-Tenemos que hablar.
-¿De qué?
-Se me hace difícil, pero hay cosas que no puedo seguir callando, y aunque me duela tengo que decírtelas.
-Mi amor, sea lo que sea sabés que podés confiar en mi, somos una pareja, estamos para apoyarnos mutuamente.
-Gracias amor, sos un dulce. El tema es que... bueno, ¿Te acordás que te dije que había vivido en Estados Unidos diez años?
-Si.
-Te menti, en realidad... bueno, estuve presa.
-¿Cómo??
-Si, me daba verguenza decirlo obviamente, pero errores cometemos todos¿no? y yo ya pagué por los mios.
-Esto es muy fuerte, no sé que decir...
-Si querés dejarme te entiendo, es que yo... ¡Te quiero tanto! No podía seguir asi, perdoname, perdoname por favor!
-Mi amor, no llores, vos lo dijiste, todos cometemos errores, ahora tenemos que mirar para adelante y olvidar los errores del pasado.
-Sos un tierno, te amo.
-Yo también.
-...
-...
-...
-Sólo una pregunta.
-Si amor, decime.
-¿Qué hiciste?
-Yo... ¿Te acordás que te dije que mis padres habían muerto en un accidente?
-¡...! S-si...
-En realidad, yo los maté. Tuve una etapa muy rebelde en mi juventud, y bueno, ellos no me dejaban crecer.
-Increible. Increible...
-Viste que a esa edad uno hace locuras
-Si, es cierto. Pobrecita, se ve que no tuviste contención. Es una edad difícil.
-Claro, es lo que yo digo, yo estaba un poco desnorteada, y ellos se enojaron fundamentamente por lo de las películas.
-¿Qué películas?
-Yo hacía películas porno, para comprar drogas más que nada. Cuando mis padres lo descubrieron, tuvimos, eh, bueno, pasó lo que pasó.
-¡Películas porno!
-Si. ¿Que locura no? jajaj. Hasta llegué a operarme las tetas para tener más trabajo jajaja.
-Eeentonces, ¿no son naturales?
-¿No te habías dado cuenta?
-La verdad, no.
-Increíble lo que una hace por el ser que ama, ¿no te parece? Te mentí para protegerte, y bueno, supongo que también porque me sentía insegura al principio y no quería perderte.
-Está bien amor, no importa, en definitiva estoy contento de que te abriste y confiaste en mi, ya no tenés que mentirme en nada, lo que tenés que saber es que te amo y pase lo que pase voy a estar contigo.
-Gracias amor, necesitaba oir eso, ya no más ocultamientos. Fijate lo insegura que me sentía que hasta te mentí en lo del cuadro de fútbol.
-¿Cómo?
-Te dije que era de Peñarol, pero en realidad soy de Nacional. Bueno, en realidad el fútbol no me interesa demasiado, yo...
-¡Pará pará! ¿Y el termo, y el almanaque, y los posavasos?
-Los compré el mismo día que conociste mi apartamento. ¿Que boba no? ¿Que hacés, vas al baño?
-Cómo pudiste... cómo pudiste.
-Mi amor, ¿qué te pasa?
-No te conozco Mariana, siento que estuve todo este tiempo con una extraña. No quiero verte más.
-¿Cómo?.
-Lo que escuchaste.¡No quiero volver a verte!
-Pero me dijiste que me amabas, que no importaba lo que pasara
-Todo tiene un límite Mariana, yo tengo un límite. Hay cosas que son imperdonables.
martes, 31 de enero de 2012
jueves, 26 de enero de 2012
Contraseña
Cerró el msn, facebook, twitter, badoo, cuevana, taringa, poringa, skype, youtube y se dispuso a salir a caminar un poco. No pudo levantarse del sillón. Miró a todos lados, espantado. No podía ser... Se había olvidado de la contraseña para vivir su propia vida.
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lunes, 16 de enero de 2012
Tengo algo que decirle
Justo ahora usted decidió sentarse a leer esto. Vio que el texto no era muy largo y se dijo: "Vamos a darle una oportunidad; ¿Qué tan malo puede ser?" Gracias por su deferencia, estimado o estimada lector/a (debo ser cuidadoso en mis textos de no ofender a quienes defienden las políticas de género y su aplicación en la literatura, aunque esa puntillosidad afee el texto, qué le vamos a hacer, son los tiempos que corren). Pues bien, tengo algo que decirle: no pudo elegir peor momento para hacerlo. Mientras usted lee esto, algo horrible está pasando detrás suyo, algo que cambiará su vida para siempre en una forma inimaginable. Lo mejor sería que dejara de leer y se diera vuelta ahora mismo. ¡AHORA!
