapujos su esencia destructiva.
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miércoles, 2 de marzo de 2011
Pecados capitales: la ira
Resuenan los cantos en el aire. Cantos de amor y de guerra flotando en el viento, elevándose viriles en la tarde de domingo, haciendo flamear los trapos en los balcones. Hoy es día de fiesta, los devotos de la causa nos reunimos, compartimos nuestro fervor, comulgamos sobre los escalones de cemento. Marchamos cobijados por los colores sagrados que vibran en las banderas, en las camisetas, en la piel, en la sangre. Innumerables nos movemos, multitud vuelta un solo ser pavoroso que se extiende y repta hasta envolver al estadio en un abrazo ansioso.
También están los enemigos, intolerable presencia que debe ser aplastada, aunque hay que reconocer que sin ellos no seríamos lo que somos; pese a la blasfemia de su existencia cumplen un fin necesario: el de demostrar, por contraste, que somos los mejores, los más grandes, los más hombres.
Existe además la otra parte de la vida, esa parte que se puede definir en unas pocas palabras: necesaria, cotidiana, ordinaria. Tengo que trabajar, tengo que pagar mis cuentas, tengo que cumplirle a mi mujer, que alimentar y vestir a mis hijos. Tengo que ser tan ambicioso y tan rapaz como se considere necesario, como la situación lo requiera. Eso hasta que llega el domingo. El domingo es diferente desde el principio, pareciera que el cielo brillara más en la mañana, que el aire oliera distinto. Uno almuerza con otras ganas, prende la radio temprano para enterarse de los acontecimientos previos a la fiesta, lleva la cuenta del tiempo que falta para empezar el partido. Ese día no hay grises, eso es lo que lo hace diferente. Todo brilla con otra intensidad, no hay acontecimiento, por nimio que sea, que no parezca presagiar la tragedia o la gloria. Finalmente llega la hora de partir en procesión hacia el templo, dejando todo atrás, entrando en un mundo en el que la piel y el corazón mandan, en el que no hay lugar para la burocracia del pensamiento ordenado y el cálculo.
Como siempre tiene que venir un ladrón hijo de puta a robarnos, el penal que no nos cobra no tiene nombre, y después para rematarla nos deja con diez. Habría que matar a ese hijo de mil putas. No puede ser que te roben así un partido. Y todavía hay que aguantar a esos muertos, no entienden que fueron, son y serán hijos nuestros eternamente. ¡Muertos!,¡Gallinas! ¡Hijos! ¿Que se piensan estos, que van a gozarnos así nomás? ¿Que se piensan, que se la van a llevar de arriba? ¡A darles, a darles! ¡Así, a ese que cayó, dénle en el piso! El monstruo se agita y sacude su rabia golpeando a su paso todo lo que tenga los colores enemigos. No importa quien sea, no importa nada, el orgullo herido debe ser restaurado.Sé que el que recibe el cascotazo en la cabeza es un padre, un hijo, tal vez un vecino que me cruzo todos los días. Lo sé y no me importa, ahora no es nadie, es sólo un degenerado, un ser obsceno sin derechos, una basura que es purificada con cada patada que se incrusta en sus costillas mientras no puedo parar de putearlo.
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viernes, 18 de febrero de 2011
Pecados capitales: la pereza
Hoy me levanté con ganas de tomar un helado. Me dije que si el quiosco no quedara tan lejos iría a comprame un vasito. En lugar de eso me comí un pan con manteca y tomé un café.
Vino Andrea a llevarse las cosas que le quedaban. Le tenía todo pronto en una caja sobre la mesa del comedor. Al despedirnos se me quedó mirando unos segundos, mientras yo pensaba que me estaba perdiendo el partido entre el Manchester y el Milan.
Estaba comprando papas en el puesto de don Cosme cuando un griterío que venía de enfrente nos llamó la atención. Dos muchachotes golpeaban a un viejito para robarle un bolso. En pocos segundos lo tiraron al piso y salieron corriendo con el botín. Algunas personas se acercaron a ayudarlo. Comentamos que horrible estaba todo, que ya no se podía ni salir a la calle; terminé mi compra y me fui.
Hoy el jefe nos convocó para una reunión. Nos dijo que la dirección estaba preocupada por los últimos resultados, que el rendimiento del grupo había bajado mucho en el último año. Comenzó el debate, mis compañeros tiraron propuestas sobre la mesa, se discutió el cómo y el porqué. Disimuladamente, yo miraba la hora.
Sigo con el dolor en el brazo, debería ir a hacerme ver pero la perspectiva de estar dos horas sentado en una sala de espera hace que esta idea desaparezca rápidamente de mi cabeza. Me apronto el mate y prendo la tele.
