martes, 25 de septiembre de 2012

Dádiva



Sus zapatos relucientes avanzaban mordiendo la vereda, esquivando el dibujo que formaban las baldosas faltantes. A mitad de cuadra, con una mano extendida hacia la caridad humana, un mendigo envejecía desde siempre, a la sombra del sol.
Pasó junto al ruego balanceando el maletín impaciente, obeso de papeles.
-Una moneda señor.
Se paró, mirando la mano mugrienta, demorando unos segundos la reacción. Sus dedos buscaron en el bolsillo la moneda que pagara por su conciencia limpia. La extendió, brillante e impura, evitando el contacto con la piel áspera. La mano no se movió, los ojos no lo soltaron. Respiró hondo. Metió la mano en el bolsillo interno del saco. Sacó la billetera y la depositó, con movimiento firme, sobre la palma ávida. El mendigo no detuvo su inmovilidad, obligándolo a rascar su cabeza brevemente, para alejar la picazón del desconcierto. Aflojó la corbata. Volvió a mirarse en el reflejo de los ojos del otro. Dejó el maletín en el piso, enfrente suyo, bajo la sombra de la mano del indigente. El saco se deslizó hacia afuera de su cuerpo, cayendo sin ruido. Sin detenerse, el hombre comenzó a desabrocharse el cinturón.

Lo vio alejarse calle abajo, apurado como la tarde. Miró su mano vacía, estiró el brazo, se internó en la boca de la espera.

domingo, 29 de julio de 2012

Regalo del cielo


En ese planeta no existían los colores, excepto el negro, el blanco y el gris. El cielo pasaba del negro en la noche, al blanco en el día, las aguas del mar eran grises, como las plumas de los pájaros, y los pétalos de las flores. A nadie le molestaba la uniformidad cromática de las estaciones, nadie se quejaba del gris aspecto del césped, de la siempre gris tonalidad del arco iris. Era así, siempre lo había sido,  y no tenía por qué ser de otra manera. El color de la ropita de los bebés era el mismo, fuera nena o varón. La igualdad de género se expresaba de esa forma inesperada desde el nacimiento. La sangre era irremediablemente negra, la esperanza gris, los trajes de novia, blancos.
Una noche, una luz cruzó el cielo, y, al perderse de vista, se escuchó una explosión, el suelo se estremeció, y un fuerte brillo iluminó el horizonte, contra las montañas.  Al poco rato el lugar se llenó de camiones militares, que acordonaron la zona. Los helicópteros iban y venían, los oficiales gritaban órdenes que eran inmediatamente obedecidas. Un equipo de hombres, vestido con trajes especiales, bajó a lo profundo del cráter que se había formado, y al cabo de un rato lo que había en el fondo fue izado dentro de una caja de hierro, metido dentro de un camión blindado, y sacado del lugar. El general que comandó el operativo, al cerciorarse de su éxito, suspiró aliviado. Nadie debía ver lo que había caído allí, nunca. Rápidamente, como habían llegado, los militares se fueron, recobrando el silencio su dominio sobre la noche.
Lo que los militares jamás supieron es que ellos no habían sido los primeros en llegar al lugar del impacto. Cerca de donde cayó el meteorito vivía una familia de campesinos. En el momento en que el general regresaba satisfecho a su base, los campesinos se encontraban reunidos alrededor de la mesa del comedor. Sobre ella, se encontraba  un objeto, que el jefe de familia había recogido en el lugar de la caída. La familia permanecía silenciosa, contemplándolo de boca abierta. No lo sabían, pero eran los primeros en ese planeta en mirar el color rojo.

miércoles, 18 de julio de 2012

Resignación



Puso el par de medias, que él no usaría, en un rincón del bolso, junto al short que permanecería invariablemente doblado hasta el momento en que Héctor lo metiera, intacto, en el lavarropas, mezclado con la ropa realmente sucia, y, con el gesto de sangre fría que caracteriza al criminal que borra meticulosamente las pruebas de su delito, iniciara el lavado.
Camiseta, zapatos, medias, toalla, chinelas. Los condones los llevaría en el bolsillo, o tal vez los comprara ella.
-Pronto.
Le alcanzó el bolso con una esperanza menguada de escucharlo decir que se quedaba, que se había cancelado el partido, que la invitaba a pasar un viernes juntos, diferente, como antes.
-Gracias. No me esperes levantada, después del partido vamos a salir a tomar algo con los muchachos.
El movimiento de la puerta al cerrarse volvió a dejarla sola, como todos los viernes, con la sensación de desconcierto de quien repentinamente se da cuenta de que ha perdido algo sin saber cómo, preguntándose dónde había quedado esa mujer que fue alguna vez, dónde ese hogar que pensaba perfecto. Lo peor era que no lo odiaba, hubiera sido tan fácil si hubiera podido. Se culpaba a sí misma, buscaba en su conducta justificaciones para la traición, maldecía al destino, y por supuesto a la perra, a la última culpable de todo, a la ladrona, a la puta que se había interpuesto entre ella y su felicidad para hacerla añicos, dejándola varada en el sinsentido de una vida que nunca pensó que pudiera ser la suya.