Sí, ya sé que no hay nada fuera de lo común atrás suyo. Parece mentira cómo unos míseros segundos pueden hacer la diferencia entre la felicidad y el infortunio de una persona. ¡Ah, el destino y sus designios insondables! Si no hubiera empezado a leer todo hubiera sido diferente. Si le sirve de consuelo, puede, aunque lo dudo, que las consecuencias de lo que acaba de ocurrir sin que usted se diera cuenta no se manifiesten antes de muchos años. Siga viviendo su vida como si nada, endéudese, enamórese, desilusiónese como si nada hubiera pasado. Hágalo, se lo recomiendo, porque después será tarde. Me siento un poco culpable, pero en fin, hoy se pierden unas vidas, mañana se ganan otras, la literatura es así. Con tanta desgracia se me fueron las ganas de escribir, puede retirarse nomás, y no es por nada, vio, pero manténgase lo más lejos posible. La muerte me da un poco de miedito.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Pecados capitales: la gula
-Vero.¿Puedo ir al baño ahora que está tranquilo?
-Si dale, andá.
Al volver del baño entreabrió la puerta del comedor y se asomó. No había nadie. Abrió la heladera rápidamente y sacó una de las viandas. Sacó la tapa, que tenía escrita la palabra "Mabel" con marcador negro, y devoró las empanadas de dos mordiscos, casi atorándose. Puso el contenedor vacío en la heladera y se limpió la boca con una manga. Sacó una botella de refresco y empinó un trago largo. Todo no le llevó más de un minuto. Se asomó con cautela al pasillo verificando que no había nadie. Finalmente, volvió a su puesto de trabajo caminando plácidamente.
Sintió el primer retorcijón mientras cortaba jamón en la máquina. Se dobló sobre la mesada sosteniéndose el vientre, con la cara contraída de dolor. Caminó como pudo hacia la trastienda, sintiendo una jauría de navajas en las tripas. Miró la puerta del baño con los ojos nublados de lágrimas.
Sólo tenía que recorrer una decena de metros, pero cuando había transitado la mitad de esa distancia una nueva puntada la obligó a detenerse. Las piernas le flaquearon, tuvo que recostarse en la pared. Un gemido escapó de su garganta al tiempo que sentia como algo cálido y viscoso le recorría las piernas. Un olor inconfundible inundó el ambiente, volviéndolo irrespirable. Sus compañeras se acercaron, mirándola fijamente.
Mabel le preguntó: -¿Que pasó chiquita, algo te cayó mal?
No contestó, estaba intentando recuperar la respiración. Finalmente, impulsada por la verguenza, corrió hacia el baño.
Martha miró a Mabel sin disimular el asco.
-Negra, me parece que se te fue la mano con el laxante.
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100, Uruguay
martes, 13 de diciembre de 2011
Pecados capitales: la soberbia
Damián la miró con una de esas sonrisas que había ensayado muchas veces frente al espejo en sus años juveniles, y que ahora reservaba para los momentos culminantes, cuando la presa empezaba a tambalearse. Cecilia respondió con otra, más insegura, entrecerrando un poco los ojos. Era el momento de dar el siguiente paso.
-¿Te parece si caminamos un poco? La noche está preciosa.
Tardó unos segundos en responder, pareció dudar. Finalmente, respondió:
-Dale.
Caminaron sin rumbo fijo, hablando animadamente, desinhibidos por el vino que habían tomado. Él mostraba mucho aplomo, moviendo las manos ampulosamente mientras hablaba.
-Me gusta recorrer la ciudad de noche. Me gusta respirar el aire nocturno, caminar sin los apuros del día, ver las caras distendidas de la gente, tan diferentes en sus gestos a las caras malhumoradas y contracturadas que te cruzás durante el día. La ciudad de noche muestra otra cara, mucho más interesante. ¿No te parece?
-Sí, es cierto todo lo que decís, pero a mí en lo personal me da un poco de miedo andar de noche en la calle. Hace unos meses me asaltaron, yo iba por la esquina de la facultad de arquitectura a las doce de la noche y un tipo me puso un cuchillo en el cuello y me robó. Fue horrible, pensé que me iba a pasar algo peor, lo más angustioso que he vivido. Recién ahora me estoy animando a andar de nuevo, pero el miedo no se me va del todo.
