martes, 21 de febrero de 2012

La burla

La mañana había transcurrido chata y relativamente silenciosa, como todas las de esa semana. Gerard miró la hora. La una de la tarde. Como por reflejo, empezó a sentir hambre. Miró hacia la mochila, recordando que tenía una vianda. Tenía que esperar un poco para poder comer tranquilo. De la calle llegó, rasgando el silencio groseramente, el chirrido de las gomas de un auto. Tomó el fusil y se puso en posición, buscando al objetivo con la mira. Moviéndose en zig zag desde el sector musulmán, a unos cuatrocientos metros de su ubicación, un taxi se había lanzado a toda velocidad intentando cruzar la Línea Verde. En pocos segundos estaría fuera de su alcance. Se escuchó un disparo y el parabrisas estalló. El auto siguió rodando unos metros antes de chocar contra un cantero, para terminar volcando. Gerard esperó, destilando paciencia. De la ventanilla trasera surgió un pasajero, que se irguió con las manos arriba. Gerard volvió a acariciar el gatillo. Ni bien el cuerpo se desplomó Gerard empezó a recoger sus cosas  y se fue lo más rápido que pudo. Era un buen francotirador, de los mejores de Beirut, sabía cómo permanecer invisible al enemigo enfrente mismo de sus narices. Aun así, al disparar se volvía inevitablemente vulnerable. El fogonazo, el ruido, el humo del disparo lo delataban, por lo cual debía cambiar de posición después de disparar.
-¡Bien hecho, cazador, doblete!- dijo una voz en la radio.
La tarde era siempre más tranquila. El sol daba de frente, los francotiradores del lado cristiano quedaban expuestos, debían esconderse y esperar agazapados. Al mismo tiempo, sus colegas musulmanes entraban en acción, cobijados por las sombras. El sol se mostraba así imparcial ante los combatientes, ayudando a Dios por la mañana y a Alá cuando llegaba la tarde. Sin embargo, había que permanecer alerta, siempre podía aparecer una presa. Gerard intentaba sintonizar algo en su pequeña radio portátil, buscando combatir el aburrimiento. A lo lejos se escuchaban detonaciones. Tuvo que interrumpir lo que estaba haciendo al escuchar el llamado.
-Atento Cazador, atento Cazador.
-Aquí Cazador, escucho.
-Perdón si te desperté de la siesta. No faltes esta noche al club, Parece que Bianca va a llevar unas amigas.
-Bueno entonces vas a tener que bañarte, espero que no te mueras de la impresión.
-Que gracioso. Nos vemos ahí.
Miró hacia la tarde que se movía plácidamente sobre la calle desierta. El familiar paisaje de cráteres, vehículos incendiados, escombros, se extendía frente a él. La mancha multicolor de un cadáver que aún no había sido retirado era la única anomalía. De pronto, sintió que la piel se le erizaba. A lo lejos, casi en el límite de su alcance, algo se movió. Apoyó el fusil y buscó el objetivo. A esa distancia sólo veía una silueta, podía ser hombre, mujer, joven o viejo. Disparó, sintiendo el golpe del retroceso contra el almohadón que le protegía el pecho. La silueta se detuvo un instante. Había fallado. Escuchó un ¡Olé!, y una carcajada. Furioso por la burla, volvió a tirar, pero el objetivo ya estaba lejos de su furia.
Cuando escuchó el ruido de los tiros, las balas ya habían pasado a centímetros de su cabeza. Se arrastró, juntó sus cosas, y corrió. Corrió hasta estar lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo. La gente pasaba a su lado con las bolsas de las compras, bajando la vista para evitar mirarlo.Cuando recobró el aliento miró la hora. Las siete y media, su turno había terminado.

Se duchó rápidamente, soportando los reproches de su madre por salir sin cenar.
-Como algo por ahí mamá, no te preocupes.
-Vivís comiendo porquerías, así vas a enfermarte, no puede ser.
-No seas exagerada, no me va a pasar nada por cenar afuera un día. Llego tarde, no me esperes.

-Miren quien llegó. Vas a tener que pagar la vuelta por ser el último.
-¿Y cuándo no  pagué la vuelta, siendo el primero o el último? Otros no pueden decir lo mismo.
A Gerard le gustaban los viernes. Era día de cobro, de salir con amigos, de emborracharse, de olvidar.
-Gerard, te presento a Justine y a Michelle. Chicas, él es Gerard.
La rubia era muy linda, el tipo de mujer que llamaba la atención inmediatamente. Alta, delgada, de ojos claros y alegres. Pero la amiga, Justine, fue la que más le gustó. Piel aceitunada, boca carnosa, mirada profunda, perfume a misterio y a promesa.
La conversación se animó, la cerveza corrió, las risas aumentaron su frecuencia y su volumen. Gerard invitó a bailar a Justine. Ella lo siguió con una sonrisa prendida de la boca. La vida era hermosa.

