sábado, 23 de junio de 2012

Historia sin final


Después de incontables horas de manejar a lo largo de la cinta monocorde de la ruta, entumecido y cansado, decidí parar para estirar las piernas y comer algo. Paré en un caserío que se orillaba sobre la carretera, ofreciendo, en descoloridos carteles escritos a tiza, diversos entremeses y platos típicos.
Cuando bajé del auto pude sentir el golpe del silencio cayendo como un mastodonte entre los arbustos. A mis espaldas, el asfalto parecía una inmensa boa dormida, desprovista de sentido ante la ausencia total de tránsito. Miré hacia la planicie, que se cernía amenazante sobre el grupo de casas mal ordenadas, y la soledad que me transmitió me resultó abrumadora. Ni el vuelo de un pájaro, ni un soplo de brisa. Incluso el sol y las nubes, colgantes e inmóviles sobre mi cabeza, parecían retener el aliento, expectantes ante vaya a saber uno que inminencia. Parecía como si, en algún giro inadvertido, hubiera llegado al mismísimo fin del mundo.
Abrí la puerta, temeroso, ante su aspecto, de que se desintegrara al contacto de mi mano.
El interior era oscuro, con un tufo rancio llenando el aire, sin importar hacia donde apuntara mi nariz.  El lugar estaba casi vacío. Tres mesas,  tan decrépitas como el resto del lugar, con cuatro sillas cada una, exhibían su aburrimiento sin disimulo. El único parroquiano era un viejo, que se doblaba sobre el mostrador bajo el peso de su borrachera, quien me recibió con un gesto de hostilidad poco entusiasta. Detrás del mostrador, un hombre grasiento se esmeraba en repasar unas copas absurdamente finas para el lugar.
Miré la vitrina. Unas empanadas arrugadas y pálidas competían en fealdad con una escuálida porción de pascualina, y algunos refuerzos de milanesa que dejaban asomar impúdicos retazos de lechuga ennegrecida.
-¿Qué se le ofrece?-profirió el anfitrión, sin detener su tarea,  maniobrando al mismo tiempo con un escarbadientes que le asomaba de la boca.
Mi apetito había disminuido dramáticamente desde el momento en que traspuse la puerta. Lo miré, dubitativo, y contesté:
-Un capuchino y …, por ahora eso.
Me acomodé en el mostrador, devolviéndole la mirada al borracho, que había trocado en su cara desconfianza por diversión, sin ningún motivo aparente. Me miraba y se reía, afirmando con la cabeza, dejando escapar entre los agujeros de los dientes una risa áspera y enigmática. Lo ignoré, cruzando los dedos de mis manos sobre el mostrador lleno de cicatrices. Un moscón revoloteaba  ruidosamente sobre la cabeza del barista.
Tomé el capuchino rápidamente. No estaba muy caliente, sin embargo esperaba algo peor. El patrón había vuelto a su tarea, ignorando por completo mi presencia. De pronto, el agudo sonido de un timbre rasgó el silencio. Miré hacia el lugar de donde venía el sonido. Un viejo teléfono, de los de antes, negro y gastado, me miró desde la jauría de ojos del disco de marcar. El hombre no se inmutó, parecía no escuchar el  sonido. Después de un minuto en esta situación, mis nervios comenzaron a crisparse. Le lancé la pregunta elevando mi voz por sobre el volumen del timbre.
-¿No piensa atender?
Me miró como a un insecto, con menos desaprobación que indiferencia.
-¿Para qué?
-¿Cómo para qué? ¿No quiere saber quien llama?
Detuvo el movimiento mecánico de sus manos, apoyando la copa en la mesada frente a él. Sin soltar el repasador, me contestó.
-Da lo mismo que conteste o no. ¿No se da cuenta de que el escritor no sabe para dónde llevar el cuento, y por eso crea estas situaciones dilatorias, elípticas, descripciones innecesarias, ralentiza la acción sin motivo? Déjelo que suene nomás.
-Pero entonces…
-Estamos inmovilizados acá. Usted seguirá siendo un forastero de paso, desconcertado e impaciente, yo seguiré repasando estas copas, éste sudando su borrachera. Hasta que al escritor se le ocurra cómo continuar la historia. Eso pasa cuando se empieza a escribir un relato sin tenerlo completo en la cabeza.
La última oración la dijo sacudiendo admonitoriamente el índice de una mano.
Miré el vaso, aun tibio sobre el mostrador, orlado de espuma en el borde. La risa turbia del borracho seguía cayendo en oleadas sobre mí. Volví a escuchar la voz cansina cruzando el mostrador.
-Estaremos así durante días o semanas, con suerte. Si no la hay, este instante te convertirá en eternidad, inmovilizado en una hoja de papel que tenderá a volverse amarillenta, yo repasando la misma copa, usted pensando en seguir su viaje, el sol sin decidirse a terminar de esconderse tras el horizonte. Véale el lado bueno, no seremos conscientes de estar atravesando la eternidad, para nosotros el tiempo infinito es un instante, el instante en que suena el teléfono, en que yo me esmero en sacarle las manchas de agua seca a la copa, en que usted se levanta y camina hacia la puerta.
Lo escuché con cortesía, molesto por el insistente  timbre que no paraba de sonar. Me levanté y caminé hacia la puerta, buscando la caja de cigarrillos en el bolsillo de mi camisa.
-Con suerte al autor se le ocurre un final disparatado- elevaba la voz a  medida que yo me alejaba-Un ovni aparece de repente y lo secuestra, llega el comisario y lo mete preso por un improbable delito. Hay que ser optimistas, aunque no tengamos motivo, sólo porque hay que serlo.
Abrí la puerta y me asomé al atardecer. Una brisa recién nacida jugaba con la tierra, levantando remolinos. Prendí el cigarro y me esforcé en asignarles formas a las nubes. Aspiré el humo con placer. No me preocupaban las palabras del tipo del bar. Después de todo, la vida  es sólo un cuento que va escribiéndose a sí mismo. 

