sábado, 13 de octubre de 2012

Las vueltas de la vida





Miro la hora. Son las cinco. Adelante, a unos metros de distancia, una pequeña multitud, desbordante de impaciencia, se apiña en las butacas y se desparrama incontenible por el hall. Resignado, aprieto el botón. El número ochenta y tres se enciende en el tablero. Una mujer rubia, algo baja, un poco rechoncha, camina apurada y se sienta frente a mí, mostrándome sin tapujos una mirada de fastidio a la cual estoy acostumbrado.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
La costumbre indica que debo preguntarle en qué puedo ayudarla. Pero algo me detiene. Miro la mano que acomoda un mechón de pelo atrás de la oreja. Los ojos celestes parpadean dejando en evidencia unas incipientes patas de gallo. Un lunar junto al costado de la boca capta mi atención. Intento calcular su edad. Lo que en un principio fue un cosquilleo difuso, ahora es una convicción: la conozco de algún lado. Nunca olvido una cara. Sólo tengo que recordar el cuándo y el dónde.
-¿En qué puedo ayudarla?
Me cuenta que le llegó una factura por un importe incorrecto, exponiéndome los argumentos por los cuales ella nunca pudo haber llegado a un consumo tan alto. Esgrime ante mis ojos desinteresados la prueba del delito, la factura de marras. Me muestra las anteriores, portadoras de importes manifiestamente inferiores. Hago como que le presto atención, formulo unas preguntas genéricas para ganar tiempo, mientras trato de ir estrechando el cerco sobre lo que me dice esa cara. Voy eliminando mentalmente ámbitos posibles de conocimiento, yendo desde el pasado reciente hacia el remoto. Barrio, círculo social, redes sociales, trabajo, trabajos anteriores, facultad. De pronto, el recuerdo me alcanza. Levanto la vista del papel que sostengo en la mano y la miro, reprimiendo con un esfuerzo supremo una sonrisa. Mariana o Natalia (soy malo recordando nombres), sigue parloteando su indignada protesta, que por momentos bordea un manifiesto ideológico contra el Estado y su ineficiencia. Adopto con deliberado esmero el gesto de mayor empatía que me resulta posible. Es evidente que no me reconoció, y no pienso hacer nada que la lleve a hacerlo. En mi mente se va desplegando, como una habitación oscura que va siendo iluminada por la tímida luz de una antorcha, la noche en la que la conocí. El cumpleaños de Rafa, doce, quizás quince años atrás. Me muerdo para no reírme. Rafa salía con una tal Patricia, o Cecilia, una flaca que ni fu ni fa pero que tenía la indudable ventaja de ser casada. La mina había inventado una salida con amigas para poder ir al cumpleaños de Rafa. Y Mariana, o Natalia, era la coartada, la dueña de la casa en la cual la novia de Rafa supuestamente iba a quedarse a dormir.
-No se preocupe, a veces pasan estas cosas, son errores del sistema, pero tienen solución.
Reanuda su parloteo y mi memoria se despereza entregándome desordenadas imágenes de aquella noche. La mesa de truco, las botellas de caña brasileña cayendo inmoladas ante nuestros embates, la espesa humareda de tabaco y de cannabis. Para cuando Patricia o Cecilia y Mariana o Natalia llegaron a la fiesta ya estábamos lo que suele decirse bien entonados. Comparo mi imagen mental de una rubia despampanante portando un escote criminal y una mirada lúbrica que se presentó aquella noche en el apartamento del Rafa con esta señora indignada que insiste en  pretender demostrarme que el Estado está confabulado en su contra. Hago como que la escucho y lanzo una mirada rápida a su alianza, sólo para verificar lo que ya me estoy imaginando de acuerdo a su postura, a su tono de voz, a su atuendo. Me parece mentira que no se acuerde. Tengo que  reconocer que mi orgullo de macho se siente ofendido.
-Hágame el favor, rellene esta solicitud. Lamentablemente va a tener que pagar, pero una vez que se constate el error el monto le será descontado de las futuras facturas.
Desbarato con paciencia sus protestas sobre el atropello que está sufriendo. Le explico que no hay otra solución posible. Finalmente, con un suspiro de resignación, inclina la cabeza sobre el formulario y empieza a escribir.
Me recuesto sobre la silla y dejo que los recuerdos resbalen, impelidos por su propio peso.  La primera vez que quedé fuera de la ronda de truco nos pusimos a conversar. Ella no jugaba, no sabía. Tomaba,  fumaba, y hablaba con la amiga. En un momento Patricia o Cecilia y el Rafa desaparecieron, y yo me quedé conversando con la rubia.
Volví a la ronda, y la siguiente vez que salí ella ya estaba considerablemente borracha. Alguien dijo que se habían terminado los cigarros. Me ofrecí a ir, y la invité. Al llegar a la esquina nos besamos. Al volver, nos metimos en un cuarto. Yo estaba demasiado borracho, apenas logré obtener una semierección, por lo que cuando ella me pidió como una desesperada que se la metiera por atrás, no pude. Terminó la fiesta, le pedí el teléfono, la llamé un par de veces para invitarla a salir, obteniendo respectivas excusas de parte de ella, y después la olvidé. Rafa y Cecilia o Patricia dejaron de verse, y yo jamás volví a ver a Natalia o Mariana. Hasta hoy. Lo que son las vueltas de la vida.
-Firme ahí. Bueno, ahora  yo le doy entrada a la solicitud, y más o menos en dos semanas este asunto va a estar solucionado.
Me sonríe mecánicamente, no del todo convencida de lo que le digo. Me agradece y se va. La veo alejarse, recuerdo su cuerpo desnudo en la penumbra de aquella noche lejana, ahora sí sonrío abiertamente. Tomo el formulario, lo estrujo entre mis manos formando una pelota, y lo tiro en la papelera. A veces, los formularios se traspapelan, son errores del sistema. Aprieto el botón, el número ochenta y siete se enciende en el tablero.