-Que lástima que hayas pasado por eso, menos mal que no fue peor. Sí, lamentablemente para una mujer andar sola de noche es complicado hoy por hoy.
-¿Para una mujer? Yo creo que no sólo para una mujer.
-Sí, lógicamente, anda gente muy zarpada en la vuelta. Lo que digo es que los rastrillos lo piensan dos veces antes de meterse con un hombre joven. Esas lacras son como las hienas, buscan víctimas débiles e indefensas: mujeres, niños, viejos.
-¿De qué te sirve ser un hombre joven y fuerte si te ataca una patota o te cruzás a alguien armado?
-Claro, claro, nadie está a salvo. Pero no sé, salvo en esos casos extremos te podés defender de otra manera. Yo, por ejemplo, soy cinturón negro de sipalki. Mirá que no me gusta la violencia, además se nos enseña a usarla sólo como último recurso, pero tengo la seguridad de que ningún rastrillito va a meterme el peso así nomás, el que venga por lana se va a ir esquilado.
Damián agregó a la sonrisa una inclinación de cabeza en un ángulo cuidadosamente estudiado, y levantó una ceja para refrendar con rotundidad su virilidad desbordante, su carácter misterioso e indomable, el privilegio que significaba para ella estar con él.
Dos tipos aparecieron de pronto, caminando en sentido contrario por la misma vereda. Eran gordos, sucios, displicentes. Uno de ellos se desvió y se paró frente a Damián, preguntándole con tono un poco agresivo:
-¿Un cigarro, amigo?
-No fumamos.-contestó Damián.
El otro frunció la boca en un gesto de disconformidad. Su compañero, sin sacar las manos de los bolsillos, se paró a su lado, mirando a Damián fijamente.
Ahora el que había pedido el cigarro la miró a Cecilia, escaneándola sin disimulo, con avidez, antes de largar las palabras que chasquearon contra la vereda rota.
-Que buena que estás bebé.
-Escuchame...- empezó a decir, casi a susurrar, Damián.
-No te estoy hablando a vos, puto. Me parece que ésta es demasiada hembra para vos. Me la voy a cojer bien cojida y después te voy a dar a vos.
Se había acercado hasta casi tocarlo con su furia, respirando con fuerza, apretando los desparejos dientes.
Las mejillas de Damián se decoloraron hasta quedar blancas como la nieve. Desvió la mirada mientras un balbuceo empezó a sonar lastimeramente en su boca.
-Y-yo... no... yo...n-n-o...
-No rompas las bolas Aníbal, dejá a esta gente tranquila. Dale, vamos.
La voz sonó en la noche como la arenga de un domador a una fiera a punto de saltar sobre el público. El segundo hombre se había acercado a su compañero, poniéndole una mano sobre el pecho, acompañando el reproche de las palabras con el de la mirada.
El otro lo miró, miró a Damián, aflojó el cuerpo, desplegando una sonrisa sobradora.
Se fueron con el mismo paso anodino, dejando una estela de carcajadas como todo rastro.
Los vieron perderse lentamente en las tinieblas. Cuando hubieron desaparecido, la cara de Damián cambió de blanco a rojo intenso. Miró a Cecilia, recuperando el gesto de suficiencia, ocultando la humillación con un invisible movimiento de prestidigitador.
-Estuve a punto de romperles la cabeza, me tuve que aguantar. Por vos ¿Viste? No quise ponerte en riesgo. Por suerte aflojaron a tiempo. ¿Estás bien? ¿Te pusiste nerviosa?
Estiró los brazos buscándole las mejillas. Ella se liberó con un violento gesto de asco.
-Mejor me voy, me tomo un taxi.
-No dejes que un mal momento pasajero nos arruine la noche. En todo caso podemos ir a mi apartamento, abrir una botella de vino y charlar tranquilos.
-Si. ¡En tus sueños!
Caminó con pasos impacientes rumbo a la avenida. El iba atrás. La alcanzó en el momento en que paraba un taxi.
-Llamame y arreglamos algo. ¿O preferís que te llame?
El ruido de un portazo fue la única respuesta que pudo escuchar. Vio el coche alejarse, llevándose consigo sus posibilidades de compartir cama esa noche.
-Puta... Igual, no estaba tan buena.