Había perdido la cuenta de las veces que se paró frente a la puerta, resuelta a tocar timbre. Ya no sabía decir en cuantas ocasiones había llegado a suspender la mano, como una amenaza, sobre el botón, arrepintiéndose a último momento, arrastrada por la corriente de un súbito miedo, hasta sentir  calor en la cara, mirar a los costados para comprobar si había testigos de su vergüenza, e irse con pasos torpes y apurados. Todo empezaba en la noche anterior, una de esas noches de insomnio interminable, en que se debatía contra la sensación de desamparo que se le instalaba al pensar en la posibilidad de que Héctor, obligado a elegir, eligiera a la otra. Solía trazar una línea imaginaria, divisoria de las razones que él pondría a un lado y al otro para decidir. De un lado, juventud, belleza, novedad, éxito. Del otro... Amor, se decía, pero la palabra le surgía cargada de dudas, sin convicción real, como un reflejo condicionado que aparece ante un estímulo determinado sin que, a priori, pueda hacerse una valoración de su validez. Quizás costumbre, seguridad, pero pensar en esas razones como las que podían inclinar la balanza a su favor le resultaba triste e insultante al mismo tiempo. Nunca, desde su casamiento, y desde antes, desde el momento en que el noviazgo se convirtió en compromiso, se había imaginado cómo sería la vida sin Héctor, por la sencilla razón de que le parecía imposible una vida sin Héctor, algo siquiera parecido a la felicidad era simplemente inconcebible sin su presencia, no podía imaginar nada más abominable que esa posibilidad. Se decía que iría a hablar con la otra al otro día, para ponerle los puntos sobre las íes, para que supiera quién era ella, con quién se enfrentaba. La perra escucharía de su propia boca las razones por las cuales debía desaparecer, dejar a su hombre en paz. ¡Su hombre!  Con esa convicción pisaba la vereda al otro día, después de que Héctor se iba a trabajar, dirigiéndose a su apartamento, segura, por haber investigado sus horarios, de que la encontraría. Así de resuelta caminaba las primeras cuadras, hasta que, invariablemente, las dudas e inquietudes comenzaban a erosionar esa convicción. ¿Quién tenía más para perder? ¿Qué si su rival resultaba ser implacable? ¿Cómo haría para vivir sin Héctor si la dejaba? Juventud, belleza, éxito, soledad, miedo, vacío, novedad, miedo, juventud, cansancio, tristeza, belleza, implacable, fracaso, Héctor, puta, éxito, inercia, apartamento, discurso, hombre, juventud, timbre, miedo, éxito.
En el camino de regreso se repetía, sin darle concesiones a la humillación, las palabras que había pensado, los gestos, las miradas. Al llegar a su casa se sentaba frente a la mesa del comedor, con la cara vacía, odiándose cada vez un poco más por su reiterada cobardía. Después le llegaba el reproche de los cuadros colgados en las paredes, del florero aquél que Héctor le había regalado hacía tantos años, de los cubiertos secándose en la cocina. Todo, a su alrededor, le decía que debía luchar por lo suyo, que no podía resignarse. Pero no se sentía con fuerzas para hacerlo. Volvía a verse, parada frente a la puerta ya sabida de memoria, sintiendo una vez más cómo el furor y la indignación se le evaporaban, dejándola sola con el miedo y sus garras incrustadas en el pecho. Ese era el peor momento del día, del que iba sobreponiéndose con lentitud, como un enfermo que ha visto la muerte de cerca y da sus primeros pasos, cansados, de convaleciente. Tomaba un lápiz y un papel y hacía la lista de las compras con una minuciosidad innecesaria. Su cuerpo, blando por la derrota y por los años, se iba tonificando en los tibios rituales de la rutina, olvidándose de sí mismo, dejándose llevar, perdiéndose en los movimientos consabidos y previsibles de cada día, hasta cubrir, aunque no destruyéndolos, la vergüenza y el dolor con una capa lo suficientemente amplia de preocupaciones cotidianas.

Escuchó el tintineo de la cerradura, seguido del chasquido de la puerta al cerrarse. Y entonces el silencio. Imaginó el andar culpable, en puntas de pie, como un susurro. Ahora era el momento de levantarse, arrancar las máscaras de un golpe, gritar el final, dictar una sentencia. Ahora, si quería. Su cuerpo se tensó, aguijoneado por el deseo de destrozarle la cara a la mentira. Apretó los ojos. El temeroso sonido de un picaporte se repitió, ahora más cercano. Escuchó, o imaginó, los pasos blandos y lentos, llevando los zapatos en la mano, cruzando el umbral de la puerta del cuarto. Quiso decir algo, pero las palabras se negaron a ser pronunciadas por su boca. Se sorprendió al comprobar que no lloraba. Pensó sin alegría que quizás esa fuera la señal de que, por fin, había empezado a transitar, sin violencia casi, con un algo parecido a un amargo sentimiento de triunfo, el camino del acostumbramiento.