martes, 25 de septiembre de 2012

Dádiva



Sus zapatos relucientes avanzaban mordiendo la vereda, esquivando el dibujo que formaban las baldosas faltantes. A mitad de cuadra, con una mano extendida hacia la caridad humana, un mendigo envejecía desde siempre, a la sombra del sol.
Pasó junto al ruego balanceando el maletín impaciente, obeso de papeles.
-Una moneda señor.
Se paró, mirando la mano mugrienta, demorando unos segundos la reacción. Sus dedos buscaron en el bolsillo la moneda que pagara por su conciencia limpia. La extendió, brillante e impura, evitando el contacto con la piel áspera. La mano no se movió, los ojos no lo soltaron. Respiró hondo. Metió la mano en el bolsillo interno del saco. Sacó la billetera y la depositó, con movimiento firme, sobre la palma ávida. El mendigo no detuvo su inmovilidad, obligándolo a rascar su cabeza brevemente, para alejar la picazón del desconcierto. Aflojó la corbata. Volvió a mirarse en el reflejo de los ojos del otro. Dejó el maletín en el piso, enfrente suyo, bajo la sombra de la mano del indigente. El saco se deslizó hacia afuera de su cuerpo, cayendo sin ruido. Sin detenerse, el hombre comenzó a desabrocharse el cinturón.

Lo vio alejarse calle abajo, apurado como la tarde. Miró su mano vacía, estiró el brazo, se internó en la boca de la espera.