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jueves, 17 de noviembre de 2011
Travesía
La noche se acerca, su
presencia se anuncia en el largo de las sombras, en el frío que
avanza decidido, en la capa de melancolía que crece minuto a minuto. Uno
de los últimos rayos de sol, ya debilitado, entra por la ventana de la celda.
Repta, indeciso, se encuentra con la cara de Julio García, rebota contra las
cicatrices y las arrugas de esa cara que parece anterior al tiempo, se incrusta
en el tajo de la boca, muere en los tatuajes del cuello. Julio mira, a través
de los barrotes oxidados,lo que queda del patio en la tarde,la aguja insolente
del mástil, que en su cúspide sostiene una bandera. Se detiene en el
rectángulo de tela flameante, fija la mirada en los colores gastados, murmura
una maldición. Alza la vista y la posa en las montañas, ya
opacas, que se levantan en el horizonte. Mira el paisaje de cumbres oscuras,
testigos mudos de sus últimas horas. Un escalofrío le recorre la espalda.
Pensar en la muerte, en la inminencia de la nada enroscándose en su cara, como
un reptil viscoso penetrándole los huesos lentamente, hace que se le aflojen
las piernas. Decide evitar pensar en ella, mira con fuerza en dirección a las
montañas, concentrándose en las sombras gigantescas que recortan lo que queda
del cielo diurno. A lo lejos, paciendo, las montañas, y más allá, invisible,
inalcanzable para sus ojos, debe estar el mar. Piensa en el mar. Una
lluvia de recuerdos se precipita en su cabeza, saturada de imágenes de
amaneceres fríos, cielos infinitos, olas encabritadas. Afila un poco la memoria
hasta recordar el olor a sal, impregnando cada pliegue de su niñez. Cierra los
ojos, para mantener cautivo ese aroma, temiendo que alguna distracción le
permita escapar. Mira ahora los brazos de su padre, Adolfo García, pintados por
el sol, día tras día, año tras año, de un color madera
brillante. Solía mirarlo mientras preparaba las redes, gigante contra
la bóveda del cielo, con el tabaco colgando de los labios duros, y le
parecía estar mirando una escultura, como las que tallaban algunos pescadores
usando una navaja y un tarugo de madera. Julio lo miraba trabajar, miraba los
brazos fibrosos que se movían como si tuvieran vida propia, como si fueran independientes del resto del cuerpo, hechos
definitivamente para estar moviéndose siempre, cinchando, atando, levantando.
Recuerda ahora a su padre parado en la playa, mirando al mar. Él miraba a su
padre, y éste al suyo, a ese padre severo y generoso, misterioso y bravío, que
en el rumor de sus olas hablaba de lo pasajero de la vida y de lo
eterno de la muerte. La muerte. Aprieta los párpados para fijar los
recuerdos, para evadir la fría bestia que le muerde la carne. ¡Fuera, fuera,
puta! Recuerda los días de mar picado, la cara de su padre reflejando la
impaciencia de las olas, sintiéndose traicionado tal vez por el viento, por el
cielo, por el Dios de las profundidades marinas. Cuando había tormenta no salía
el bote, por lo tanto no había pesca, y se las tenían que arreglar con lo que
tuvieran, ya que esos días no verían llegar a la madre con el surtido del
almacén.
Es tarde, el sol se ha
fugado más allá de los muros del horizonte. Las montañas ya no se ven,
camufladas en la oscuridad. Julio García se acuesta en el sucio camastro de la
celda y prende un cigarro. Está solo, es el privilegio de los condenados a muerte.
Solo con la sombra de la muerte creciendo segundo a segundo, filtrándose entre
los barrotes indefensos. Siente el revoltijo en el vientre, se obliga a pensar
en el olor a sal de sus ocho años. Cierra los ojos y ve a su padre, empujando
el bote en la mañana húmeda. Había amenaza de tormenta; después, con un tono de
reproche contenido, todos lo repetían. Lo que no decían era que Adolfo García
había salido muchas veces, pese a los pronósticos. El se guiaba por su
instinto, confiaba en lo que le decían los huesos, más que en lo que podían
advertir los informes meteorológicos. Julio vio el bote alejarse, achicándose
con el paso de los minutos, cabalgando las primeras olas de la mañana, bañada
la cubierta por un sol perezoso, perpendicular a la esperanza. Vio la
silueta de Adolfo plantada en el puente, balanceándose en el borde de la
eternidad, alejándose de espaldas a la costa y a la vida. A media mañana, el
cielo se cubrió repentinamente con un tapiz de nubes, negras como el
destino. Cerca del mediodía, un trueno, solemne, ancho, aterrador, dio inicio a
la tormenta. Julio y sus hermanos corrieron a refugiarse en la casa. El viento
y la lluvia azotaban la ventana con furia, haciendo imposible ver lo que pasaba
afuera. Julio escuchó, detrás, un sonido extraño, como un gorgoteo. Al mirar la
cara de su madre surcada de lágrimas sintió miedo.