En la mañana, al ir a retirar las municiones, le dieron las novedades.
-Se rompió la tregua. Hay que tirarle a todo lo que se mueva.
Una tregua rota, qué novedad. Probablemente se declarara otra en la tarde. Nunca se sabía, esas cosas se decidían muy lejos del alcance de Gerard. El sólo cumplía órdenes. Si había que tirar tiraba.
A media mañana, mientras hacia guardia desde la ventana de un edificio abandonado, llegó Philip.
-¿Cómo va Cazador?
-Hola amigo. ¿Andás bien?
-Bien, deseando matar musulmanes. ¿Cuándo me vas a dejar tirar?
-Ya te va a llegar la hora, no seas impaciente. Hay galletas en mi mochila si querés.
Philip hurgó en la mochila unos segundos, y Gerard pudo ver cómo se le iluminaba la cara al encontrar las galletas. De chocolate, sus favoritas. Era una de las pocas ocasiones en que Philip demostraba los diez años que tenía. Sus padres habían muerto en un bombardeo, y, a pesar de que unos familiares se habían hecho cargo de él, pasaba casi todo el día en la calle. Para Gerard era una compañía que atenuaba la soledad de sus largas jornadas. Le gustaba hacerlo rabiar diciéndole que era muy chico para participar en la guerra, pero al mismo tiempo disfrutaba contándole sus experiencias y se admiraba de su entusiasmo. Le había enseñado a desarmar, aceitar, armar y cargar el AK-47. Ahora el niño lo hacía sin titubear, como un verdadero profesional. En poco tiempo estaría listo para entrar en la milicia.
-¿Esto está muy tranquilo, no?- Philip se asomó por el hueco de la ventana, curioseando, esperando ver un enemigo.
Gerard lo metíó violentamente tirándolo de un brazo. Le pegó un coscorrón en la cabeza mientras lo retaba.
-¡Si querés que te maten es tu problema, pero a mí no me van a matar por tu culpa, pendejo de mierda!¿Cuántas veces te he dicho que hay que estar oculto? Ahora voy a tener que cambiar de posición por tu estupidez.
Philip se alejó unos pasos, con la cara roja y congestionada.
-¡A mi no me toques, cagón! Yo no les tengo miedo a esos monos.
Gerard escuchó la detonación y antes de entender que estaba pasando vio al niño doblarse. Se tiró al piso, arrastrándose en dirección a un rincón alejado de la ventana.
Miró al niño, que le devolvía una mirada impregnada de miedo y sorpresa. Una mancha roja empezaba a extenderse por su camisa.
-Vámonos de acá, rápido.
Recogió el fusil, la ametralladora y la mochila. El niño no se movía, mirándolo con extrañeza.
-¡Apurate carajo, andate ya!
Cuando dejaron el edificio, Gerard miró a Philip, hablándole con la mayor calma de la que fue capaz.
-Tenés que ir al hospital. Yo no puedo acompañarte. Andá rápido. ¿Sabés dónde es?
-Si. ¿Me voy a morir?
Gerard sintió un nudo en la garganta, respiró hondo antes de contestar.
-No, pero tenés que ir ahora, ya, dale.
Philip se puso en marcha, sosteniéndose el estómago, crispando la cara a cada paso por el dolor.
Cuando se había alejado unos metros se dio vuelta.
-Perdoname.
Por primera vez Gerard vio el miedo estampado en la cara del niño.
-Está bien, te va a servir de lección para la próxima. Dale, anda.