domingo, 29 de julio de 2012

Regalo del cielo


En ese planeta no existían los colores, excepto el negro, el blanco y el gris. El cielo pasaba del negro en la noche, al blanco en el día, las aguas del mar eran grises, como las plumas de los pájaros, y los pétalos de las flores. A nadie le molestaba la uniformidad cromática de las estaciones, nadie se quejaba del gris aspecto del césped, de la siempre gris tonalidad del arco iris. Era así, siempre lo había sido,  y no tenía por qué ser de otra manera. El color de la ropita de los bebés era el mismo, fuera nena o varón. La igualdad de género se expresaba de esa forma inesperada desde el nacimiento. La sangre era irremediablemente negra, la esperanza gris, los trajes de novia, blancos.
Una noche, una luz cruzó el cielo, y, al perderse de vista, se escuchó una explosión, el suelo se estremeció, y un fuerte brillo iluminó el horizonte, contra las montañas.  Al poco rato el lugar se llenó de camiones militares, que acordonaron la zona. Los helicópteros iban y venían, los oficiales gritaban órdenes que eran inmediatamente obedecidas. Un equipo de hombres, vestido con trajes especiales, bajó a lo profundo del cráter que se había formado, y al cabo de un rato lo que había en el fondo fue izado dentro de una caja de hierro, metido dentro de un camión blindado, y sacado del lugar. El general que comandó el operativo, al cerciorarse de su éxito, suspiró aliviado. Nadie debía ver lo que había caído allí, nunca. Rápidamente, como habían llegado, los militares se fueron, recobrando el silencio su dominio sobre la noche.
Lo que los militares jamás supieron es que ellos no habían sido los primeros en llegar al lugar del impacto. Cerca de donde cayó el meteorito vivía una familia de campesinos. En el momento en que el general regresaba satisfecho a su base, los campesinos se encontraban reunidos alrededor de la mesa del comedor. Sobre ella, se encontraba  un objeto, que el jefe de familia había recogido en el lugar de la caída. La familia permanecía silenciosa, contemplándolo de boca abierta. No lo sabían, pero eran los primeros en ese planeta en mirar el color rojo.

miércoles, 18 de julio de 2012

Resignación



Puso el par de medias, que él no usaría, en un rincón del bolso, junto al short que permanecería invariablemente doblado hasta el momento en que Héctor lo metiera, intacto, en el lavarropas, mezclado con la ropa realmente sucia, y, con el gesto de sangre fría que caracteriza al criminal que borra meticulosamente las pruebas de su delito, iniciara el lavado.
Camiseta, zapatos, medias, toalla, chinelas. Los condones los llevaría en el bolsillo, o tal vez los comprara ella.
-Pronto.
Le alcanzó el bolso con una esperanza menguada de escucharlo decir que se quedaba, que se había cancelado el partido, que la invitaba a pasar un viernes juntos, diferente, como antes.
-Gracias. No me esperes levantada, después del partido vamos a salir a tomar algo con los muchachos.
El movimiento de la puerta al cerrarse volvió a dejarla sola, como todos los viernes, con la sensación de desconcierto de quien repentinamente se da cuenta de que ha perdido algo sin saber cómo, preguntándose dónde había quedado esa mujer que fue alguna vez, dónde ese hogar que pensaba perfecto. Lo peor era que no lo odiaba, hubiera sido tan fácil si hubiera podido. Se culpaba a sí misma, buscaba en su conducta justificaciones para la traición, maldecía al destino, y por supuesto a la perra, a la última culpable de todo, a la ladrona, a la puta que se había interpuesto entre ella y su felicidad para hacerla añicos, dejándola varada en el sinsentido de una vida que nunca pensó que pudiera ser la suya.

