martes, 18 de enero de 2011
La metamorfosis (frustrada).
Gregorio Samsa se despertó una mañana después de una noche de sueño intranquilo. Después de abrir los ojos se miró las manos y tanteó, aún confuso, el resto de su cuerpo.Presa de un horrible presentimiento se tiró de la cama y corrió hacia el espejo más cercano. Se miró y vio que no se había convertido en un insecto; no tenía quijadas en forma de pinza, ni caparazón, ni antenas, ni ojos compuestos . Decepcionado, caminó hacia la cama y volvió a acostarse.
Las piernas más valiosas.
Patty Dior tenía las piernas más hermosas del mundo según todas las revistas especializadas en piernas de modelos y actrices. Su representante le recomendó que se las asegurara de forma de estar protegida contra accidentes. La empresa de seguros le hizo una póliza de un millón de dólares, imponiéndole a Patty una pequeña condición.Ahora Patty guarda sus piernas en la bóveda de un banco bajo llave y cuando tiene un desfile o un evento se las coloca con unos preciosos tornillos de platino especialmente diseñados para tal fin.
lunes, 16 de agosto de 2010
Marilyn
Te gusta entrar y zambullirte en la cama sin desarmar la valija, incluso sin sacarte los zapatos. Te gusta sentir la libertad esparciéndose por tu cuerpo, mientras brindás con Concha y Toro frente al espejo. Disfrutás de cada momento intensamente desde que el avión empieza a carretear, en realidad desde antes, desde que salís rumbo al aeropuerto dejando atrás las frases remanidas de tu esposa y tus hijos deseándote buen viaje. Un fin de semana cada quince días, cuando partís en "viaje de negocios", te sentís revivir, dejás tus máscaras de lado o mejor dicho las dejás al otro lado del río. No es que no te guste tu vida, no, te gusta y mucho controlar cada movimiento, calcular causa y consecuencia, sopesar pros y contras, manipular, hacer, deshacer. Te gusta atravesar con paso decidido el espacio saturado de admiración, respeto o temor por tu causa.Te gusta ser un hombre hecho y derecho, reconocido, aclamado como un arquetipo del capitalista exitoso. Te gusta sobre todo tener dinero y poder. Lo disfrutás, sí señor, es por lo que has luchado, lo que te ganaste centímetro a centímetro, dólar por dólar, sin escatimar medios y sin amilanarte ante los obstáculos. Por supuesto que te gusta todo eso, te hace sentir como el rey de la selva, como un sobreviviente. Pero esto es distinto, es otra cosa, es salir a respirar cuando estabas a punto de asfixiarte, es renacer, es encontrarte contigo mismo. Cada quince días se repite el ritual. Llegás, te tirás en la cama, destapás la botella de vino, te disfrutás llanamente sin preocuparte por el tiempo perdido. Después hacés una llamada y empezás a prepararte. Abrís el placard y elegís la ropa, buscás el perfume, prendés un incienso y ponés música. Tus pies descalzos se mueven al compás y hasta te animás a canturrear un poco para calmar los nervios. Entonces empezás a vestirte, con esmero, con placer, sintiendo la tela deslizándose por tu cuerpo, sintiendo el despertar de la mujer que hay en vos al ver las medias de red cubrir tus piernas, sonriendo con picardía al espejo al maquillarte. Te sentís Marilyn cuando te ponés la peluca platinada, te enamorás de tu imagen, girás haciendo volar la falda blanca dejando entrever tus piernas. Sí, siempre quisiste parecerte a Marilyn, vestirte como ella, sentirte como ella. Ajena al mundo, inalcanzable para quienes te conocen en tu falsa vida, para quienes te llaman licenciado y viven pendientes de tus decisiones, para tu familia que amás tanto y que por eso mismo no debe saber quién sos en realidad, esperás con la copa en la mano al muchacho que llegará en cualquier momento y bailará contigo, y te desnudará lentamente mientras te dice, Marilyn, que le gustás mucho.
jueves, 1 de julio de 2010
Principio de incertidumbre
La gota de sudor se arqueó temblando, se inclinó un instante indecisa, se asomó, se tambaleó y rodó por la frente, silenciosa como una sombra. La noche se partía de frío, sin embargo estaba empapada en sudor. Los dientes apretados hasta el dolor, los ojos a punto de salirse de las órbitas. Las manos temblorosas, pegajosas, crispadas.
La bola rodó enloquecida persiguiendo la suerte o la desgracia. El aire se tensó, el tiempo dejó de respirar.
Había vuelto a suceder, sintió el vómito crecer en la garganta. Se apoyó contra un muro decrépito boqueando. En el callejón,un mendigo dormía envuelto en harapos entre la basura. Lo miró y pensó en el infierno.