Al sacar la basura me encontré con la vecina del 4. Me dijo que pensaba denunciar al del 3 porque ya no soportaba más escuchar cómo le pegaba a la mujer. Me preguntó si yo quería salir de testigo. Pensé en mí mismo sentado en la sala de espera de una comisaría sin aire acondicionado, pensé en el vecino del tres, con quien me cruzaba todos los días cuando nos íbamos a trabajar.
-Lo siento-dije- yo nunca escuché nada.
Ella empezó a decir algo pero yo ya la había dejado atrás.
Me llamaron por teléfono, era mi hermano para decirme que mamá había muerto. Tuve que levantarme. Pese a todo, tengo tres días de licencia pagos.
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domingo, 30 de enero de 2011
Elogio del aburrimiento
Aburrimiento, motor de la imaginación, semilla del cambio, génesis de lo nuevo, espuela del progreso, hormiga en el culo de la autocomplacencia. Te detesto, aburrimiento, detesto tu presencia más que la de una manada de zorrillos, cuando olfateo tu presencia se me erizan los pelos de la nuca, mis manos sudan, mis dientes crujen, quiero correr y alejarme todo lo que pueda de tu singular perímetro. Mi mayor deseo sería poder rascarme tranquilamente las axilas, con movimientos maquinales, lentos, y después olerme los dedos con una sonrisa de satisfacción. Sin embargo, mi aspiración se ve frustrada por la aparición de esta alimaña infame, bicho carroñero agazapado esperando el momento para lanzarse contra los tiernos miembros indefensos de mi modesta felicidad. Y aun así, nefasto aburrimiento, aun en medio de este odio visceral que me domina al contemplarte, aun así no puedo dejar de admirar tu tenacidad, por lejos mayor que la del diamante. Te odio, aburrimiento, y te invoco también, para que acudas a desbrozar mi alma de la mugre del conformismo burgués. No puedo olvidar que la chispa que encendió la rebelión inmensa de Lucifer fue el tedio producido por los eternos conciertos de arpa en las tardes del paraíso. No fue la envidia, no, ni tampoco la ambición lo que movió al príncipe de los ángeles a la traición , fue un soberano aburrimiento. Nadie ignora cuánto te debe el arte, tedio maldito, jamás podrá la humanidad pagar la deuda generada contigo en ese rubro (creo que el viejo borrachín Baudelaire concordaría conmigo). Conocida es tu tendencia a carcomer inadvertidamente el amor, comenzando por el borde hasta deglutirlo completamente, a ese amor que todo lo puede, a ese amor que cantan los poetas, a ese amor que según dicen mueve montañas. Ese mismo es el que suele inclinar su testa ante la presión de tu bota impiadosa. Todos se admiran de la pasión de Romeo y Julieta. Eso es porque no tuviste tiempo de actuar. Esos mismos se hubieran admirado, suponiendo que la pareja hubiera sobrevivido, si se la hubieran cruzado en su camino digamos veinte años después, de la obra que tu influjo habría realizado con esa pasión.Y sin embargo, aburrimiento, nadie te canta, ni te escribe versos arrebatados. Creo que son injustos contigo, aunque sé que no te interesan los insignificantes homenajes de la humanidad. No importa, igual te rindo tributo, perdido en el movimiento circular que me impone tu voluntad, hundido, ciego, sin poder moverme, desesperado, sé que tu sabiduría me empuja hacia alguna parte. Cima, abismo, oasis, desierto, no importa, importa el movimiento que me imponen tus vientos y tus olas, importa saber que lo que viene se va, y que siempre hay un horizonte al cual mirar más allá de tu negrura.
martes, 25 de enero de 2011
Monólogo bajo la cama
Lo peor no es el miedo, ni el ridículo, ni siquiera el frío de las baldosas.Lo peor es que me pica la espalda. Me pica en una forma insoportable, tanto que tengo que apretar los dientes y los ojos para no moverme. No quiero moverme, la parrilla de la cama me roza la espalda; podría, con un movimiento de vaivén contra las tablas, aliviar la picazón. Pero no quiero moverme, capaz que justo en ese momento mira para acá y se da cuenta. Mejor pienso en otra cosa, en la suba del boleto, no sé. Me pongo a contar para tranquilizarme, eso siempre da resultado. Uno, dos , tres, inspiro, expiro... Que día difícil dios mío, ya arranqué mal hoy llegando tarde al laburo, y todo el mundo malhumorado, después el quilombo con el taller y ahora esto. ¿De qué se olvidó? Y la muy estúpida se pone a discutir en vez de dejarlo irse. Los muchachos me van a gastar de lo lindo cuando les cuente. De sólo pensarlo me dan ganas de reirme mpfff, tengo que aguantarme veintisiete, veintiocho... ¿Qué zapatos busca ahora? ¿No serán estos? La puta madre, a ver a ver, los empujo de a poquito, así, así, afuera, ahi está, cuarenta y tres... Ya cuando me dijo que el marido tenía un revólver tenía que haber pensado mejor la cosa, pero como siempre termino pensando con la de abajo y acá estoy la puta madre ¿será una pulga? no aguanto más sesenta y cinco sesenta y seis. ¿Y ahora? Se ponen cariñosos, si será puta sabiendo que estoy acá ahora me tengo que quedar quietito y espero que aguante esa parrilla el guampa debe andar por los cien quilos ciento doce ciento trece ciento catorce... ¿ya está? con razón tu mujer sale a buscar afuera bueno ahora sí vestite rapidito. Y ahora lo que me faltaba, estas ganas de estornudar, por acá no ha pasado una aspiradora en años... ciento treinta y uno ciento treint...a... y ...ddd.... ¡¡A correr!!!!