Había perdido la cuenta de las veces que se paró frente a la puerta, resuelta a tocar timbre. Ya no sabía decir en cuantas ocasiones había llegado a suspender la mano, como una amenaza, sobre el botón, arrepintiéndose a último momento, arrastrada por la corriente de un súbito miedo, hasta sentir  calor en la cara, mirar a los costados para comprobar si había testigos de su vergüenza, e irse con pasos torpes y apurados. Todo empezaba en la noche anterior, una de esas noches de insomnio interminable, en que se debatía contra la sensación de desamparo que se le instalaba al pensar en la posibilidad de que Héctor, obligado a elegir, eligiera a la otra. Solía trazar una línea imaginaria, divisoria de las razones que él pondría a un lado y al otro para decidir. De un lado, juventud, belleza, novedad, éxito. Del otro... Amor, se decía, pero la palabra le surgía cargada de dudas, sin convicción real, como un reflejo condicionado que aparece ante un estímulo determinado sin que, a priori, pueda hacerse una valoración de su validez. Quizás costumbre, seguridad, pero pensar en esas razones como las que podían inclinar la balanza a su favor le resultaba triste e insultante al mismo tiempo. Nunca, desde su casamiento, y desde antes, desde el momento en que el noviazgo se convirtió en compromiso, se había imaginado cómo sería la vida sin Héctor, por la sencilla razón de que le parecía imposible una vida sin Héctor, algo siquiera parecido a la felicidad era simplemente inconcebible sin su presencia, no podía imaginar nada más abominable que esa posibilidad. Se decía que iría a hablar con la otra al otro día, para ponerle los puntos sobre las íes, para que supiera quién era ella, con quién se enfrentaba. La perra escucharía de su propia boca las razones por las cuales debía desaparecer, dejar a su hombre en paz. ¡Su hombre!  Con esa convicción pisaba la vereda al otro día, después de que Héctor se iba a trabajar, dirigiéndose a su apartamento, segura, por haber investigado sus horarios, de que la encontraría. Así de resuelta caminaba las primeras cuadras, hasta que, invariablemente, las dudas e inquietudes comenzaban a erosionar esa convicción. ¿Quién tenía más para perder? ¿Qué si su rival resultaba ser implacable? ¿Cómo haría para vivir sin Héctor si la dejaba? Juventud, belleza, éxito, soledad, miedo, vacío, novedad, miedo, juventud, cansancio, tristeza, belleza, implacable, fracaso, Héctor, puta, éxito, inercia, apartamento, discurso, hombre, juventud, timbre, miedo, éxito.
En el camino de regreso se repetía, sin darle concesiones a la humillación, las palabras que había pensado, los gestos, las miradas. Al llegar a su casa se sentaba frente a la mesa del comedor, con la cara vacía, odiándose cada vez un poco más por su reiterada cobardía. Después le llegaba el reproche de los cuadros colgados en las paredes, del florero aquél que Héctor le había regalado hacía tantos años, de los cubiertos secándose en la cocina. Todo, a su alrededor, le decía que debía luchar por lo suyo, que no podía resignarse. Pero no se sentía con fuerzas para hacerlo. Volvía a verse, parada frente a la puerta ya sabida de memoria, sintiendo una vez más cómo el furor y la indignación se le evaporaban, dejándola sola con el miedo y sus garras incrustadas en el pecho. Ese era el peor momento del día, del que iba sobreponiéndose con lentitud, como un enfermo que ha visto la muerte de cerca y da sus primeros pasos, cansados, de convaleciente. Tomaba un lápiz y un papel y hacía la lista de las compras con una minuciosidad innecesaria. Su cuerpo, blando por la derrota y por los años, se iba tonificando en los tibios rituales de la rutina, olvidándose de sí mismo, dejándose llevar, perdiéndose en los movimientos consabidos y previsibles de cada día, hasta cubrir, aunque no destruyéndolos, la vergüenza y el dolor con una capa lo suficientemente amplia de preocupaciones cotidianas.

Escuchó el tintineo de la cerradura, seguido del chasquido de la puerta al cerrarse. Y entonces el silencio. Imaginó el andar culpable, en puntas de pie, como un susurro. Ahora era el momento de levantarse, arrancar las máscaras de un golpe, gritar el final, dictar una sentencia. Ahora, si quería. Su cuerpo se tensó, aguijoneado por el deseo de destrozarle la cara a la mentira. Apretó los ojos. El temeroso sonido de un picaporte se repitió, ahora más cercano. Escuchó, o imaginó, los pasos blandos y lentos, llevando los zapatos en la mano, cruzando el umbral de la puerta del cuarto. Quiso decir algo, pero las palabras se negaron a ser pronunciadas por su boca. Se sorprendió al comprobar que no lloraba. Pensó sin alegría que quizás esa fuera la señal de que, por fin, había empezado a transitar, sin violencia casi, con un algo parecido a un amargo sentimiento de triunfo, el camino del acostumbramiento.