sábado, 23 de junio de 2012

Historia sin final


Después de incontables horas de manejar a lo largo de la cinta monocorde de la ruta, entumecido y cansado, decidí parar para estirar las piernas y comer algo. Paré en un caserío que se orillaba sobre la carretera, ofreciendo, en descoloridos carteles escritos a tiza, diversos entremeses y platos típicos.
Cuando bajé del auto pude sentir el golpe del silencio cayendo como un mastodonte entre los arbustos. A mis espaldas, el asfalto parecía una inmensa boa dormida, desprovista de sentido ante la ausencia total de tránsito. Miré hacia la planicie, que se cernía amenazante sobre el grupo de casas mal ordenadas, y la soledad que me transmitió me resultó abrumadora. Ni el vuelo de un pájaro, ni un soplo de brisa. Incluso el sol y las nubes, colgantes e inmóviles sobre mi cabeza, parecían retener el aliento, expectantes ante vaya a saber uno que inminencia. Parecía como si, en algún giro inadvertido, hubiera llegado al mismísimo fin del mundo.
Abrí la puerta, temeroso, ante su aspecto, de que se desintegrara al contacto de mi mano.
El interior era oscuro, con un tufo rancio llenando el aire, sin importar hacia donde apuntara mi nariz.  El lugar estaba casi vacío. Tres mesas,  tan decrépitas como el resto del lugar, con cuatro sillas cada una, exhibían su aburrimiento sin disimulo. El único parroquiano era un viejo, que se doblaba sobre el mostrador bajo el peso de su borrachera, quien me recibió con un gesto de hostilidad poco entusiasta. Detrás del mostrador, un hombre grasiento se esmeraba en repasar unas copas absurdamente finas para el lugar.
Miré la vitrina. Unas empanadas arrugadas y pálidas competían en fealdad con una escuálida porción de pascualina, y algunos refuerzos de milanesa que dejaban asomar impúdicos retazos de lechuga ennegrecida.
-¿Qué se le ofrece?-profirió el anfitrión, sin detener su tarea,  maniobrando al mismo tiempo con un escarbadientes que le asomaba de la boca.
Mi apetito había disminuido dramáticamente desde el momento en que traspuse la puerta. Lo miré, dubitativo, y contesté:
-Un capuchino y …, por ahora eso.
Me acomodé en el mostrador, devolviéndole la mirada al borracho, que había trocado en su cara desconfianza por diversión, sin ningún motivo aparente. Me miraba y se reía, afirmando con la cabeza, dejando escapar entre los agujeros de los dientes una risa áspera y enigmática. Lo ignoré, cruzando los dedos de mis manos sobre el mostrador lleno de cicatrices. Un moscón revoloteaba  ruidosamente sobre la cabeza del barista.
Tomé el capuchino rápidamente. No estaba muy caliente, sin embargo esperaba algo peor. El patrón había vuelto a su tarea, ignorando por completo mi presencia. De pronto, el agudo sonido de un timbre rasgó el silencio. Miré hacia el lugar de donde venía el sonido. Un viejo teléfono, de los de antes, negro y gastado, me miró desde la jauría de ojos del disco de marcar. El hombre no se inmutó, parecía no escuchar el  sonido. Después de un minuto en esta situación, mis nervios comenzaron a crisparse. Le lancé la pregunta elevando mi voz por sobre el volumen del timbre.
-¿No piensa atender?
Me miró como a un insecto, con menos desaprobación que indiferencia.
-¿Para qué?
-¿Cómo para qué? ¿No quiere saber quien llama?
Detuvo el movimiento mecánico de sus manos, apoyando la copa en la mesada frente a él. Sin soltar el repasador, me contestó.
-Da lo mismo que conteste o no. ¿No se da cuenta de que el escritor no sabe para dónde llevar el cuento, y por eso crea estas situaciones dilatorias, elípticas, descripciones innecesarias, ralentiza la acción sin motivo? Déjelo que suene nomás.
-Pero entonces…
-Estamos inmovilizados acá. Usted seguirá siendo un forastero de paso, desconcertado e impaciente, yo seguiré repasando estas copas, éste sudando su borrachera. Hasta que al escritor se le ocurra cómo continuar la historia. Eso pasa cuando se empieza a escribir un relato sin tenerlo completo en la cabeza.
La última oración la dijo sacudiendo admonitoriamente el índice de una mano.
Miré el vaso, aun tibio sobre el mostrador, orlado de espuma en el borde. La risa turbia del borracho seguía cayendo en oleadas sobre mí. Volví a escuchar la voz cansina cruzando el mostrador.
-Estaremos así durante días o semanas, con suerte. Si no la hay, este instante te convertirá en eternidad, inmovilizado en una hoja de papel que tenderá a volverse amarillenta, yo repasando la misma copa, usted pensando en seguir su viaje, el sol sin decidirse a terminar de esconderse tras el horizonte. Véale el lado bueno, no seremos conscientes de estar atravesando la eternidad, para nosotros el tiempo infinito es un instante, el instante en que suena el teléfono, en que yo me esmero en sacarle las manchas de agua seca a la copa, en que usted se levanta y camina hacia la puerta.
Lo escuché con cortesía, molesto por el insistente  timbre que no paraba de sonar. Me levanté y caminé hacia la puerta, buscando la caja de cigarrillos en el bolsillo de mi camisa.
-Con suerte al autor se le ocurre un final disparatado- elevaba la voz a  medida que yo me alejaba-Un ovni aparece de repente y lo secuestra, llega el comisario y lo mete preso por un improbable delito. Hay que ser optimistas, aunque no tengamos motivo, sólo porque hay que serlo.
Abrí la puerta y me asomé al atardecer. Una brisa recién nacida jugaba con la tierra, levantando remolinos. Prendí el cigarro y me esforcé en asignarles formas a las nubes. Aspiré el humo con placer. No me preocupaban las palabras del tipo del bar. Después de todo, la vida  es sólo un cuento que va escribiéndose a sí mismo. 