Encontró otro lugar adecuado para apostarse. Un viejo edificio bombardeado, el esqueleto de un edificio en realidad, ruinoso, vacío, con muchos recovecos donde esconderse.No podía dejar de pensar en Philip.  Estaba acostumbrado a la muerte, había visto morir mucha gente en Beirut, había sabido de muchos otros, había perdido amigos, familiares, había tenido que matar a gente a la que antes saludaba, sólo porque adoraban a otro dios. Estaba curtido e insensibilizado, pero la mirada aterrorizada de su amigo había logrado conmoverlo. Enfocó su odio en el otro lado de la calle. Gerard recordaba una época diferente, en que nadie le preguntaba al otro su religión o simpatía política. Los niños jugaban, iban  y venían sin restricciones entre los barrios cristianos y musulmanes. Su mejor amigo, Ahmed, era musulmán. Cuando empezaron los tiroteos estuvieron días sin verse, los padres no los dejaban salir de la casa. Nadie pensaba en una guerra civil, todos decían que esa locura iba a detenerse en algún momento. Después, poco a poco, empezaron los traslados. Los cristianos al este, los musulmanes del otro lado. Ahmed y su familia se fueron, no volvió a verlo. Probablemente estuviera enfrente, con su fusil, esperando. Probabemente fuera él quien había disparado contra Philip. Gerard se había planteado muchas veces que haría si un día tuviera en la mira a Ahmed o a alguno de sus familiares. Estaba seguro de que dispararía. "Son ellos o nosotros", le habían dicho en la milicia, una y otra vez, cientos, miles de veces, hasta lograr convencerlo de que no había una verdad superior a esa, más clara ni más evidente. De pronto, como una súbita materialización de su deseo de venganza, apareció alguien enfrente, en diagonal a su posición, cruzando un baldío. Apuntó con la imagen de Philip aún nublándole la mente. Disparó. Pudo ver cómo la tierra se levantaba a pocos centímetros de los pies del hombre. La víctima buscó refugio tras un muro. Otra vez debíó soportar la humillación del ¡Olé! alcanzándolo, seguido de la risa amplia, rotunda en su burla, inevitable. Otra vez, dos días seguidos burlado por el mismo hijo de puta. Gerard apretó los dientes, intentando atravesar los muros con su mirada. Demasiado lejos para su ametralladora, tendría que ser paciente, esperar, con el fusil amartillado, listo para disparar ante el menor movimiento. Pasaron los minutos, la tensión se fue agotando, finalmente debió resignarse a que había perdido su presa.
Al terminar el turno fue hasta el hospital. Philip estaba internado. Había perdido mucha sangre, y había soportado una operación de varias horas. Quiso preguntar más, pero los familiares, mirándolo con hostilidad, le exigieron que se fuera. Gerard los miró sin disimular su desprecio. Como tantos otros, temían y odiaban a los milicianos, a quienes culpaban por la guerra. Para Gerard eran sólo unos hipócritas. Sin decir nada más, se dio vuelta y se fue.
Entró al bar yendo directo hacia la barra, buscando aplacar los nervios del día en un vaso de alcohol. Francois y Marcel, dos colegas, estaban ahí.
-Cazador, que bueno verte por acá. ¿Qué se cuenta?
-Vine a tomarme una, no tuve mi mejor día.
Los otros se miraron, intercambiando sonrisas socarronas.
-Si, parece que hay alguien que te tiene a maltraer.
Intentó disimular el fastidio, haciendo como que miraba a la gente que conversaba en las mesas.
-Las noticias viajan rápido en Beirut.
Las risas le cayeron mal, instalándolo en una incomodidad de la que no pudo salir en el resto de la noche.