sábado, 23 de junio de 2012

Historia sin final


Después de incontables horas de manejar a lo largo de la cinta monocorde de la ruta, entumecido y cansado, decidí parar para estirar las piernas y comer algo. Paré en un caserío que se orillaba sobre la carretera, ofreciendo, en descoloridos carteles escritos a tiza, diversos entremeses y platos típicos.
Cuando bajé del auto pude sentir el golpe del silencio cayendo como un mastodonte entre los arbustos. A mis espaldas, el asfalto parecía una inmensa boa dormida, desprovista de sentido ante la ausencia total de tránsito. Miré hacia la planicie, que se cernía amenazante sobre el grupo de casas mal ordenadas, y la soledad que me transmitió me resultó abrumadora. Ni el vuelo de un pájaro, ni un soplo de brisa. Incluso el sol y las nubes, colgantes e inmóviles sobre mi cabeza, parecían retener el aliento, expectantes ante vaya a saber uno que inminencia. Parecía como si, en algún giro inadvertido, hubiera llegado al mismísimo fin del mundo.
Abrí la puerta, temeroso, ante su aspecto, de que se desintegrara al contacto de mi mano.
El interior era oscuro, con un tufo rancio llenando el aire, sin importar hacia donde apuntara mi nariz.  El lugar estaba casi vacío. Tres mesas,  tan decrépitas como el resto del lugar, con cuatro sillas cada una, exhibían su aburrimiento sin disimulo. El único parroquiano era un viejo, que se doblaba sobre el mostrador bajo el peso de su borrachera, quien me recibió con un gesto de hostilidad poco entusiasta. Detrás del mostrador, un hombre grasiento se esmeraba en repasar unas copas absurdamente finas para el lugar.
Miré la vitrina. Unas empanadas arrugadas y pálidas competían en fealdad con una escuálida porción de pascualina, y algunos refuerzos de milanesa que dejaban asomar impúdicos retazos de lechuga ennegrecida.
-¿Qué se le ofrece?-profirió el anfitrión, sin detener su tarea,  maniobrando al mismo tiempo con un escarbadientes que le asomaba de la boca.
Mi apetito había disminuido dramáticamente desde el momento en que traspuse la puerta. Lo miré, dubitativo, y contesté:
-Un capuchino y …, por ahora eso.
Me acomodé en el mostrador, devolviéndole la mirada al borracho, que había trocado en su cara desconfianza por diversión, sin ningún motivo aparente. Me miraba y se reía, afirmando con la cabeza, dejando escapar entre los agujeros de los dientes una risa áspera y enigmática. Lo ignoré, cruzando los dedos de mis manos sobre el mostrador lleno de cicatrices. Un moscón revoloteaba  ruidosamente sobre la cabeza del barista.