domingo, 1 de abril de 2012

Paisaje de otoño

La abuela me miraba, hora tras hora, inmóvil, muda. La había sacado al patio para que sintiera en la piel la caricia del lánguido sol de marzo. Ella se dejó mojar por la cascada ambarina y sonrió, con una sonrisa hermosa como una promesa, vencida por el placer tibio. Yo la miré y no noté su sonrisa, o mejor dicho, no sentí nada al notarla. No era la abuela la que se deleitaba silenciosamente bajo el sol, no era nadie, no era nada. La odié en ese momento. Sentí el odio supurando en el pecho, creciendo más rápido que la mugre bajo mis uñas. Quise verla muerta, quise matarla allí mismo e irme corriendo, con las manos chorreando crimen. 
-Enzo, Enzo.
-¿Qué, abuela?
No me contestó. Nunca lo hacía. Sólo posó sus profundos ojos en mí, acusándome con su inocencia, redimiéndome sin saberlo, protegiéndome de los golpes de la desesperación.
Esa noche lloré, una vez más, agobiado por la culpa y el arrepentimiento. Sentado en mi cama, hundido en la oscuridad y la desolación, dejé drenar las lágrimas una por una, sembrando mi cara de pena, hasta quedar seco por dentro, abrigado tan solo por los primeros guiños de la mañana.
Me gustan los amaneceres del otoño, no tanto por el frescor que eriza la piel, sino por el abanico de colores que se extiende, perezoso, hasta saturar el aire. Por eso, y porque la abuela duerme hasta tarde, es que me levanto con el amanecer. Preparo el mate y salgo al porche a dejar que esos colores jueguen con mis poros. Hay días en que un cosquilleo me recorre el cuerpo, es la llamada del tiempo y de la vida, que piden ser pintados, que se acercan a mis pies con movimientos dóciles, urgiéndome. Entonces camino hasta el arroyo. A veces saco algunas fotos. El silencio se puebla de presentimientos que flotan como hebras de algodón. Tiro algunas piedras sobre la cinta serpenteante del agua. Aprecio el tintineo concéntrico, tan breve como misterioso. Voy a buscar papel y crayones, necesito traducir de alguna manera esa plenitud matinal que rompe con su espuma contra mi cuerpo. Quiero plasmarla, aunque sea imperfectamente. Hace tiempo que no me interesa el arte, sólo me interesa lo que el arte busca. Me interno en la mañana como un sabueso siguiendo ese rastro. El sol se desliza indolentemente en el tobogán del cielo. A media mañana tengo que parar, lamentándome, e iniciar la marcha hacia el pueblo para hacer las compras.
 Al volver, vi que la abuela estaba acompañada. Marina, enarbolando una sonrisa proporcional a su belleza, me miró acercarme. Sus ojos, apenas avejentados desde la última vez que la había visto, no eran menos bellos que la brisa que jugaba entre las hojas de los árboles. Pasé junto a ella acarreando las bolsas, sin saludarla. Me siguió hasta la cocina.
-Hola. ¿Podrías saludar por lo menos, no?
-¿Que hacés acá?
-Vine a ver cómo estás. Y a ver a la abuela.
-Estamos bien. Los dos.
Saqué una gallina de la heladera y empecé a trozarla. La voz de Marina me llegó entre los golpes de la cuchilla.
-¿No te parece que ya pasó bastante tiempo? Es hora de que vuelvas.
La miré para contestarle.
-Ella me necesita.
La cara de Marina se hinchó con una lástima mal disimulada.
-Excusas. Ella no tendría que estar acá. La podemos llevar a un lugar donde la cuiden bien. ¿Cuánto tarda una ambulancia en llegar hasta acá, si le pasa algo? ¿A cuántos quilómetros está el hospital más cercano?
-No la voy a internar. Primero muerto. ¿Entendés?
Le apunté con el cuchillo, pero eso no la amedrentó.
-Lo que pasó, pasó, Enzo, dejá de autoflagelarte. Volvé a la vida, a la vida real.
Sentí el impulso de atravesarle el cuello con la cuchilla. En mi mente vi los chorros de sangre coloreando la hoja, haciendo dibujos furiosos en el acero. En lugar de eso escupí una carcajada.
-¿La vida? Mi vida está acá, esta es mi vida.
-La estás desperdiciando Enzo, estás desperdiciando tu talento. ¿Ya no pintás?
-Sí, pinto y llevo a vender a la feria. Con eso y con la jubilación de la abuela nos arreglamos.
-¿En la feria? ¡Tus cuadros se vendían a millones!
Dejé de mirarla, la conversación había empezado a aburrirme.
-Gracias por venir. Andá a pasar un rato con la abuela, debe estar contenta de verte.
Pude sentir su tristeza en el silencio.
Terminé el guiso y tapé la olla, dejándolo reposar.
Fui hasta la alacena y abrí la puerta. La botella de vino me miró, incitándome, como todos los días desde hacía dos años. Tardé unos segundos en recobrar el control de la respiración.
Cuando salí vi a Marina hablando por teléfono a lo lejos. La abuela estaba sola, acompañada por el calor atenuado de marzo, por el vuelo de los pájaros, por el crujido imperceptible de la vida que se extendía más allá de la arboleda.
 En sus ojos sin tiempo se reflejaba mi miseria. Tendió sus manos hacia mi. Las tomé, sintiendo su fragilidad, también su tibieza. Me senté en la mecedora enfrentando a la tarde. Estaba solo, y nada podía ser mejor.