El cielo había amanecido malhumorado, cerniéndose desganado sobre las terrazas de los edificios, gris y hostil. Las calles se presentaban húmedas y resbalosas. Gerard se movía sin prisa, calculando distancias, midiendo ángulos mentalmente, observando alturas. Decidió buscar un lugar directamente sobre la Línea Verde. Sabía que era una imprudencia, el riesgo de ser localizado era inversamente proporcional a la distancia, por lo general los francotiradores buscaban apostarse en calles laterales, oblicuos a la calle, por lo menos a trescientos metros de las líneas enemigas. Pero no podía permitirse más fallos, más que nunca debía estar alerta, golpear y huir, no dejarles lugar a la respuesta, porque de no ser así terminaría muerto.
Encontró un lugar a ras del piso, una casa abandonada, llena de agujeros y recovecos donde esconderse, con una puerta trasera muy conveniente para el caso de una huida necesaria, y un muro semiderruido delante que le serviría de escudo. Buscó una ubicación cómoda, provisto con abundancia de la mayor virtud de un buen francotirador: la paciencia.
Nada se movía sobre la Línea Verde, lo que una vez había sido una avenida vivaz y luminosa en la que dos comunidades se mezclaban, paseaban, reían, ahora era un páramo siniestro, una sucursal del infierno que aquellos que se atrevían a intentar cruzar terminaban abonando con su sangre. Los francotiradores eran los guardias de esa frontera, los encargados de mantener a los dos pueblos aislados, incomunicados, revueltos en el odio a los que estaban más allá.
Un calor sofocante empezó a brotar de las piedras inertes y del polvo, bañando la mañana y lamiendo los escaparates muertos de los comercios. Enfocó la vigilancia en la zona donde había aparecido el responsable de su humillación los dos días anteriores.  El silencio de la zona muerta era interrumpido por disparos aislados de vez en cuando, e incluso por alguna explosión. La guerra parecía dormir, inofensiva y ajena, pero siempre estaba ahí, acechante, sedienta, inmune al miedo y al dolor de sus víctimas.
Pasaron las horas y su espera se volvió resignación. Nada se movía del otro lado, ni siquiera un perro callejero alteraba la monotonía. Gerard se metió en la boca un chicle, masticándolo con violencia en un intento de reducir la tensión que se le desgranaba por el cuerpo. Finalmente su paciencia se vio recompensada. Doblando una esquina, a pocos metros de donde lo había visto el día previo, apareció la presa. Lo siguió en silencio unos segundos. No podía estar seguro de que fuera el mismo, pero el gesto de despreocupación, el andar dominguero, el pasto que le bailaba en la boca lo convertían en un loco como los que no quedaban muchos vivos en esa época. Esta vez no se le iba a escapar, nunca había errado un tiro a esa distancia. Quiso tirarle, pero sintió la necesidad de que se diera cuenta, antes de morir, de dónde había venido el disparo. No sabía porqué, pero lo sentía como un asunto personal. 
-¡Te llegó la hora hijo de puta!
El otro quedó parado con la boca abierta,  mirando hacia enfrente con el pasto colgando de una comisura. Gerard apretó el gatillo y lo vio desplomarse como un monigote. De pronto, la bestia despertó, las balas empezaron a silbar y a rebotar a su alrededor. Corrió con desesperacíón escuchando el tableteo de la muerte en sus talones. Un silbido penetrante lo envolvió, y la explosión lo hizo rebotar con violencia contra una columna. Se incorporó, ignorando el dolor y el aturdimiento. Se arrastró como pudo hasta la Kalachnikov, pero cuando quiso empuñarla vio que le faltaba la mitad de la mano derecha, sólo le quedaban el pulgar y el índice, el resto era una amasijo de sangre y carne viva. Levantó la vista, un miliciano le apuntaba con un lanzacohetes, preparando un segundo disparo. Se sintió inerme. Absurdamente pensó en que llegaría tarde para cenar con su madre. Vio ante sus ojos la boca tibia, recién descubierta, de Justine. El miliciano sacudió la cabeza, como saludándolo antes de apretar el gatillo, y se desmoronó. Alguien de su lado lo estaba ayudando. Tomó la metralleta con la mano izquierda y disparó sin apuntar. Corrió perdiendo la noción del tiempo. De su boca brotaban insultos mezclados con gritos  de rabia. Un falangista corrió a su encuentro, abrazándolo para calmarlo.
-Estás loco muchacho, no vas a durar mucho así.
-¡Maté a ese hijo de puta,con el Cazador nadie jode!
El  miliciano lo miró. Gerard apretaba el muñón contra el pecho, intentando parar la hemorragia.
-Vamos a curarte, vení conmigo.
Gerard caminó sin saber que estaba haciendo o a dónde estaba yendo. Se dio cuenta de que lloraba y sintió vergüenza. Pensó en su madre. Se iba a poner como loca cuando se enterara.
Por otra parte, unos días de vacaciones no iban a venirle mal.