Tomé el capuchino rápidamente. No estaba muy caliente, sin embargo esperaba algo peor. El patrón había vuelto a su tarea, ignorando por completo mi presencia. De pronto, el agudo sonido de un timbre rasgó el silencio. Miré hacia el lugar de donde venía el sonido. Un viejo teléfono, de los de antes, negro y gastado, me miró desde la jauría de ojos del disco de marcar. El hombre no se inmutó, parecía no escuchar el  sonido. Después de un minuto en esta situación, mis nervios comenzaron a crisparse. Le lancé la pregunta elevando mi voz por sobre el volumen del timbre.
-¿No piensa atender?
Me miró como a un insecto, con menos desaprobación que indiferencia.
-¿Para qué?
-¿Cómo para qué? ¿No quiere saber quien llama?
Detuvo el movimiento mecánico de sus manos, apoyando la copa en la mesada frente a él. Sin soltar el repasador, me contestó.
-Da lo mismo que conteste o no. ¿No se da cuenta de que el escritor no sabe para dónde llevar el cuento, y por eso crea estas situaciones dilatorias, elípticas, descripciones innecesarias, ralentiza la acción sin motivo? Déjelo que suene nomás.
-Pero entonces…
-Estamos inmovilizados acá. Usted seguirá siendo un forastero de paso, desconcertado e impaciente, yo seguiré repasando estas copas, éste sudando su borrachera. Hasta que al escritor se le ocurra cómo continuar la historia. Eso pasa cuando se empieza a escribir un relato sin tenerlo completo en la cabeza.
La última oración la dijo sacudiendo admonitoriamente el índice de una mano.
Miré el vaso, aun tibio sobre el mostrador, orlado de espuma en el borde. La risa turbia del borracho seguía cayendo en oleadas sobre mí. Volví a escuchar la voz cansina cruzando el mostrador.
-Estaremos así durante días o semanas, con suerte. Si no la hay, este instante te convertirá en eternidad, inmovilizado en una hoja de papel que tenderá a volverse amarillenta, yo repasando la misma copa, usted pensando en seguir su viaje, el sol sin decidirse a terminar de esconderse tras el horizonte. Véale el lado bueno, no seremos conscientes de estar atravesando la eternidad, para nosotros el tiempo infinito es un instante, el instante en que suena el teléfono, en que yo me esmero en sacarle las manchas de agua seca a la copa, en que usted se levanta y camina hacia la puerta.
Lo escuché con cortesía, molesto por el insistente  timbre que no paraba de sonar. Me levanté y caminé hacia la puerta, buscando la caja de cigarrillos en el bolsillo de mi camisa.
-Con suerte al autor se le ocurre un final disparatado- elevaba la voz a  medida que yo me alejaba-Un ovni aparece de repente y lo secuestra, llega el comisario y lo mete preso por un improbable delito. Hay que ser optimistas, aunque no tengamos motivo, sólo porque hay que serlo.
Abrí la puerta y me asomé al atardecer. Una brisa recién nacida jugaba con la tierra, levantando remolinos. Prendí el cigarro y me esforcé en asignarles formas a las nubes. Aspiré el humo con placer. No me preocupaban las palabras del tipo del bar. Después de todo, la vida  es sólo un cuento que va escribiéndose a sí mismo. 