jueves, 23 de febrero de 2012

Como patada de chancho

Salí a tomar sol, pero él terminó tomándome a mi.


Vi una luz al fondo del túnel. Cuando recibí la palmada quise volver a él, pero era tarde, el hospedaje era sólo por nueve meses.


Tanto va el cántaro a la fuente que al final la vacía.


El saber no ocupa lugar, por eso es bueno llevarlo cuando te vas de viaje.


Siempre que llovió alguien se mojó.


Hacen una buena pareja, la vanidad de él termina donde empieza la frivolidad de ella.


Se desató un incendio de proporciones. De proporciones microscópicas.


Se hizo rico al descubrir un tónico contra la caída de las hojas del almanaque.


El perro es el mejor amigo del hombre. Claro, porque no lo contradice.


Se perdió en una espiral de sexo, drogas y excesos. Y no dejó ni un cartel ni nada para que pudiéramos seguirlo, el muy maldito.


Dicen que soy feo, pero es mentira, y tengo a mi madre de testigo.


Lo que más me gusta en una mujer es la inteligencia. Noventa y cinco o más de talle, digo, de coeficiente intelectual.


El afroamericano, el hombre con capacidades diferentes y el adulto mayor se encontraron en el callejón.  Estoy siendo discriminatorio, debí decir se encontraron en la avenida austera.


Le gustaba tanto, tanto, que  nunca intentó seducirla; no hubiera soportado verla junto a un cretino como él.


No es cierto que los políticos sean como las ratas. Las ratas no piden que las voten.


Era tan buen político que él mismo se había convencido de su honestidad.


Dicen que Dios existe. También dicen que el 79 pasa los domingos de noche.