jueves, 20 de enero de 2011
Descubrimientos
Carla se bajó del taxi en la silenciosa noche, algunas cuadras antes de llegar al apartamento. Quería sentir en la piel el roce de la oscuridad, impregnarse del sosiego de la brisa nocturna; quería sentirse mecida por el sonido de sus propios pasos, recuperar la orientación desde ese lugar de penumbra y silencio. Quería volver de alguna forma a reconstruirse, a ser la doctora Estévez, a pensar en el trabajo, en los perros, en la peluquería, en la humedad de la pared del baño, en el casamiento que la esperaba en tan sólo diez días, en su futuro marido, tan dulce, predecible, inocuo. Y así llegaba al otro punto del porqué del retorno diferido, de la caminata inútil: quería evitar la llegada de la culpa. Temía enfrentarse a la mueca burlona de la culpa, a su gesto de recibimiento dibujado en los botones del ascensor, en la cerradura, en los muebles del living, en la cara de Carlos saludándola con gesto descafeinado. Temía a la culpa, sí, y además temía al olvido; temía que se le borraran de la piel las caricias libertadoras, que se perdieran, ahogadas por la culpa, las sensaciones inéditas de aquella noche, el clamor de la carne, la caída en el abismo infinito e inesperado, los descubrimientos obscenos y felices, quizás tardíos para una mujer de 27 años, pero no por eso menos avasallantes, escandalosos, contundentes.
Diego arrancó sin decidirse aún a borrar la sonrisa socarrona que se le había instalado al mirar la cara de la pasajera al bajarse. “Qué cara de vicio, nena, se ve que tuviste una noche agitada”. Aceleró y miró hacia el cielo de febrero, jactancioso y profundo. “Va a hacer calor”, pensó, lo cual no lo alegró ni mucho ni poco. Los días de vacaciones habían pasado para él, ahora tendría que esperar hasta Semana Santa para tener un descanso. Su turno estaba por terminar, además del reloj se lo decía el cuerpo. Pensó en la ducha tibia que lo esperaba, en el vaso de whisky, en el sueño reparador.
De pronto, salida aparentemente de la nada, una sombra se precipitó contra el parabrisas, golpeó contra el indefenso vidrio astillándolo, rodó y desapareció por un costado. Se afirmó en los frenos aún sin entender qué pasaba; el coche gimió, se arrastró unos metros, se sacudió y finalmente se detuvo. Las manos le temblaban incontrolablemente. Miró el espejo pero no vio nada más que las fauces de la noche detrás de él. Se bajó del taxi y entonces sí pudo ver el bulto atravesado en el asfalto, a unos quince metros, debatiéndose débilmente. Corrió hacia él a la par de la angustia que lo ganaba. El hombre se quejaba apenas, la cara irreconocible por la sangre que la cubría. Uno de los brazos se doblaba improbable bajo su cuerpo, como si fuera de trapo. Diego lo miró horrorizado, miró alrededor esperando quizás una explicación, un grito, algo que lo arrancara del desconcierto y el terror. Acercó su cara a la del otro, al gesto crispado de dolor, a la sangre más oscura que la noche, a esa sangre que se desparramaba plácidamente mezclándose con el miedo. Quiso decir algo pero no pudo, no supo. Se incorporó; tenía que pedir ayuda. Corrió hacia el taxi sin darse cuenta, sin darse cuenta puso primera y aceleró. Podía haber llamado una ambulancia, o al 911, anónimamente, sin comprometerse. No lo hizo, el hombre malherido quedó abandonado sobre el pavimento. Manejó sin saber a dónde iba, sin poder pensar en lo que hacía. En un momento reconoció su calle. Paró frente a su casa y bajó, aún temblando. Entró y sintió un alivio infinito al comprobar que todos dormían. Se sirvió un vaso de whisky, derramando un poco por los nervios. El sudor le impregnaba el cuerpo, el contacto pegajoso le hizo pensar en aquel otro cuerpo que agonizaba a unos quilómetros de distancia. Estremecido, fue al baño a mojarse. Hundió la cara en el agua redentora, levantó la cabeza, se enfrentó a su imagen reflejada en el espejo.