martes, 31 de enero de 2012

Imperdonable

-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-Se  me hace difícil, pero hay cosas que no puedo seguir callando, y aunque me duela tengo que decírtelas.
-Mi amor, sea lo que sea sabés que podés confiar en mi, somos una pareja, estamos para apoyarnos mutuamente.
-Gracias amor, sos un dulce. El tema es que... bueno, ¿Te acordás que te dije que había vivido en Estados Unidos diez años?
-Si.
-Te menti, en realidad... bueno, estuve presa.
-¿Cómo??
-Si, me daba verguenza decirlo obviamente, pero errores cometemos todos¿no? y yo ya pagué por los mios.
-Esto es muy fuerte, no sé que decir...
-Si querés dejarme te entiendo, es que yo... ¡Te quiero tanto! No podía seguir asi, perdoname, perdoname por favor!
-Mi amor, no llores, vos lo dijiste, todos cometemos errores, ahora tenemos que mirar para adelante y olvidar los errores del pasado.
-Sos un tierno, te amo.
-Yo también.
-...
-...
-...
-Sólo una pregunta.
-Si amor, decime.
-¿Qué hiciste?
-Yo... ¿Te acordás que te dije que mis padres habían muerto en un accidente?
-¡...! S-si...
-En realidad, yo los maté. Tuve una etapa muy rebelde en mi juventud, y bueno, ellos no me dejaban crecer.
-Increible. Increible...
-Viste que a esa edad uno hace locuras
-Si, es cierto. Pobrecita, se ve que no tuviste contención. Es una edad difícil.
-Claro, es lo que yo digo, yo estaba un poco desnorteada, y ellos se enojaron fundamentamente por lo de las películas.
-¿Qué películas?
-Yo hacía películas porno, para comprar drogas más que nada. Cuando mis padres lo descubrieron, tuvimos, eh, bueno, pasó lo que pasó.
-¡Películas porno!
-Si. ¿Que locura no? jajaj. Hasta llegué a operarme las tetas para tener más trabajo jajaja.
-Eeentonces, ¿no son naturales?
-¿No te habías dado cuenta?
-La verdad, no.
-Increíble lo que una hace por el ser que ama, ¿no te parece? Te mentí para protegerte, y bueno, supongo que también porque me sentía insegura al principio y no quería perderte.
-Está bien amor, no importa, en definitiva estoy contento de que te abriste y confiaste en mi, ya no tenés que mentirme en nada, lo que tenés que saber es que te amo y pase lo que pase voy a estar contigo.
-Gracias amor, necesitaba oir eso, ya no más ocultamientos. Fijate lo insegura que me sentía que hasta te mentí en lo del cuadro de fútbol.
-¿Cómo?
-Te dije que era de Peñarol, pero en realidad soy de Nacional. Bueno, en realidad el fútbol no me interesa demasiado, yo...
-¡Pará pará! ¿Y el termo, y el almanaque, y los posavasos?
-Los compré el mismo día que conociste mi apartamento. ¿Que boba no? ¿Que  hacés, vas al baño?
-Cómo pudiste... cómo pudiste.
-Mi amor, ¿qué te pasa?
-No te conozco Mariana, siento que estuve todo este tiempo con una extraña. No quiero verte más.
-¿Cómo?.
-Lo que escuchaste.¡No quiero volver a verte!
-Pero me dijiste que me amabas, que no importaba lo que pasara
-Todo tiene un  límite Mariana, yo tengo un límite. Hay cosas que son imperdonables.



jueves, 26 de enero de 2012

Contraseña

Cerró el msn, facebook, twitter, badoo, cuevana, taringa, poringa, skype, youtube y se dispuso a salir a caminar un poco. No pudo levantarse del sillón. Miró a todos lados, espantado. No podía ser... Se había olvidado de la contraseña para vivir su propia vida.

lunes, 16 de enero de 2012

Tengo algo que decirle

Justo ahora usted  decidió  sentarse a leer esto. Vio que el texto no era muy largo y se dijo: "Vamos a darle una oportunidad; ¿Qué tan malo puede ser?" Gracias por su deferencia, estimado o estimada lector/a (debo ser cuidadoso en  mis textos de no ofender a quienes defienden las políticas de género y su aplicación en la literatura, aunque esa puntillosidad afee el texto, qué le vamos a hacer, son los tiempos que corren). Pues bien, tengo algo que decirle: no pudo elegir peor momento para hacerlo. Mientras usted lee esto, algo horrible está pasando detrás suyo, algo que cambiará su vida para siempre en una forma inimaginable. Lo mejor sería que dejara de leer y se diera vuelta ahora mismo. ¡AHORA!
Sí, ya sé que no hay nada fuera de lo común atrás suyo. Parece mentira cómo unos míseros segundos pueden hacer la diferencia entre la felicidad y el infortunio de una persona. ¡Ah, el destino y sus designios insondables! Si no hubiera empezado a leer todo hubiera sido diferente. Si le sirve de consuelo, puede, aunque lo dudo, que las consecuencias de lo que acaba de ocurrir sin que usted se diera cuenta no se manifiesten antes de muchos años. Siga viviendo su vida como si nada, endéudese, enamórese, desilusiónese como si nada hubiera pasado. Hágalo, se lo recomiendo, porque después será tarde. Me siento un poco culpable, pero en fin, hoy se pierden unas vidas, mañana se ganan otras, la literatura es así. Con tanta desgracia se me fueron las ganas de escribir, puede retirarse nomás, y  no es por  nada, vio, pero manténgase lo más lejos posible. La muerte me da un poco de miedito.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Pecados capitales: la gula