Defenderemos la democracia a cualquier precio, aunque tengamos que destruirla en el intento. 
 

martes, 21 de febrero de 2012

La burla

La mañana había transcurrido chata y relativamente silenciosa, como todas las de esa semana. Gerard miró la hora. La una de la tarde. Como por reflejo, empezó a sentir hambre. Miró hacia la mochila, recordando que tenía una vianda. Tenía que esperar un poco para poder comer tranquilo. De la calle llegó, rasgando el silencio groseramente, el chirrido de las gomas de un auto. Tomó el fusil y se puso en posición, buscando al objetivo con la mira. Moviéndose en zig zag desde el sector musulmán, a unos cuatrocientos metros de su ubicación, un taxi se había lanzado a toda velocidad intentando cruzar la Línea Verde. En pocos segundos estaría fuera de su alcance. Se escuchó un disparo y el parabrisas estalló. El auto siguió rodando unos metros antes de chocar contra un cantero, para terminar volcando. Gerard esperó, destilando paciencia. De la ventanilla trasera surgió un pasajero, que se irguió con las manos arriba. Gerard volvió a acariciar el gatillo. Ni bien el cuerpo se desplomó Gerard empezó a recoger sus cosas  y se fue lo más rápido que pudo. Era un buen francotirador, de los mejores de Beirut, sabía cómo permanecer invisible al enemigo enfrente mismo de sus narices. Aun así, al disparar se volvía inevitablemente vulnerable. El fogonazo, el ruido, el humo del disparo lo delataban, por lo cual debía cambiar de posición después de disparar.
-¡Bien hecho, cazador, doblete!- dijo una voz en la radio.
La tarde era siempre más tranquila. El sol daba de frente, los francotiradores del lado cristiano quedaban expuestos, debían esconderse y esperar agazapados. Al mismo tiempo, sus colegas musulmanes entraban en acción, cobijados por las sombras. El sol se mostraba así imparcial ante los combatientes, ayudando a Dios por la mañana y a Alá cuando llegaba la tarde. Sin embargo, había que permanecer alerta, siempre podía aparecer una presa. Gerard intentaba sintonizar algo en su pequeña radio portátil, buscando combatir el aburrimiento. A lo lejos se escuchaban detonaciones. Tuvo que interrumpir lo que estaba haciendo al escuchar el llamado.
-Atento Cazador, atento Cazador.
-Aquí Cazador, escucho.
-Perdón si te desperté de la siesta. No faltes esta noche al club, Parece que Bianca va a llevar unas amigas.
-Bueno entonces vas a tener que bañarte, espero que no te mueras de la impresión.
-Que gracioso. Nos vemos ahí.
Miró hacia la tarde que se movía plácidamente sobre la calle desierta. El familiar paisaje de cráteres, vehículos incendiados, escombros, se extendía frente a él. La mancha multicolor de un cadáver que aún no había sido retirado era la única anomalía. De pronto, sintió que la piel se le erizaba. A lo lejos, casi en el límite de su alcance, algo se movió. Apoyó el fusil y buscó el objetivo. A esa distancia sólo veía una silueta, podía ser hombre, mujer, joven o viejo. Disparó, sintiendo el golpe del retroceso contra el almohadón que le protegía el pecho. La silueta se detuvo un instante. Había fallado. Escuchó un ¡Olé!, y una carcajada. Furioso por la burla, volvió a tirar, pero el objetivo ya estaba lejos de su furia.
Cuando escuchó el ruido de los tiros, las balas ya habían pasado a centímetros de su cabeza. Se arrastró, juntó sus cosas, y corrió. Corrió hasta estar lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo. La gente pasaba a su lado con las bolsas de las compras, bajando la vista para evitar mirarlo.Cuando recobró el aliento miró la hora. Las siete y media, su turno había terminado.

Se duchó rápidamente, soportando los reproches de su madre por salir sin cenar.
-Como algo por ahí mamá, no te preocupes.
-Vivís comiendo porquerías, así vas a enfermarte, no puede ser.
-No seas exagerada, no me va a pasar nada por cenar afuera un día. Llego tarde, no me esperes.

-Miren quien llegó. Vas a tener que pagar la vuelta por ser el último.
-¿Y cuándo no  pagué la vuelta, siendo el primero o el último? Otros no pueden decir lo mismo.
A Gerard le gustaban los viernes. Era día de cobro, de salir con amigos, de emborracharse, de olvidar.
-Gerard, te presento a Justine y a Michelle. Chicas, él es Gerard.
La rubia era muy linda, el tipo de mujer que llamaba la atención inmediatamente. Alta, delgada, de ojos claros y alegres. Pero la amiga, Justine, fue la que más le gustó. Piel aceitunada, boca carnosa, mirada profunda, perfume a misterio y a promesa.
La conversación se animó, la cerveza corrió, las risas aumentaron su frecuencia y su volumen. Gerard invitó a bailar a Justine. Ella lo siguió con una sonrisa prendida de la boca. La vida era hermosa.