domingo, 1 de abril de 2012

Paisaje de otoño

La abuela me miraba, hora tras hora, inmóvil, muda. La había sacado al patio para que sintiera en la piel la caricia del lánguido sol de marzo. Ella se dejó mojar por la cascada ambarina y sonrió, con una sonrisa hermosa como una promesa, vencida por el placer tibio. Yo la miré y no noté su sonrisa, o mejor dicho, no sentí nada al notarla. No era la abuela la que se deleitaba silenciosamente bajo el sol, no era nadie, no era nada. La odié en ese momento. Sentí el odio supurando en el pecho, creciendo más rápido que la mugre bajo mis uñas. Quise verla muerta, quise matarla allí mismo e irme corriendo, con las manos chorreando crimen. 
-Enzo, Enzo.
-¿Qué, abuela?
No me contestó. Nunca lo hacía. Sólo posó sus profundos ojos en mí, acusándome con su inocencia, redimiéndome sin saberlo, protegiéndome de los golpes de la desesperación.
Esa noche lloré, una vez más, agobiado por la culpa y el arrepentimiento. Sentado en mi cama, hundido en la oscuridad y la desolación, dejé drenar las lágrimas una por una, sembrando mi cara de pena, hasta quedar seco por dentro, abrigado tan solo por los primeros guiños de la mañana.
Me gustan los amaneceres del otoño, no tanto por el frescor que eriza la piel, sino por el abanico de colores que se extiende, perezoso, hasta saturar el aire. Por eso, y porque la abuela duerme hasta tarde, es que me levanto con el amanecer. Preparo el mate y salgo al porche a dejar que esos colores jueguen con mis poros. Hay días en que un cosquilleo me recorre el cuerpo, es la llamada del tiempo y de la vida, que piden ser pintados, que se acercan a mis pies con movimientos dóciles, urgiéndome. Entonces camino hasta el arroyo. A veces saco algunas fotos. El silencio se puebla de presentimientos que flotan como hebras de algodón. Tiro algunas piedras sobre la cinta serpenteante del agua. Aprecio el tintineo concéntrico, tan breve como misterioso. Voy a buscar papel y crayones, necesito traducir de alguna manera esa plenitud matinal que rompe con su espuma contra mi cuerpo. Quiero plasmarla, aunque sea imperfectamente. Hace tiempo que no me interesa el arte, sólo me interesa lo que el arte busca. Me interno en la mañana como un sabueso siguiendo ese rastro. El sol se desliza indolentemente en el tobogán del cielo. A media mañana tengo que parar, lamentándome, e iniciar la marcha hacia el pueblo para hacer las compras.
 Al volver, vi que la abuela estaba acompañada. Marina, enarbolando una sonrisa proporcional a su belleza, me miró acercarme. Sus ojos, apenas avejentados desde la última vez que la había visto, no eran menos bellos que la brisa que jugaba entre las hojas de los árboles. Pasé junto a ella acarreando las bolsas, sin saludarla. Me siguió hasta la cocina.
-Hola. ¿Podrías saludar por lo menos, no?
-¿Que hacés acá?
-Vine a ver cómo estás. Y a ver a la abuela.
-Estamos bien. Los dos.
Saqué una gallina de la heladera y empecé a trozarla. La voz de Marina me llegó entre los golpes de la cuchilla.
-¿No te parece que ya pasó bastante tiempo? Es hora de que vuelvas.
La miré para contestarle.
-Ella me necesita.
La cara de Marina se hinchó con una lástima mal disimulada.
-Excusas. Ella no tendría que estar acá. La podemos llevar a un lugar donde la cuiden bien. ¿Cuánto tarda una ambulancia en llegar hasta acá, si le pasa algo? ¿A cuántos quilómetros está el hospital más cercano?
-No la voy a internar. Primero muerto. ¿Entendés?
Le apunté con el cuchillo, pero eso no la amedrentó.
-Lo que pasó, pasó, Enzo, dejá de autoflagelarte. Volvé a la vida, a la vida real.
Sentí el impulso de atravesarle el cuello con la cuchilla. En mi mente vi los chorros de sangre coloreando la hoja, haciendo dibujos furiosos en el acero. En lugar de eso escupí una carcajada.
-¿La vida? Mi vida está acá, esta es mi vida.
-La estás desperdiciando Enzo, estás desperdiciando tu talento. ¿Ya no pintás?
-Sí, pinto y llevo a vender a la feria. Con eso y con la jubilación de la abuela nos arreglamos.
-¿En la feria? ¡Tus cuadros se vendían a millones!
Dejé de mirarla, la conversación había empezado a aburrirme.
-Gracias por venir. Andá a pasar un rato con la abuela, debe estar contenta de verte.
Pude sentir su tristeza en el silencio.
Terminé el guiso y tapé la olla, dejándolo reposar.
Fui hasta la alacena y abrí la puerta. La botella de vino me miró, incitándome, como todos los días desde hacía dos años. Tardé unos segundos en recobrar el control de la respiración.
Cuando salí vi a Marina hablando por teléfono a lo lejos. La abuela estaba sola, acompañada por el calor atenuado de marzo, por el vuelo de los pájaros, por el crujido imperceptible de la vida que se extendía más allá de la arboleda.
 En sus ojos sin tiempo se reflejaba mi miseria. Tendió sus manos hacia mi. Las tomé, sintiendo su fragilidad, también su tibieza. Me senté en la mecedora enfrentando a la tarde. Estaba solo, y nada podía ser mejor.