Rojo, negro, par, impar, primer docena, segunda o tercera, la suerte se jugaba en esas coordenadas, el triunfo o el fracaso, la felicidad o la miseria. El borracho, la niña bonita, la desgracia.Alguien reía escandalosamente en alguna parte.
Lo había perdido todo. El amor, la esperanza, el confort, el respeto, eran plenos que había acertado, eran fichas que había acumulado a lo largo de su vida y que había vuelto a apostar sabiendo que no tenía nada que ganar. Nada excepto la sensación indescriptible, el ansia inefable que golpeaba con ramalazos violentos cuando se escuchaba el ¡no va más! y la rueda giraba inexorable. La sensación de estar viva, de que eso se parecía más a la vida que todo lo demás, de que arrojarse al abismo del azar con los ojos cerrados tenía algo de incomprensible belleza. Sentada en un banco de plaza en la aterida noche pensó en la próxima vez, en la posibilidad del triunfo, en ese pleno que le daría la oportunidad de cruzar el umbral de lo desconocido, quizás para encontrar su verdadera vida, esa que la estaba esperando en alguna parte.
La bola rodó enloquecida persiguiendo la suerte o la desgracia. El aire se tensó, el tiempo dejó de respirar.
Había vuelto a suceder, sintió el vómito crecer en la garganta. Se apoyó contra un muro decrépito boqueando. En el callejón,un mendigo dormía envuelto en harapos entre la basura. Lo miró y pensó en el infierno.
Rojo, negro, par, impar, primer docena, segunda o tercera, la suerte se jugaba en esas coordenadas, el triunfo o el fracaso, la felicidad o la miseria. El borracho, la niña bonita, la desgracia.Alguien reía escandalosamente en alguna parte.
Lo había perdido todo. El amor, la esperanza, el confort, el respeto, eran plenos que había acertado, eran fichas que había acumulado a lo largo de su vida y que había vuelto a apostar sabiendo que no tenía nada que ganar. Nada excepto la sensación indescriptible, el ansia inefable que golpeaba con ramalazos violentos cuando se escuchaba el ¡no va más! y la rueda giraba inexorable. La sensación de estar viva, de que eso se parecía más a la vida que todo lo demás, de que arrojarse al abismo del azar con los ojos cerrados tenía algo de incomprensible belleza. Sentada en un banco de plaza en la aterida noche pensó en la próxima vez, en la posibilidad del triunfo, en ese pleno que le daría la oportunidad de cruzar el umbral de lo desconocido, quizás para encontrar su verdadera vida, esa que la estaba esperando en alguna parte.
lunes, 24 de mayo de 2010
Segunda piel
No pudo dormir en toda la noche. Cerraba los ojos y se veía a sí mismo entrando a la cancha con las tribunas repletas, sintiendo el creciente rugido de la multitud a cada paso. Se daba vuelta en la cama y en la pared se veía a sí mismo colgándola en un ángulo, levantando los brazos para recibir la ovación que bajaba como una avalancha, besando la camiseta, esa camiseta que había amado y deseado desde siempre y que sentía como su segunda piel. La mañana lo sorprendió dibujando goles en su mente, hasta que los golpes en la puerta lo trajeron a la realidad. El padre entró y lo miró diciendo simplemente: levantate que llegamos tarde.
No pudo dormir en toda la noche. Se preguntaba una y otra vez porqué. Repasaba cada movimiento, cada pelota que había tocado. Se acordaba de la bronca cuando lo sacaron, de la cara del técnico diciendo gracias por venir y del infierno abriéndose bajo sus pies. Se acordaba del gesto de frustración de su padre y de sus palabras: ¡Esto no cambia más, el mismo acomodo de siempre! Esa fue la primera vez en su vida en que conoció plenamente el significado de la palabra decepción. Miró la foto mojada por sus lágrimas.Se miró con la camiseta que le habían dejado los reyes. Su primer camiseta, su segunda piel...
La noche había sido larga, se tiró en la cama sintiendo calambres en cada músculo del cuerpo. La cabeza se le arremolinaba impiadosamente, saltando de la mañana a la tarde, del viaje al estadio cruzando las calles embanderadas a la salida del túnel. Del rugido de la muchedumbre a los gritos del vestuario. De los abrazos interminables a los micrófonos y las cámaras. Del canto improvisado de agradecimiento, entonado por primera vez por la hinchada, a la imagen de la pelota golpeando la red. Dos veces. Primer clásico en primera y dos goles. Por último le llegó el recuerdo de la mirada de su padre después del partido, el abrazo y la puteada cariñosa, pero sobre todo la mirada, que no decía nada y lo decía todo.