-Vero.¿Puedo ir al baño ahora que está tranquilo?
-Si dale, andá.
Al volver del baño entreabrió la puerta del comedor y se asomó. No había nadie. Abrió la heladera rápidamente y sacó una de las viandas. Sacó la tapa, que tenía escrita la palabra "Mabel" con marcador negro, y devoró las empanadas de dos mordiscos, casi atorándose. Puso el contenedor vacío en la heladera y se limpió la boca con una manga. Sacó una botella de refresco y empinó un trago largo. Todo no le llevó más de un minuto. Se asomó  con cautela al pasillo verificando que no había nadie. Finalmente, volvió a su puesto de trabajo caminando plácidamente.
Sintió el primer retorcijón mientras cortaba jamón en la máquina. Se dobló sobre la  mesada sosteniéndose el vientre, con la cara contraída de dolor. Caminó como pudo hacia la trastienda, sintiendo una jauría de navajas en las tripas. Miró la puerta del baño con los ojos nublados de lágrimas.
Sólo tenía que recorrer una decena de metros, pero cuando había  transitado la mitad de esa distancia una nueva puntada la obligó a detenerse. Las piernas le flaquearon, tuvo que recostarse en la pared. Un gemido escapó de su garganta al tiempo que sentia como algo cálido y viscoso le recorría las piernas. Un olor inconfundible inundó el ambiente, volviéndolo irrespirable. Sus compañeras se acercaron, mirándola fijamente.
Mabel le preguntó: -¿Que pasó chiquita, algo te cayó mal?
No contestó, estaba intentando recuperar la respiración. Finalmente, impulsada por la verguenza, corrió hacia el baño.
Martha miró a Mabel sin disimular el asco.
-Negra, me parece que se te fue la mano con el laxante.

martes, 13 de diciembre de 2011

Pecados capitales: la soberbia



Damián la miró con una de esas sonrisas que había ensayado muchas veces frente al espejo en sus años juveniles, y que ahora reservaba para los momentos culminantes, cuando la presa empezaba a tambalearse. Cecilia respondió con otra, más insegura, entrecerrando un poco los ojos. Era el momento de dar el siguiente paso.
-¿Te parece si caminamos un poco? La noche está preciosa.
Tardó unos segundos en responder, pareció dudar. Finalmente, respondió:
-Dale.
Caminaron sin rumbo fijo, hablando animadamente, desinhibidos por el vino que habían tomado. Él mostraba mucho aplomo, moviendo las manos ampulosamente mientras hablaba.
-Me gusta recorrer la ciudad de noche. Me gusta respirar el aire nocturno, caminar sin los apuros del día, ver las caras distendidas de la gente, tan diferentes en sus gestos a las caras malhumoradas y contracturadas que te cruzás durante el día. La ciudad de noche muestra otra cara, mucho más interesante. ¿No te parece?
-Sí, es cierto todo lo que decís, pero a mí en lo personal me da un poco de miedo andar de noche en la calle. Hace unos meses me asaltaron, yo iba por la esquina de la facultad de arquitectura a las doce de la noche y un tipo me puso un cuchillo en el cuello y me robó. Fue horrible, pensé que me iba a pasar algo peor, lo más angustioso que he vivido. Recién ahora me estoy animando a andar de nuevo, pero el miedo no se me va del todo.
-Que lástima que hayas pasado por eso, menos mal que no fue peor. Sí, lamentablemente para una mujer andar sola de noche es complicado hoy por hoy.
-¿Para una mujer? Yo creo que no sólo para una mujer.
-Sí, lógicamente, anda gente muy zarpada en la vuelta. Lo que digo es que los rastrillos lo piensan dos veces antes de meterse con un hombre joven. Esas lacras son como las hienas, buscan víctimas débiles e indefensas: mujeres, niños, viejos.