En la mañana, al ir a retirar las municiones, le dieron las novedades.
-Se rompió la tregua. Hay que tirarle a todo lo que se mueva.
Una tregua rota, qué novedad. Probablemente se declarara otra en la tarde. Nunca se sabía, esas cosas se decidían muy lejos del alcance de Gerard. El sólo cumplía órdenes. Si había que tirar tiraba.
A media mañana, mientras hacia guardia desde la ventana de un edificio abandonado, llegó Philip.
-¿Cómo va Cazador?
-Hola amigo. ¿Andás bien?
-Bien, deseando matar musulmanes. ¿Cuándo me vas a dejar tirar?
-Ya te va a llegar la hora, no seas impaciente. Hay galletas en mi mochila si querés.
Philip hurgó en la mochila unos segundos, y Gerard pudo ver cómo se le iluminaba la cara al encontrar las galletas. De chocolate, sus favoritas. Era una de las pocas ocasiones en que Philip demostraba los diez años que tenía. Sus padres habían muerto en un bombardeo, y, a pesar de que unos familiares se habían hecho cargo de él, pasaba casi todo el día en la calle. Para Gerard era una compañía que atenuaba la soledad de sus largas jornadas. Le gustaba hacerlo rabiar diciéndole que era muy chico para participar en la guerra, pero al mismo tiempo disfrutaba contándole sus experiencias y se admiraba de su entusiasmo. Le había enseñado a desarmar, aceitar, armar y cargar el AK-47. Ahora el niño lo hacía sin titubear, como un verdadero profesional. En poco tiempo estaría listo para entrar en la milicia.
-¿Esto está muy tranquilo, no?- Philip se asomó por el hueco de la ventana, curioseando, esperando ver un enemigo.
Gerard lo metíó violentamente tirándolo de un brazo. Le pegó un coscorrón en la cabeza mientras lo retaba.
-¡Si querés que te maten es tu problema, pero a mí no me van a matar por tu culpa, pendejo de mierda!¿Cuántas veces te he dicho que hay que estar oculto? Ahora voy a tener que cambiar de posición por tu estupidez.
Philip se alejó unos pasos, con la cara roja y congestionada.
-¡A mi no me toques, cagón! Yo no les tengo miedo a esos monos.
Gerard escuchó la detonación y antes de entender que estaba pasando vio al niño doblarse. Se tiró al piso, arrastrándose en dirección a un rincón alejado de la ventana.
Miró al niño, que le devolvía una mirada impregnada de miedo y sorpresa. Una mancha roja empezaba a extenderse por su camisa.
-Vámonos de acá, rápido.
Recogió el fusil, la ametralladora y la mochila. El niño no se movía, mirándolo con extrañeza.
-¡Apurate carajo, andate ya!
Cuando dejaron el edificio, Gerard miró a Philip, hablándole con la mayor calma de la que fue capaz.
-Tenés que ir al hospital. Yo no puedo acompañarte. Andá rápido. ¿Sabés dónde es?
-Si. ¿Me voy a morir?
Gerard sintió un nudo en la garganta, respiró hondo antes de contestar.
-No, pero tenés que ir ahora, ya, dale.
Philip se puso en marcha, sosteniéndose el estómago, crispando la cara a cada paso por el dolor.
Cuando se había alejado unos metros se dio vuelta.
-Perdoname.
Por primera vez Gerard vio el miedo estampado en la cara del niño.
-Está bien, te va a servir de lección para la próxima. Dale, anda.