Abrió el cajón de la mesa de luz y buscando entre las fotos y los recortes de diarios y revistas encontró lo que buscaba. Ahí estaba la foto, con la seca sombra de las lágrimas cruzándola como una cicatriz. Ahí estaba él con su primer camiseta, esa que había amado, esa que era como su segunda piel.Ahora jugaba para el enemigo. Nadie podía ver esa foto ahora. La rompió en pedazos y la tiró. Volvió a tirarse en la cama. Le dolía todo el cuerpo, y un sabor agridulce le llenaba la boca.
No pudo dormir en toda la noche. Se preguntaba una y otra vez porqué. Repasaba cada movimiento, cada pelota que había tocado. Se acordaba de la bronca cuando lo sacaron, de la cara del técnico diciendo gracias por venir y del infierno abriéndose bajo sus pies. Se acordaba del gesto de frustración de su padre y de sus palabras: ¡Esto no cambia más, el mismo acomodo de siempre! Esa fue la primera vez en su vida en que conoció plenamente el significado de la palabra decepción. Miró la foto mojada por sus lágrimas.Se miró con la camiseta que le habían dejado los reyes. Su primer camiseta, su segunda piel...
La noche había sido larga, se tiró en la cama sintiendo calambres en cada músculo del cuerpo. La cabeza se le arremolinaba impiadosamente, saltando de la mañana a la tarde, del viaje al estadio cruzando las calles embanderadas a la salida del túnel. Del rugido de la muchedumbre a los gritos del vestuario. De los abrazos interminables a los micrófonos y las cámaras. Del canto improvisado de agradecimiento, entonado por primera vez por la hinchada, a la imagen de la pelota golpeando la red. Dos veces. Primer clásico en primera y dos goles. Por último le llegó el recuerdo de la mirada de su padre después del partido, el abrazo y la puteada cariñosa, pero sobre todo la mirada, que no decía nada y lo decía todo.
Abrió el cajón de la mesa de luz y buscando entre las fotos y los recortes de diarios y revistas encontró lo que buscaba. Ahí estaba la foto, con la seca sombra de las lágrimas cruzándola como una cicatriz. Ahí estaba él con su primer camiseta, esa que había amado, esa que era como su segunda piel.Ahora jugaba para el enemigo. Nadie podía ver esa foto ahora. La rompió en pedazos y la tiró. Volvió a tirarse en la cama. Le dolía todo el cuerpo, y un sabor agridulce le llenaba la boca.
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lunes, 10 de mayo de 2010
Poniendo la casa en orden
A partir de hoy publico en este blog solamente mis sublimes creaciones literarias. El resto de las entradas, dedicadas a mis autores favoritos, las voy a mudar a http://nocomaspollo.blogspot.com/
martes, 4 de mayo de 2010
Renacimiento
Justo él que había sido guapo entre los guapos, que se había ganado el respeto de los hombres y las ganas de las minas; justo él tenía que soportar estas humillaciones después de viejo. Como si la vida me estuviera haciendo una broma de mal gusto, se decía. Increíble lo que el destino traidor me tenía reservado, se decía. En aquellos tiempos hubiera aplastado a un tipo como Richard sin despeinarse, suponiendo que un personaje de la calaña de Richard hubiera tenido los huevos para enfrentarlo, lo cual era improbable, ya que Richard era un cobarde. Richard es un cobarde y yo soy un viejo de mierda, se decía. Un pobre viejo que tiene que agachar el lomo y obedecer al amo, porque si no vendría el golpe o incluso la paliza. Richard ya le había pegado varias veces, al principio, cuando el sentido de la dignidad lo llevó a intentar defender lo suyo. Eso fue al principio, a los pocos días de que escuchara los golpes en la puerta y al abrir viera a la pareja; a los pocos días de que la muchacha con cara de boba se lo quedara mirando y soltara entre temerosa y triunfante un ¿Papá? Eso fue poco después de que el hombre flaco, mal afeitado, notoriamente mayor que ella, lo mirara como una hiena a la carroña, olfateándolo, midiéndolo. Los hizo pasar y no volvieron a irse. Ella le dijo que Richard estaba sin trabajo, que no tenían a dónde ir, que había estado buscándolo desde hacía tiempo. Entonces que iba a hacer, no podía dejarlos en la calle, además se sentía en deuda con su hija, ella lo había buscado a pesar del abandono y el silencio. Con un nudo cruzándole el pecho y la garganta les dijo que sí. La perspectiva de una tregua para su soledad, de un oasis en el horizonte de sus mañanas y sus noches, desiertas desde que había muerto su esposa, le iluminaba el alma. Se instalaron y a los pocos días,cuando su hija fue a trabajar, Richard, mientras le pasaba el mate y antes de volver a apretar el cigarro entre los dedos, le dijo dame la plata, y el lo escuchó pero al principio no entendió, y la segunda vez tampoco, y apenas empezó a hacerlo después de recibir la trompada que lo desparramó contra el piso. Cuando Rita volvió y le vio la cara hinchada fue Richard el que contestó.