domingo, 1 de abril de 2012

Paisaje de otoño

La abuela me miraba, hora tras hora, inmóvil, muda. La había sacado al patio para que sintiera en la piel la caricia del lánguido sol de marzo. Ella se dejó mojar por la cascada ambarina y sonrió, con una sonrisa hermosa como una promesa, vencida por el placer tibio. Yo la miré y no noté su sonrisa, o mejor dicho, no sentí nada al notarla. No era la abuela la que se deleitaba silenciosamente bajo el sol, no era nadie, no era nada. La odié en ese momento. Sentí el odio supurando en el pecho, creciendo más rápido que la mugre bajo mis uñas. Quise verla muerta, quise matarla allí mismo e irme corriendo, con las manos chorreando crimen. 
-Enzo, Enzo.
-¿Qué, abuela?
No me contestó. Nunca lo hacía. Sólo posó sus profundos ojos en mí, acusándome con su inocencia, redimiéndome sin saberlo, protegiéndome de los golpes de la desesperación.
Esa noche lloré, una vez más, agobiado por la culpa y el arrepentimiento. Sentado en mi cama, hundido en la oscuridad y la desolación, dejé drenar las lágrimas una por una, sembrando mi cara de pena, hasta quedar seco por dentro, abrigado tan solo por los primeros guiños de la mañana.
Me gustan los amaneceres del otoño, no tanto por el frescor que eriza la piel, sino por el abanico de colores que se extiende, perezoso, hasta saturar el aire. Por eso, y porque la abuela duerme hasta tarde, es que me levanto con el amanecer. Preparo el mate y salgo al porche a dejar que esos colores jueguen con mis poros. Hay días en que un cosquilleo me recorre el cuerpo, es la llamada del tiempo y de la vida, que piden ser pintados, que se acercan a mis pies con movimientos dóciles, urgiéndome. Entonces camino hasta el arroyo. A veces saco algunas fotos. El silencio se puebla de presentimientos que flotan como hebras de algodón. Tiro algunas piedras sobre la cinta serpenteante del agua. Aprecio el tintineo concéntrico, tan breve como misterioso. Voy a buscar papel y crayones, necesito traducir de alguna manera esa plenitud matinal que rompe con su espuma contra mi cuerpo. Quiero plasmarla, aunque sea imperfectamente. Hace tiempo que no me interesa el arte, sólo me interesa lo que el arte busca. Me interno en la mañana como un sabueso siguiendo ese rastro. El sol se desliza indolentemente en el tobogán del cielo. A media mañana tengo que parar, lamentándome, e iniciar la marcha hacia el pueblo para hacer las compras.
 Al volver, vi que la abuela estaba acompañada. Marina, enarbolando una sonrisa proporcional a su belleza, me miró acercarme. Sus ojos, apenas avejentados desde la última vez que la había visto, no eran menos bellos que la brisa que jugaba entre las hojas de los árboles. Pasé junto a ella acarreando las bolsas, sin saludarla. Me siguió hasta la cocina.
-Hola. ¿Podrías saludar por lo menos, no?
-¿Que hacés acá?
-Vine a ver cómo estás. Y a ver a la abuela.
-Estamos bien. Los dos.
Saqué una gallina de la heladera y empecé a trozarla. La voz de Marina me llegó entre los golpes de la cuchilla.
-¿No te parece que ya pasó bastante tiempo? Es hora de que vuelvas.
La miré para contestarle.
-Ella me necesita.
La cara de Marina se hinchó con una lástima mal disimulada.
-Excusas. Ella no tendría que estar acá. La podemos llevar a un lugar donde la cuiden bien. ¿Cuánto tarda una ambulancia en llegar hasta acá, si le pasa algo? ¿A cuántos quilómetros está el hospital más cercano?
-No la voy a internar. Primero muerto. ¿Entendés?
Le apunté con el cuchillo, pero eso no la amedrentó.
-Lo que pasó, pasó, Enzo, dejá de autoflagelarte. Volvé a la vida, a la vida real.
Sentí el impulso de atravesarle el cuello con la cuchilla. En mi mente vi los chorros de sangre coloreando la hoja, haciendo dibujos furiosos en el acero. En lugar de eso escupí una carcajada.
-¿La vida? Mi vida está acá, esta es mi vida.
-La estás desperdiciando Enzo, estás desperdiciando tu talento. ¿Ya no pintás?
-Sí, pinto y llevo a vender a la feria. Con eso y con la jubilación de la abuela nos arreglamos.
-¿En la feria? ¡Tus cuadros se vendían a millones!
Dejé de mirarla, la conversación había empezado a aburrirme.
-Gracias por venir. Andá a pasar un rato con la abuela, debe estar contenta de verte.
Pude sentir su tristeza en el silencio.
Terminé el guiso y tapé la olla, dejándolo reposar.
Fui hasta la alacena y abrí la puerta. La botella de vino me miró, incitándome, como todos los días desde hacía dos años. Tardé unos segundos en recobrar el control de la respiración.
Cuando salí vi a Marina hablando por teléfono a lo lejos. La abuela estaba sola, acompañada por el calor atenuado de marzo, por el vuelo de los pájaros, por el crujido imperceptible de la vida que se extendía más allá de la arboleda.
 En sus ojos sin tiempo se reflejaba mi miseria. Tendió sus manos hacia mi. Las tomé, sintiendo su fragilidad, también su tibieza. Me senté en la mecedora enfrentando a la tarde. Estaba solo, y nada podía ser mejor.