-¿De qué te sirve ser un hombre joven y fuerte si te ataca una patota o te cruzás a alguien armado?
-Claro, claro, nadie está a salvo. Pero no sé, salvo en esos casos extremos te podés defender de otra manera. Yo, por ejemplo, soy cinturón negro de sipalki. Mirá que no me gusta la violencia, además se nos enseña a usarla sólo como último recurso, pero tengo la seguridad de que ningún rastrillito va a meterme el peso así nomás, el que venga por lana se va a ir esquilado.
Damián agregó a la sonrisa una inclinación de cabeza en un ángulo cuidadosamente estudiado, y levantó una ceja para refrendar con rotundidad su virilidad desbordante, su carácter misterioso e indomable,  el privilegio que significaba para ella estar con él.
Dos tipos aparecieron de pronto, caminando en sentido contrario por la misma vereda. Eran gordos, sucios, displicentes. Uno de ellos se desvió y se paró frente a Damián, preguntándole con tono un poco agresivo:
-¿Un cigarro, amigo?
-No fumamos.-contestó Damián.
El otro frunció la boca en un gesto de disconformidad. Su compañero, sin sacar las manos de los bolsillos, se paró a su lado, mirando a Damián fijamente.
Ahora el que había pedido el cigarro la miró a Cecilia, escaneándola sin disimulo, con avidez, antes de largar las palabras que chasquearon contra la vereda rota.
-Que buena que estás bebé.
-Escuchame...- empezó a decir, casi a susurrar, Damián.
-No te estoy hablando a vos, puto. Me parece que ésta es demasiada hembra para vos. Me la voy a cojer bien cojida y después te voy a dar a vos.
Se había acercado hasta casi tocarlo con su furia, respirando con fuerza, apretando los desparejos dientes.
Las mejillas de Damián se decoloraron hasta quedar blancas como la nieve. Desvió la mirada mientras un balbuceo empezó a sonar lastimeramente en su boca.
-Y-yo... no... yo...n-n-o...
-No rompas las bolas Aníbal, dejá a esta gente tranquila. Dale, vamos.
La voz sonó en la noche como la arenga de un domador a una fiera a punto de saltar sobre el público. El segundo hombre se había acercado a su compañero, poniéndole una mano sobre el pecho, acompañando el reproche de las palabras con el de la mirada.
El otro lo miró, miró a Damián, aflojó el cuerpo, desplegando una sonrisa sobradora.
Se fueron con el mismo paso anodino, dejando una estela de carcajadas como todo rastro.
Los vieron perderse lentamente en las tinieblas. Cuando hubieron desaparecido, la cara de Damián cambió de blanco a rojo intenso. Miró a Cecilia, recuperando el gesto de suficiencia, ocultando la humillación con un invisible movimiento de prestidigitador.
-Estuve a punto de romperles la cabeza, me tuve que aguantar. Por vos ¿Viste? No quise ponerte en riesgo. Por suerte aflojaron a tiempo. ¿Estás bien? ¿Te pusiste nerviosa?
Estiró los brazos buscándole las mejillas. Ella se liberó con un violento gesto de asco.
-Mejor me voy, me tomo un taxi.
-No dejes que un mal  momento pasajero nos arruine la noche. En todo caso podemos ir a mi apartamento, abrir una botella de vino y charlar tranquilos.
-Si. ¡En tus sueños!
Caminó con pasos impacientes rumbo a la avenida. El iba atrás. La alcanzó en el momento en que paraba un taxi.
-Llamame y arreglamos algo. ¿O preferís que te llame?
El ruido de un portazo fue la única respuesta que pudo escuchar. Vio el coche alejarse, llevándose consigo sus posibilidades de compartir cama esa noche.
-Puta... Igual, no estaba tan buena.