-Tu padre se cayó y se golpeó contra el borde de la mesa.
Ese fue el principio, después se acostumbró, ya sabía que al volver de cobrar la jubilación él iba a estar esperándolo para recibir sin un gesto el sobre.Pasaron los meses y los ritos de humillación se repetían, se sentía cada vez más viejo y más inútil, no sabía que hacer. Richard se había entronizado y disponía de su casa y de sus cosas a voluntad. Su hija volvía tarde de trabajar y siempre estaba ensimismada en sus cosas, en las cuentas, en la novela de las siete. Un día se armó de valor. Su yerno se había ido al bar y se quedó solo con Rita. Le contó lo que pasaba. Ella se quedó viéndolo, con su mirada estúpida, enrojeciendo lentamente, cambiando incredulidad por indignación. Resulta que él era el culpable de todo, y que si Richard le había pegado por algo sería, el pobre estaba pasando mal y cómo podía ser tan egoísta de no entender y pensar solamente en sí mismo y que no quería escuchar más quejas ni mentiras. Al otro día Richard se le fue encima ni bien Rita cerró la puerta. Le pegaba sin hablarle, con desprecio, casi con desinterés, como si estuviera barriendo o lavando un plato. Sintió el dolor de los golpes, el ardor de las heridas, el sabor de la sangre corriendo entre los dientes rotos, pero sobre todo sintió el miedo mezclándose con el desamparo y la impotencia. Richard había retrocedido un paso, respirando ruidosamente, tratando de recuperar el aliento. Era el momento. Sacando fuerzas no se sabe de donde se incorporó y alcanzó el florero que dormía sobre la mesa. Hubo un ruido sordo y la sangre empezó a brotar de la nariz de un Richard incrédulo y tambaleante. Como en los viejos tiempos, sintió la adrenalina llenándole el gastado cuerpo, sintió renacer aquella familiar sensación tantas veces experimentada en noches de tugurios innombrables olvidados por la historia. Feliz, rejuvenecido, exultante, vió como Richard se le abalanzaba con la cara desfigurada por la furia.
-Tu padre se cayó y se golpeó contra el borde de la mesa.
Ese fue el principio, después se acostumbró, ya sabía que al volver de cobrar la jubilación él iba a estar esperándolo para recibir sin un gesto el sobre.Pasaron los meses y los ritos de humillación se repetían, se sentía cada vez más viejo y más inútil, no sabía que hacer. Richard se había entronizado y disponía de su casa y de sus cosas a voluntad. Su hija volvía tarde de trabajar y siempre estaba ensimismada en sus cosas, en las cuentas, en la novela de las siete. Un día se armó de valor. Su yerno se había ido al bar y se quedó solo con Rita. Le contó lo que pasaba. Ella se quedó viéndolo, con su mirada estúpida, enrojeciendo lentamente, cambiando incredulidad por indignación. Resulta que él era el culpable de todo, y que si Richard le había pegado por algo sería, el pobre estaba pasando mal y cómo podía ser tan egoísta de no entender y pensar solamente en sí mismo y que no quería escuchar más quejas ni mentiras. Al otro día Richard se le fue encima ni bien Rita cerró la puerta. Le pegaba sin hablarle, con desprecio, casi con desinterés, como si estuviera barriendo o lavando un plato. Sintió el dolor de los golpes, el ardor de las heridas, el sabor de la sangre corriendo entre los dientes rotos, pero sobre todo sintió el miedo mezclándose con el desamparo y la impotencia. Richard había retrocedido un paso, respirando ruidosamente, tratando de recuperar el aliento. Era el momento. Sacando fuerzas no se sabe de donde se incorporó y alcanzó el florero que dormía sobre la mesa. Hubo un ruido sordo y la sangre empezó a brotar de la nariz de un Richard incrédulo y tambaleante. Como en los viejos tiempos, sintió la adrenalina llenándole el gastado cuerpo, sintió renacer aquella familiar sensación tantas veces experimentada en noches de tugurios innombrables olvidados por la historia. Feliz, rejuvenecido, exultante, vió como Richard se le abalanzaba con la cara desfigurada por la furia.
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