jueves, 23 de febrero de 2012

Como patada de chancho

Salí a tomar sol, pero él terminó tomándome a mi.


Vi una luz al fondo del túnel. Cuando recibí la palmada quise volver a él, pero era tarde, el hospedaje era sólo por nueve meses.


Tanto va el cántaro a la fuente que al final la vacía.


El saber no ocupa lugar, por eso es bueno llevarlo cuando te vas de viaje.


Siempre que llovió alguien se mojó.


Hacen una buena pareja, la vanidad de él termina donde empieza la frivolidad de ella.


Se desató un incendio de proporciones. De proporciones microscópicas.


Se hizo rico al descubrir un tónico contra la caída de las hojas del almanaque.


El perro es el mejor amigo del hombre. Claro, porque no lo contradice.


Se perdió en una espiral de sexo, drogas y excesos. Y no dejó ni un cartel ni nada para que pudiéramos seguirlo, el muy maldito.


Dicen que soy feo, pero es mentira, y tengo a mi madre de testigo.


Lo que más me gusta en una mujer es la inteligencia. Noventa y cinco o más de talle, digo, de coeficiente intelectual.


El afroamericano, el hombre con capacidades diferentes y el adulto mayor se encontraron en el callejón.  Estoy siendo discriminatorio, debí decir se encontraron en la avenida austera.


Le gustaba tanto, tanto, que  nunca intentó seducirla; no hubiera soportado verla junto a un cretino como él.


No es cierto que los políticos sean como las ratas. Las ratas no piden que las voten.


Era tan buen político que él mismo se había convencido de su honestidad.


Dicen que Dios existe. También dicen que el 79 pasa los domingos de noche.


Defenderemos la democracia a cualquier precio, aunque tengamos que destruirla en el intento. 
 