jueves, 17 de noviembre de 2011

Travesía

La noche se acerca, su presencia se anuncia en el largo de las sombras, en el frío que avanza  decidido, en la capa de melancolía que crece minuto a minuto. Uno de los últimos rayos de sol, ya debilitado, entra por la ventana de la celda. Repta, indeciso, se encuentra con la cara de Julio García, rebota contra las cicatrices y las arrugas de esa cara que parece anterior al tiempo, se incrusta en el tajo de la boca, muere en los tatuajes del cuello. Julio mira, a través de los barrotes oxidados,lo que queda del patio en la tarde,la aguja insolente del mástil, que en su cúspide sostiene una bandera. Se detiene en el rectángulo de tela flameante, fija la mirada en los colores gastados, murmura una maldición. Alza la vista y la posa  en las montañas, ya opacas, que se levantan en el horizonte. Mira el paisaje de cumbres oscuras, testigos mudos de sus últimas horas. Un escalofrío le recorre la espalda. Pensar en la muerte, en la inminencia de la nada enroscándose en su cara, como un reptil viscoso penetrándole los huesos lentamente, hace que se le aflojen las piernas. Decide evitar pensar en ella, mira con fuerza en dirección a las montañas, concentrándose en las sombras gigantescas que recortan lo que queda del cielo diurno. A lo lejos, paciendo, las montañas, y más allá, invisible, inalcanzable para sus ojos, debe estar el mar. Piensa en el mar. Una lluvia de recuerdos se precipita en su cabeza, saturada de imágenes de amaneceres fríos, cielos infinitos, olas encabritadas. Afila un poco la memoria hasta recordar el olor a sal, impregnando cada pliegue de su niñez. Cierra los ojos, para mantener cautivo ese aroma, temiendo que alguna distracción le permita escapar. Mira ahora los brazos de su padre, Adolfo García, pintados por el sol, día tras día, año tras año, de un color madera brillante. Solía mirarlo mientras preparaba las redes, gigante contra la bóveda del cielo, con el tabaco colgando de los labios duros, y le parecía estar mirando una escultura, como las que tallaban algunos pescadores usando una navaja y un tarugo de madera. Julio lo miraba trabajar, miraba los brazos fibrosos que se movían como si tuvieran vida propia, como si fueran  independientes del resto del cuerpo, hechos definitivamente para estar moviéndose siempre, cinchando, atando, levantando. Recuerda ahora a su padre parado en la playa, mirando al mar. Él miraba a su padre, y éste al suyo, a ese padre severo y generoso, misterioso y bravío, que en el rumor de sus olas hablaba de lo pasajero de la vida y de lo eterno de la muerte. La muerte. Aprieta los párpados para fijar los recuerdos, para evadir la fría bestia que le muerde la carne. ¡Fuera, fuera, puta! Recuerda los días de mar picado, la cara de su padre reflejando la impaciencia de las olas, sintiéndose traicionado tal vez por el viento, por el cielo, por el Dios de las profundidades marinas. Cuando había tormenta no salía el bote, por lo tanto no había pesca, y se las tenían que arreglar con lo que tuvieran, ya que esos días no verían llegar a la madre con el surtido del almacén.
Es tarde, el sol se ha fugado  más allá de los muros del horizonte. Las montañas ya no se ven, camufladas en la oscuridad. Julio García se acuesta en el sucio camastro de la celda y prende un cigarro. Está solo, es el privilegio de los condenados a muerte. Solo con la sombra de la muerte creciendo segundo a segundo, filtrándose entre los barrotes indefensos. Siente el revoltijo en el vientre, se obliga a pensar en el olor a sal de sus ocho años. Cierra los ojos y ve a su padre, empujando el bote en la mañana húmeda. Había amenaza de tormenta; después, con un tono de reproche contenido, todos lo repetían. Lo que no decían era que Adolfo García había salido muchas veces, pese a los pronósticos. El se guiaba por su instinto, confiaba en lo que le decían los huesos, más que en lo que podían advertir los informes meteorológicos. Julio vio el bote alejarse, achicándose con el paso de los minutos, cabalgando las primeras olas de la mañana, bañada la cubierta por un sol perezoso, perpendicular a la esperanza.  Vio la silueta de Adolfo plantada en el puente, balanceándose en el borde de la eternidad, alejándose de espaldas a la costa y a la vida. A media mañana, el cielo se cubrió repentinamente con un tapiz de  nubes, negras como el destino. Cerca del mediodía, un trueno, solemne, ancho, aterrador, dio inicio a la tormenta. Julio y sus hermanos corrieron a refugiarse en la casa. El viento y la lluvia azotaban la ventana con furia, haciendo imposible ver lo que pasaba afuera. Julio escuchó, detrás, un sonido extraño, como un gorgoteo. Al mirar la cara de su madre surcada de lágrimas sintió miedo.
Miedo. Se incorpora y se sienta para prender otro cigarro, como si pudiera, con ese acto, sacudirse de encima la presión pegajosa. Baja y camina por la celda, yendo y viniendo, sintiéndose desangrar a cada paso, ahogado por la ola creciente de la angustia.
Se paró en la orilla, queriendo ver la proa del bote amaneciendo entre las olas, suplicándole al abismo que le devolviera a su padre, que se cobrara su propia vida como el pago necesario para su regreso. Unas pocas mañanas después, medio dormido, lo subieron a un camión destartalado que, arrastrándose entre las dunas, lo llevó, junto a su madre y sus hermanos, con rumbo a lo desconocido, a un lugar privado de la presencia del mar. Julio miró, zarandeándose, entre los pocos muebles que habían cargado, la serena faz líquida que parecía despedirlos con su lento balanceo. Nunca volvió a ver el mar.
El ruido de los pasos lo hacen caer en la realidad.
_Es la hora.- dice el guardia más viejo. Sin contestar, adelanta los brazos para que le pongan las esposas. Empieza  la procesión por el corredor de la muerte, y el resto de los presos, unánimes en el horror, gritan, golpean, aúllan su solidaridad con el condenado. Julio García camina detrás de los guardias, al principio piensa que no tendrá fuerzas para llegar a la puerta, que adivina al fondo del pasillo. Después empieza a afirmarse, levanta la vista y entorna los ojos para evitar que los lastime el sol. Siente, con cada paso que lo acerca a la inyección siniestra, cómo las olas crecen en sus flancos, mientras el cielo y las aguas combaten, haciéndolo caer en su fuego cruzado. Se hunde, pero ya no tiene miedo. La tormenta es ahora una imagen congelada, ve la cara de su padre e intenta sonreír mientras  la espuma salada le llena la boca.