Encontró otro lugar adecuado para apostarse. Un viejo edificio bombardeado, el esqueleto de un edificio en realidad, ruinoso, vacío, con muchos recovecos donde esconderse.No podía dejar de pensar en Philip.  Estaba acostumbrado a la muerte, había visto morir mucha gente en Beirut, había sabido de muchos otros, había perdido amigos, familiares, había tenido que matar a gente a la que antes saludaba, sólo porque adoraban a otro dios. Estaba curtido e insensibilizado, pero la mirada aterrorizada de su amigo había logrado conmoverlo. Enfocó su odio en el otro lado de la calle. Gerard recordaba una época diferente, en que nadie le preguntaba al otro su religión o simpatía política. Los niños jugaban, iban  y venían sin restricciones entre los barrios cristianos y musulmanes. Su mejor amigo, Ahmed, era musulmán. Cuando empezaron los tiroteos estuvieron días sin verse, los padres no los dejaban salir de la casa. Nadie pensaba en una guerra civil, todos decían que esa locura iba a detenerse en algún momento. Después, poco a poco, empezaron los traslados. Los cristianos al este, los musulmanes del otro lado. Ahmed y su familia se fueron, no volvió a verlo. Probablemente estuviera enfrente, con su fusil, esperando. Probabemente fuera él quien había disparado contra Philip. Gerard se había planteado muchas veces que haría si un día tuviera en la mira a Ahmed o a alguno de sus familiares. Estaba seguro de que dispararía. "Son ellos o nosotros", le habían dicho en la milicia, una y otra vez, cientos, miles de veces, hasta lograr convencerlo de que no había una verdad superior a esa, más clara ni más evidente. De pronto, como una súbita materialización de su deseo de venganza, apareció alguien enfrente, en diagonal a su posición, cruzando un baldío. Apuntó con la imagen de Philip aún nublándole la mente. Disparó. Pudo ver cómo la tierra se levantaba a pocos centímetros de los pies del hombre. La víctima buscó refugio tras un muro. Otra vez debíó soportar la humillación del ¡Olé! alcanzándolo, seguido de la risa amplia, rotunda en su burla, inevitable. Otra vez, dos días seguidos burlado por el mismo hijo de puta. Gerard apretó los dientes, intentando atravesar los muros con su mirada. Demasiado lejos para su ametralladora, tendría que ser paciente, esperar, con el fusil amartillado, listo para disparar ante el menor movimiento. Pasaron los minutos, la tensión se fue agotando, finalmente debió resignarse a que había perdido su presa.
Al terminar el turno fue hasta el hospital. Philip estaba internado. Había perdido mucha sangre, y había soportado una operación de varias horas. Quiso preguntar más, pero los familiares, mirándolo con hostilidad, le exigieron que se fuera. Gerard los miró sin disimular su desprecio. Como tantos otros, temían y odiaban a los milicianos, a quienes culpaban por la guerra. Para Gerard eran sólo unos hipócritas. Sin decir nada más, se dio vuelta y se fue.
Entró al bar yendo directo hacia la barra, buscando aplacar los nervios del día en un vaso de alcohol. Francois y Marcel, dos colegas, estaban ahí.
-Cazador, que bueno verte por acá. ¿Qué se cuenta?
-Vine a tomarme una, no tuve mi mejor día.
Los otros se miraron, intercambiando sonrisas socarronas.
-Si, parece que hay alguien que te tiene a maltraer.
Intentó disimular el fastidio, haciendo como que miraba a la gente que conversaba en las mesas.
-Las noticias viajan rápido en Beirut.
Las risas le cayeron mal, instalándolo en una incomodidad de la que no pudo salir en el resto de la noche.