Viéndose así, como lo había hecho tantas veces, cada mañana y cada noche desde que tenía memoria, viendo su mirada retornando desde la superficie del espejo, tuvo la sensación de que se veía por primera vez, de que por primera vez veía su rostro desnudo, despojado de las máscaras creadas por las suposiciones sobre sí mismo que había adquirido a lo largo de los años. No vio al buen padre de familia, no distinguió en esa mirada al tipo que se llevaba la vida por delante, al que sabía vivir la vida, al que juzgaba sin remordimientos, al que decidía, al que pensaba que nadie tenía nada que reprocharle. En cambio el reflejo acusador le endosó la imagen cruda de un cobarde, de un pequeño hombre en el preciso momento de enfrentarse al horror de su alma desnuda, mostrándosele procaz, abriéndose sin reparos a su reconocimiento dolorido.
Diego arrancó sin decidirse aún a borrar la sonrisa socarrona que se le había instalado al mirar la cara de la pasajera al bajarse. “Qué cara de vicio, nena, se ve que tuviste una noche agitada”. Aceleró y miró hacia el cielo de febrero, jactancioso y profundo. “Va a hacer calor”, pensó, lo cual no lo alegró ni mucho ni poco. Los días de vacaciones habían pasado para él, ahora tendría que esperar hasta Semana Santa para tener un descanso. Su turno estaba por terminar, además del reloj se lo decía el cuerpo. Pensó en la ducha tibia que lo esperaba, en el vaso de whisky, en el sueño reparador.
De pronto, salida aparentemente de la nada, una sombra se precipitó contra el parabrisas, golpeó contra el indefenso vidrio astillándolo, rodó y desapareció por un costado. Se afirmó en los frenos aún sin entender qué pasaba; el coche gimió, se arrastró unos metros, se sacudió y finalmente se detuvo. Las manos le temblaban incontrolablemente. Miró el espejo pero no vio nada más que las fauces de la noche detrás de él. Se bajó del taxi y entonces sí pudo ver el bulto atravesado en el asfalto, a unos quince metros, debatiéndose débilmente. Corrió hacia él a la par de la angustia que lo ganaba. El hombre se quejaba apenas, la cara irreconocible por la sangre que la cubría. Uno de los brazos se doblaba improbable bajo su cuerpo, como si fuera de trapo. Diego lo miró horrorizado, miró alrededor esperando quizás una explicación, un grito, algo que lo arrancara del desconcierto y el terror. Acercó su cara a la del otro, al gesto crispado de dolor, a la sangre más oscura que la noche, a esa sangre que se desparramaba plácidamente mezclándose con el miedo. Quiso decir algo pero no pudo, no supo. Se incorporó; tenía que pedir ayuda. Corrió hacia el taxi sin darse cuenta, sin darse cuenta puso primera y aceleró. Podía haber llamado una ambulancia, o al 911, anónimamente, sin comprometerse. No lo hizo, el hombre malherido quedó abandonado sobre el pavimento. Manejó sin saber a dónde iba, sin poder pensar en lo que hacía. En un momento reconoció su calle. Paró frente a su casa y bajó, aún temblando. Entró y sintió un alivio infinito al comprobar que todos dormían. Se sirvió un vaso de whisky, derramando un poco por los nervios. El sudor le impregnaba el cuerpo, el contacto pegajoso le hizo pensar en aquel otro cuerpo que agonizaba a unos quilómetros de distancia. Estremecido, fue al baño a mojarse. Hundió la cara en el agua redentora, levantó la cabeza, se enfrentó a su imagen reflejada en el espejo.
Viéndose así, como lo había hecho tantas veces, cada mañana y cada noche desde que tenía memoria, viendo su mirada retornando desde la superficie del espejo, tuvo la sensación de que se veía por primera vez, de que por primera vez veía su rostro desnudo, despojado de las máscaras creadas por las suposiciones sobre sí mismo que había adquirido a lo largo de los años. No vio al buen padre de familia, no distinguió en esa mirada al tipo que se llevaba la vida por delante, al que sabía vivir la vida, al que juzgaba sin remordimientos, al que decidía, al que pensaba que nadie tenía nada que reprocharle. En cambio el reflejo acusador le endosó la imagen cruda de un cobarde, de un pequeño hombre en el preciso momento de enfrentarse al horror de su alma desnuda, mostrándosele procaz, abriéndose sin reparos a su reconocimiento dolorido.
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