martes, 21 de febrero de 2012

La burla

La mañana había transcurrido chata y relativamente silenciosa, como todas las de esa semana. Gerard miró la hora. La una de la tarde. Como por reflejo, empezó a sentir hambre. Miró hacia la mochila, recordando que tenía una vianda. Tenía que esperar un poco para poder comer tranquilo. De la calle llegó, rasgando el silencio groseramente, el chirrido de las gomas de un auto. Tomó el fusil y se puso en posición, buscando al objetivo con la mira. Moviéndose en zig zag desde el sector musulmán, a unos cuatrocientos metros de su ubicación, un taxi se había lanzado a toda velocidad intentando cruzar la Línea Verde. En pocos segundos estaría fuera de su alcance. Se escuchó un disparo y el parabrisas estalló. El auto siguió rodando unos metros antes de chocar contra un cantero, para terminar volcando. Gerard esperó, destilando paciencia. De la ventanilla trasera surgió un pasajero, que se irguió con las manos arriba. Gerard volvió a acariciar el gatillo. Ni bien el cuerpo se desplomó Gerard empezó a recoger sus cosas  y se fue lo más rápido que pudo. Era un buen francotirador, de los mejores de Beirut, sabía cómo permanecer invisible al enemigo enfrente mismo de sus narices. Aun así, al disparar se volvía inevitablemente vulnerable. El fogonazo, el ruido, el humo del disparo lo delataban, por lo cual debía cambiar de posición después de disparar.
-¡Bien hecho, cazador, doblete!- dijo una voz en la radio.
La tarde era siempre más tranquila. El sol daba de frente, los francotiradores del lado cristiano quedaban expuestos, debían esconderse y esperar agazapados. Al mismo tiempo, sus colegas musulmanes entraban en acción, cobijados por las sombras. El sol se mostraba así imparcial ante los combatientes, ayudando a Dios por la mañana y a Alá cuando llegaba la tarde. Sin embargo, había que permanecer alerta, siempre podía aparecer una presa. Gerard intentaba sintonizar algo en su pequeña radio portátil, buscando combatir el aburrimiento. A lo lejos se escuchaban detonaciones. Tuvo que interrumpir lo que estaba haciendo al escuchar el llamado.
-Atento Cazador, atento Cazador.
-Aquí Cazador, escucho.
-Perdón si te desperté de la siesta. No faltes esta noche al club, Parece que Bianca va a llevar unas amigas.
-Bueno entonces vas a tener que bañarte, espero que no te mueras de la impresión.
-Que gracioso. Nos vemos ahí.
Miró hacia la tarde que se movía plácidamente sobre la calle desierta. El familiar paisaje de cráteres, vehículos incendiados, escombros, se extendía frente a él. La mancha multicolor de un cadáver que aún no había sido retirado era la única anomalía. De pronto, sintió que la piel se le erizaba. A lo lejos, casi en el límite de su alcance, algo se movió. Apoyó el fusil y buscó el objetivo. A esa distancia sólo veía una silueta, podía ser hombre, mujer, joven o viejo. Disparó, sintiendo el golpe del retroceso contra el almohadón que le protegía el pecho. La silueta se detuvo un instante. Había fallado. Escuchó un ¡Olé!, y una carcajada. Furioso por la burla, volvió a tirar, pero el objetivo ya estaba lejos de su furia.
Cuando escuchó el ruido de los tiros, las balas ya habían pasado a centímetros de su cabeza. Se arrastró, juntó sus cosas, y corrió. Corrió hasta estar lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo. La gente pasaba a su lado con las bolsas de las compras, bajando la vista para evitar mirarlo.Cuando recobró el aliento miró la hora. Las siete y media, su turno había terminado.

Se duchó rápidamente, soportando los reproches de su madre por salir sin cenar.
-Como algo por ahí mamá, no te preocupes.
-Vivís comiendo porquerías, así vas a enfermarte, no puede ser.
-No seas exagerada, no me va a pasar nada por cenar afuera un día. Llego tarde, no me esperes.

-Miren quien llegó. Vas a tener que pagar la vuelta por ser el último.
-¿Y cuándo no  pagué la vuelta, siendo el primero o el último? Otros no pueden decir lo mismo.
A Gerard le gustaban los viernes. Era día de cobro, de salir con amigos, de emborracharse, de olvidar.
-Gerard, te presento a Justine y a Michelle. Chicas, él es Gerard.
La rubia era muy linda, el tipo de mujer que llamaba la atención inmediatamente. Alta, delgada, de ojos claros y alegres. Pero la amiga, Justine, fue la que más le gustó. Piel aceitunada, boca carnosa, mirada profunda, perfume a misterio y a promesa.
La conversación se animó, la cerveza corrió, las risas aumentaron su frecuencia y su volumen. Gerard invitó a bailar a Justine. Ella lo siguió con una sonrisa prendida de la boca. La vida era hermosa.