El cielo había amanecido malhumorado, cerniéndose desganado sobre las terrazas de los edificios, gris y hostil. Las calles se presentaban húmedas y resbalosas. Gerard se movía sin prisa, calculando distancias, midiendo ángulos mentalmente, observando alturas. Decidió buscar un lugar directamente sobre la Línea Verde. Sabía que era una imprudencia, el riesgo de ser localizado era inversamente proporcional a la distancia, por lo general los francotiradores buscaban apostarse en calles laterales, oblicuos a la calle, por lo menos a trescientos metros de las líneas enemigas. Pero no podía permitirse más fallos, más que nunca debía estar alerta, golpear y huir, no dejarles lugar a la respuesta, porque de no ser así terminaría muerto.
Encontró un lugar a ras del piso, una casa abandonada, llena de agujeros y recovecos donde esconderse, con una puerta trasera muy conveniente para el caso de una huida necesaria, y un muro semiderruido delante que le serviría de escudo. Buscó una ubicación cómoda, provisto con abundancia de la mayor virtud de un buen francotirador: la paciencia.
Nada se movía sobre la Línea Verde, lo que una vez había sido una avenida vivaz y luminosa en la que dos comunidades se mezclaban, paseaban, reían, ahora era un páramo siniestro, una sucursal del infierno que aquellos que se atrevían a intentar cruzar terminaban abonando con su sangre. Los francotiradores eran los guardias de esa frontera, los encargados de mantener a los dos pueblos aislados, incomunicados, revueltos en el odio a los que estaban más allá.
Un calor sofocante empezó a brotar de las piedras inertes y del polvo, bañando la mañana y lamiendo los escaparates muertos de los comercios. Enfocó la vigilancia en la zona donde había aparecido el responsable de su humillación los dos días anteriores.  El silencio de la zona muerta era interrumpido por disparos aislados de vez en cuando, e incluso por alguna explosión. La guerra parecía dormir, inofensiva y ajena, pero siempre estaba ahí, acechante, sedienta, inmune al miedo y al dolor de sus víctimas.
Pasaron las horas y su espera se volvió resignación. Nada se movía del otro lado, ni siquiera un perro callejero alteraba la monotonía. Gerard se metió en la boca un chicle, masticándolo con violencia en un intento de reducir la tensión que se le desgranaba por el cuerpo. Finalmente su paciencia se vio recompensada. Doblando una esquina, a pocos metros de donde lo había visto el día previo, apareció la presa. Lo siguió en silencio unos segundos. No podía estar seguro de que fuera el mismo, pero el gesto de despreocupación, el andar dominguero, el pasto que le bailaba en la boca lo convertían en un loco como los que no quedaban muchos vivos en esa época. Esta vez no se le iba a escapar, nunca había errado un tiro a esa distancia. Quiso tirarle, pero sintió la necesidad de que se diera cuenta, antes de morir, de dónde había venido el disparo. No sabía porqué, pero lo sentía como un asunto personal. 
-¡Te llegó la hora hijo de puta!
El otro quedó parado con la boca abierta,  mirando hacia enfrente con el pasto colgando de una comisura. Gerard apretó el gatillo y lo vio desplomarse como un monigote. De pronto, la bestia despertó, las balas empezaron a silbar y a rebotar a su alrededor. Corrió con desesperacíón escuchando el tableteo de la muerte en sus talones. Un silbido penetrante lo envolvió, y la explosión lo hizo rebotar con violencia contra una columna. Se incorporó, ignorando el dolor y el aturdimiento. Se arrastró como pudo hasta la Kalachnikov, pero cuando quiso empuñarla vio que le faltaba la mitad de la mano derecha, sólo le quedaban el pulgar y el índice, el resto era una amasijo de sangre y carne viva. Levantó la vista, un miliciano le apuntaba con un lanzacohetes, preparando un segundo disparo. Se sintió inerme. Absurdamente pensó en que llegaría tarde para cenar con su madre. Vio ante sus ojos la boca tibia, recién descubierta, de Justine. El miliciano sacudió la cabeza, como saludándolo antes de apretar el gatillo, y se desmoronó. Alguien de su lado lo estaba ayudando. Tomó la metralleta con la mano izquierda y disparó sin apuntar. Corrió perdiendo la noción del tiempo. De su boca brotaban insultos mezclados con gritos  de rabia. Un falangista corrió a su encuentro, abrazándolo para calmarlo.
-Estás loco muchacho, no vas a durar mucho así.
-¡Maté a ese hijo de puta,con el Cazador nadie jode!
El  miliciano lo miró. Gerard apretaba el muñón contra el pecho, intentando parar la hemorragia.
-Vamos a curarte, vení conmigo.
Gerard caminó sin saber que estaba haciendo o a dónde estaba yendo. Se dio cuenta de que lloraba y sintió vergüenza. Pensó en su madre. Se iba a poner como loca cuando se enterara.
Por otra parte, unos días de vacaciones no iban a venirle mal.