Miedo. Se incorpora y se
sienta para prender otro cigarro, como si pudiera, con ese acto, sacudirse de
encima la presión pegajosa. Baja y camina por la celda, yendo y viniendo, sintiéndose
desangrar a cada paso, ahogado por la ola creciente de la angustia.
Se paró en la orilla,
queriendo ver la proa del bote amaneciendo entre las olas, suplicándole al
abismo que le devolviera a su padre, que se cobrara su propia vida como el pago
necesario para su regreso. Unas pocas mañanas después, medio dormido, lo
subieron a un camión destartalado que, arrastrándose entre las dunas, lo
llevó, junto a su madre y sus hermanos, con rumbo a lo desconocido, a un
lugar privado de la presencia del mar. Julio miró, zarandeándose, entre los
pocos muebles que habían cargado, la serena faz líquida que parecía despedirlos
con su lento balanceo. Nunca volvió a ver el mar.
El ruido de los pasos lo
hacen caer en la realidad.
_Es la hora.- dice el guardia
más viejo. Sin contestar, adelanta los brazos para que le pongan las esposas.
Empieza la procesión por el corredor de la muerte, y el resto de los
presos, unánimes en el horror, gritan, golpean, aúllan su solidaridad con el
condenado. Julio García camina detrás de los guardias, al principio piensa que
no tendrá fuerzas para llegar a la puerta, que adivina al fondo del pasillo.
Después empieza a afirmarse, levanta la vista y entorna los ojos para evitar
que los lastime el sol. Siente, con cada paso que lo acerca a la inyección
siniestra, cómo las olas crecen en sus flancos, mientras el cielo y las aguas
combaten, haciéndolo caer en su fuego cruzado. Se hunde, pero ya no tiene
miedo. La tormenta es ahora una imagen congelada, ve la cara de su padre e
intenta sonreír mientras la espuma salada le llena la boca.
viernes, 14 de octubre de 2011
Bocacalle
Casi llegando a la esquina saqué el paquete de chicles del bolsillo. Hice una bolita con el envoltorio, le apunté a un charco que se había formado en el hueco de una baldosa faltante, y lo tiré. Casi no se veian autos, era un barrio tranquilo, además era domingo y ya cerca de la medianoche. Bajé el cordón con paso despreocupado, pensando en el sorteo del cinco de oro. Hacía frío. Me subí las solapas del saco y encogí el cuerpo, redoblando el paso. A unos veinte metros delante mío, una rubia despampanante contoneaba su jean ajustado queriendo abarcar toda la vereda. Aceleré, con la intención de alcanzarla. En ese momento la lluvia, que había estado agazapada desde hacía horas, empezó a caer, mansa pero constante. Imprimí aún más velocidad a mi tranco, ya casi estaba corriendo. La noche se mostraba hostil, ofuscada, escapando hacia todos los puntos cardinales. Maldije por no tener un paraguas, como cada vez que la lluvia me sorprendía en la calle. Un zumbido y una luz me sacaron de mis pensamientos. Giré la cabeza y a lo lejos vi la doble advertencia de unos focos acercándose. Empecé a transpirar, pese a la lluvia; me dolían las piernas. Escupí el chicle, dejándolo atrás. El refugio de la vereda estaba aún lejos. Dejando de lado todo recato, corrí con todas mis fuerzas. La luz ahora me cubria, encegueciéndome. El ruido de ruedas sobre el pavimento mojado se acercaba. Me cubrí la cara para ocultarla del resplandor, y volví a mirar adelante. Todavía muy lejos. Estaba quedándome sin aire, no soy de correr ni de hacer ejercicio. Tal vez pudiera volver. Miré hacia atrás, pero la distancia hacia la salvación era mayor todavía. De pronto sentí que las piernas, agotadas, dejaban de responderme. Miré hacia el auto que se me abalanzaba y tuve ganas de gritar. Haciendo acopio de mis últimas fuerzas, reanudé la marcha. Tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tenía que lograrlo, tengo que lograrlo...
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