En la mañana, al ir a retirar las municiones, le dieron las novedades.
-Se rompió la tregua. Hay que tirarle a todo lo que se mueva.
Una tregua rota, qué novedad. Probablemente se declarara otra en la tarde. Nunca se sabía, esas cosas se decidían muy lejos del alcance de Gerard. El sólo cumplía órdenes. Si había que tirar tiraba.
A media mañana, mientras hacia guardia desde la ventana de un edificio abandonado, llegó Philip.
-¿Cómo va Cazador?
-Hola amigo. ¿Andás bien?
-Bien, deseando matar musulmanes. ¿Cuándo me vas a dejar tirar?
-Ya te va a llegar la hora, no seas impaciente. Hay galletas en mi mochila si querés.
Philip hurgó en la mochila unos segundos, y Gerard pudo ver cómo se le iluminaba la cara al encontrar las galletas. De chocolate, sus favoritas. Era una de las pocas ocasiones en que Philip demostraba los diez años que tenía. Sus padres habían muerto en un bombardeo, y, a pesar de que unos familiares se habían hecho cargo de él, pasaba casi todo el día en la calle. Para Gerard era una compañía que atenuaba la soledad de sus largas jornadas. Le gustaba hacerlo rabiar diciéndole que era muy chico para participar en la guerra, pero al mismo tiempo disfrutaba contándole sus experiencias y se admiraba de su entusiasmo. Le había enseñado a desarmar, aceitar, armar y cargar el AK-47. Ahora el niño lo hacía sin titubear, como un verdadero profesional. En poco tiempo estaría listo para entrar en la milicia.
-¿Esto está muy tranquilo, no?- Philip se asomó por el hueco de la ventana, curioseando, esperando ver un enemigo.
Gerard lo metíó violentamente tirándolo de un brazo. Le pegó un coscorrón en la cabeza mientras lo retaba.
-¡Si querés que te maten es tu problema, pero a mí no me van a matar por tu culpa, pendejo de mierda!¿Cuántas veces te he dicho que hay que estar oculto? Ahora voy a tener que cambiar de posición por tu estupidez.
Philip se alejó unos pasos, con la cara roja y congestionada.
-¡A mi no me toques, cagón! Yo no les tengo miedo a esos monos.
Gerard escuchó la detonación y antes de entender que estaba pasando vio al niño doblarse. Se tiró al piso, arrastrándose en dirección a un rincón alejado de la ventana.
Miró al niño, que le devolvía una mirada impregnada de miedo y sorpresa. Una mancha roja empezaba a extenderse por su camisa.
-Vámonos de acá, rápido.
Recogió el fusil, la ametralladora y la mochila. El niño no se movía, mirándolo con extrañeza.
-¡Apurate carajo, andate ya!
Cuando dejaron el edificio, Gerard miró a Philip, hablándole con la mayor calma de la que fue capaz.
-Tenés que ir al hospital. Yo no puedo acompañarte. Andá rápido. ¿Sabés dónde es?
-Si. ¿Me voy a morir?
Gerard sintió un nudo en la garganta, respiró hondo antes de contestar.
-No, pero tenés que ir ahora, ya, dale.
Philip se puso en marcha, sosteniéndose el estómago, crispando la cara a cada paso por el dolor.
Cuando se había alejado unos metros se dio vuelta.
-Perdoname.
Por primera vez Gerard vio el miedo estampado en la cara del niño.
-Está bien, te va a servir de lección para la próxima. Dale, anda.
Encontró otro lugar adecuado para apostarse. Un viejo edificio bombardeado, el esqueleto de un edificio en realidad, ruinoso, vacío, con muchos recovecos donde esconderse.No podía dejar de pensar en Philip.  Estaba acostumbrado a la muerte, había visto morir mucha gente en Beirut, había sabido de muchos otros, había perdido amigos, familiares, había tenido que matar a gente a la que antes saludaba, sólo porque adoraban a otro dios. Estaba curtido e insensibilizado, pero la mirada aterrorizada de su amigo había logrado conmoverlo. Enfocó su odio en el otro lado de la calle. Gerard recordaba una época diferente, en que nadie le preguntaba al otro su religión o simpatía política. Los niños jugaban, iban  y venían sin restricciones entre los barrios cristianos y musulmanes. Su mejor amigo, Ahmed, era musulmán. Cuando empezaron los tiroteos estuvieron días sin verse, los padres no los dejaban salir de la casa. Nadie pensaba en una guerra civil, todos decían que esa locura iba a detenerse en algún momento. Después, poco a poco, empezaron los traslados. Los cristianos al este, los musulmanes del otro lado. Ahmed y su familia se fueron, no volvió a verlo. Probablemente estuviera enfrente, con su fusil, esperando. Probabemente fuera él quien había disparado contra Philip. Gerard se había planteado muchas veces que haría si un día tuviera en la mira a Ahmed o a alguno de sus familiares. Estaba seguro de que dispararía. "Son ellos o nosotros", le habían dicho en la milicia, una y otra vez, cientos, miles de veces, hasta lograr convencerlo de que no había una verdad superior a esa, más clara ni más evidente. De pronto, como una súbita materialización de su deseo de venganza, apareció alguien enfrente, en diagonal a su posición, cruzando un baldío. Apuntó con la imagen de Philip aún nublándole la mente. Disparó. Pudo ver cómo la tierra se levantaba a pocos centímetros de los pies del hombre. La víctima buscó refugio tras un muro. Otra vez debíó soportar la humillación del ¡Olé! alcanzándolo, seguido de la risa amplia, rotunda en su burla, inevitable. Otra vez, dos días seguidos burlado por el mismo hijo de puta. Gerard apretó los dientes, intentando atravesar los muros con su mirada. Demasiado lejos para su ametralladora, tendría que ser paciente, esperar, con el fusil amartillado, listo para disparar ante el menor movimiento. Pasaron los minutos, la tensión se fue agotando, finalmente debió resignarse a que había perdido su presa.
Al terminar el turno fue hasta el hospital. Philip estaba internado. Había perdido mucha sangre, y había soportado una operación de varias horas. Quiso preguntar más, pero los familiares, mirándolo con hostilidad, le exigieron que se fuera. Gerard los miró sin disimular su desprecio. Como tantos otros, temían y odiaban a los milicianos, a quienes culpaban por la guerra. Para Gerard eran sólo unos hipócritas. Sin decir nada más, se dio vuelta y se fue.
Entró al bar yendo directo hacia la barra, buscando aplacar los nervios del día en un vaso de alcohol. Francois y Marcel, dos colegas, estaban ahí.
-Cazador, que bueno verte por acá. ¿Qué se cuenta?
-Vine a tomarme una, no tuve mi mejor día.
Los otros se miraron, intercambiando sonrisas socarronas.
-Si, parece que hay alguien que te tiene a maltraer.
Intentó disimular el fastidio, haciendo como que miraba a la gente que conversaba en las mesas.
-Las noticias viajan rápido en Beirut.
Las risas le cayeron mal, instalándolo en una incomodidad de la que no pudo salir en el resto de la noche.