martes, 31 de enero de 2012

Imperdonable

-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-Se  me hace difícil, pero hay cosas que no puedo seguir callando, y aunque me duela tengo que decírtelas.
-Mi amor, sea lo que sea sabés que podés confiar en mi, somos una pareja, estamos para apoyarnos mutuamente.
-Gracias amor, sos un dulce. El tema es que... bueno, ¿Te acordás que te dije que había vivido en Estados Unidos diez años?
-Si.
-Te menti, en realidad... bueno, estuve presa.
-¿Cómo??
-Si, me daba verguenza decirlo obviamente, pero errores cometemos todos¿no? y yo ya pagué por los mios.
-Esto es muy fuerte, no sé que decir...
-Si querés dejarme te entiendo, es que yo... ¡Te quiero tanto! No podía seguir asi, perdoname, perdoname por favor!
-Mi amor, no llores, vos lo dijiste, todos cometemos errores, ahora tenemos que mirar para adelante y olvidar los errores del pasado.
-Sos un tierno, te amo.
-Yo también.
-...
-...
-...
-Sólo una pregunta.
-Si amor, decime.
-¿Qué hiciste?
-Yo... ¿Te acordás que te dije que mis padres habían muerto en un accidente?
-¡...! S-si...
-En realidad, yo los maté. Tuve una etapa muy rebelde en mi juventud, y bueno, ellos no me dejaban crecer.
-Increible. Increible...
-Viste que a esa edad uno hace locuras
-Si, es cierto. Pobrecita, se ve que no tuviste contención. Es una edad difícil.
-Claro, es lo que yo digo, yo estaba un poco desnorteada, y ellos se enojaron fundamentamente por lo de las películas.
-¿Qué películas?
-Yo hacía películas porno, para comprar drogas más que nada. Cuando mis padres lo descubrieron, tuvimos, eh, bueno, pasó lo que pasó.
-¡Películas porno!
-Si. ¿Que locura no? jajaj. Hasta llegué a operarme las tetas para tener más trabajo jajaja.
-Eeentonces, ¿no son naturales?
-¿No te habías dado cuenta?
-La verdad, no.
-Increíble lo que una hace por el ser que ama, ¿no te parece? Te mentí para protegerte, y bueno, supongo que también porque me sentía insegura al principio y no quería perderte.
-Está bien amor, no importa, en definitiva estoy contento de que te abriste y confiaste en mi, ya no tenés que mentirme en nada, lo que tenés que saber es que te amo y pase lo que pase voy a estar contigo.
-Gracias amor, necesitaba oir eso, ya no más ocultamientos. Fijate lo insegura que me sentía que hasta te mentí en lo del cuadro de fútbol.
-¿Cómo?
-Te dije que era de Peñarol, pero en realidad soy de Nacional. Bueno, en realidad el fútbol no me interesa demasiado, yo...
-¡Pará pará! ¿Y el termo, y el almanaque, y los posavasos?
-Los compré el mismo día que conociste mi apartamento. ¿Que boba no? ¿Que  hacés, vas al baño?
-Cómo pudiste... cómo pudiste.
-Mi amor, ¿qué te pasa?
-No te conozco Mariana, siento que estuve todo este tiempo con una extraña. No quiero verte más.
-¿Cómo?.
-Lo que escuchaste.¡No quiero volver a verte!
-Pero me dijiste que me amabas, que no importaba lo que pasara
-Todo tiene un  límite Mariana, yo tengo un límite. Hay cosas que son imperdonables.



jueves, 26 de enero de 2012

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Cerró el msn, facebook, twitter, badoo, cuevana, taringa, poringa, skype, youtube y se dispuso a salir a caminar un poco. No pudo levantarse del sillón. Miró a todos lados, espantado. No podía ser... Se había olvidado de la contraseña para vivir su propia vida.

lunes, 16 de enero de 2012

Tengo algo que decirle

Justo ahora usted  decidió  sentarse a leer esto. Vio que el texto no era muy largo y se dijo: "Vamos a darle una oportunidad; ¿Qué tan malo puede ser?" Gracias por su deferencia, estimado o estimada lector/a (debo ser cuidadoso en  mis textos de no ofender a quienes defienden las políticas de género y su aplicación en la literatura, aunque esa puntillosidad afee el texto, qué le vamos a hacer, son los tiempos que corren). Pues bien, tengo algo que decirle: no pudo elegir peor momento para hacerlo. Mientras usted lee esto, algo horrible está pasando detrás suyo, algo que cambiará su vida para siempre en una forma inimaginable. Lo mejor sería que dejara de leer y se diera vuelta ahora mismo. ¡AHORA!
Sí, ya sé que no hay nada fuera de lo común atrás suyo. Parece mentira cómo unos míseros segundos pueden hacer la diferencia entre la felicidad y el infortunio de una persona. ¡Ah, el destino y sus designios insondables! Si no hubiera empezado a leer todo hubiera sido diferente. Si le sirve de consuelo, puede, aunque lo dudo, que las consecuencias de lo que acaba de ocurrir sin que usted se diera cuenta no se manifiesten antes de muchos años. Siga viviendo su vida como si nada, endéudese, enamórese, desilusiónese como si nada hubiera pasado. Hágalo, se lo recomiendo, porque después será tarde. Me siento un poco culpable, pero en fin, hoy se pierden unas vidas, mañana se ganan otras, la literatura es así. Con tanta desgracia se me fueron las ganas de escribir, puede retirarse nomás, y  no es por  nada, vio, pero manténgase lo más lejos posible. La muerte me da un poco de miedito.