El cielo había amanecido malhumorado, cerniéndose desganado sobre las terrazas de los edificios, gris y hostil. Las calles se presentaban húmedas y resbalosas. Gerard se movía sin prisa, calculando distancias, midiendo ángulos mentalmente, observando alturas. Decidió buscar un lugar directamente sobre la Línea Verde. Sabía que era una imprudencia, el riesgo de ser localizado era inversamente proporcional a la distancia, por lo general los francotiradores buscaban apostarse en calles laterales, oblicuos a la calle, por lo menos a trescientos metros de las líneas enemigas. Pero no podía permitirse más fallos, más que nunca debía estar alerta, golpear y huir, no dejarles lugar a la respuesta, porque de no ser así terminaría muerto.
Encontró un lugar a ras del piso, una casa abandonada, llena de agujeros y recovecos donde esconderse, con una puerta trasera muy conveniente para el caso de una huida necesaria, y un muro semiderruido delante que le serviría de escudo. Buscó una ubicación cómoda, provisto con abundancia de la mayor virtud de un buen francotirador: la paciencia.
Nada se movía sobre la Línea Verde, lo que una vez había sido una avenida vivaz y luminosa en la que dos comunidades se mezclaban, paseaban, reían, ahora era un páramo siniestro, una sucursal del infierno que aquellos que se atrevían a intentar cruzar terminaban abonando con su sangre. Los francotiradores eran los guardias de esa frontera, los encargados de mantener a los dos pueblos aislados, incomunicados, revueltos en el odio a los que estaban más allá.
Un calor sofocante empezó a brotar de las piedras inertes y del polvo, bañando la mañana y lamiendo los escaparates muertos de los comercios. Enfocó la vigilancia en la zona donde había aparecido el responsable de su humillación los dos días anteriores.  El silencio de la zona muerta era interrumpido por disparos aislados de vez en cuando, e incluso por alguna explosión. La guerra parecía dormir, inofensiva y ajena, pero siempre estaba ahí, acechante, sedienta, inmune al miedo y al dolor de sus víctimas.
Pasaron las horas y su espera se volvió resignación. Nada se movía del otro lado, ni siquiera un perro callejero alteraba la monotonía. Gerard se metió en la boca un chicle, masticándolo con violencia en un intento de reducir la tensión que se le desgranaba por el cuerpo. Finalmente su paciencia se vio recompensada. Doblando una esquina, a pocos metros de donde lo había visto el día previo, apareció la presa. Lo siguió en silencio unos segundos. No podía estar seguro de que fuera el mismo, pero el gesto de despreocupación, el andar dominguero, el pasto que le bailaba en la boca lo convertían en un loco como los que no quedaban muchos vivos en esa época. Esta vez no se le iba a escapar, nunca había errado un tiro a esa distancia. Quiso tirarle, pero sintió la necesidad de que se diera cuenta, antes de morir, de dónde había venido el disparo. No sabía porqué, pero lo sentía como un asunto personal. 
-¡Te llegó la hora hijo de puta!
El otro quedó parado con la boca abierta,  mirando hacia enfrente con el pasto colgando de una comisura. Gerard apretó el gatillo y lo vio desplomarse como un monigote. De pronto, la bestia despertó, las balas empezaron a silbar y a rebotar a su alrededor. Corrió con desesperacíón escuchando el tableteo de la muerte en sus talones. Un silbido penetrante lo envolvió, y la explosión lo hizo rebotar con violencia contra una columna. Se incorporó, ignorando el dolor y el aturdimiento. Se arrastró como pudo hasta la Kalachnikov, pero cuando quiso empuñarla vio que le faltaba la mitad de la mano derecha, sólo le quedaban el pulgar y el índice, el resto era una amasijo de sangre y carne viva. Levantó la vista, un miliciano le apuntaba con un lanzacohetes, preparando un segundo disparo. Se sintió inerme. Absurdamente pensó en que llegaría tarde para cenar con su madre. Vio ante sus ojos la boca tibia, recién descubierta, de Justine. El miliciano sacudió la cabeza, como saludándolo antes de apretar el gatillo, y se desmoronó. Alguien de su lado lo estaba ayudando. Tomó la metralleta con la mano izquierda y disparó sin apuntar. Corrió perdiendo la noción del tiempo. De su boca brotaban insultos mezclados con gritos  de rabia. Un falangista corrió a su encuentro, abrazándolo para calmarlo.
-Estás loco muchacho, no vas a durar mucho así.
-¡Maté a ese hijo de puta,con el Cazador nadie jode!
El  miliciano lo miró. Gerard apretaba el muñón contra el pecho, intentando parar la hemorragia.
-Vamos a curarte, vení conmigo.
Gerard caminó sin saber que estaba haciendo o a dónde estaba yendo. Se dio cuenta de que lloraba y sintió vergüenza. Pensó en su madre. Se iba a poner como loca cuando se enterara.
Por otra parte, unos días de vacaciones no iban a venirle mal.