El tipo estaba ahí parado, en una esquina anónima de una ciudad desconocida de un país extraño. Llevaba un bolso atravesado en bandolera, un teléfono celular descompuesto en una mano y una bolsa conteniendo agua y un pececito rojo en la otra. Miró el teléfono con un gesto de resignación y se lo guardó en el bolsillo de la campera. Caminó de cara al decreciente sol escuchando los abruptos sonidos que ocasionalmente dejaba caer algún transeúnte.
-Puto idioma-se dijo, mientras miraba a una estatua viviente que posaba muda entre los ruidos amontonados de la tarde , inmune a la glaciar indiferencia de la gente. Se quedó unos segundos mirando los movimientos robotizados, tratando de medir el grado de alienación del momento, el suyo, el del artista, el del mundo. Dejó una moneda y siguió caminando. Sentía el balanceo del agua más allá de sus dedos, le parecía sentir que el pez aumentaba de peso cada segundo, alimentado tal vez por su impaciencia. Al llegar a la siguiente esquina se paró frente al infaltable, pulcro y discreto tacho de basura de todas las esquinas. Se paró frente a él al tiempo que levantaba la bolsa.Giró la cabeza para comprobar si alguien lo miraba. levantó la tapa y la bolsa cayó con ruido a papeles viejos. El pez lo miró sentencioso.
Después de una hora de caminar sin rumbo fijo se encontró frente a un edificio oxidado y triste. Reconoció la palabra accommodation y entró. Por dentro era más deprimente aún, con paredes donde se superponían restos de pintura descascarada, telas de araña y humedades. Dejó el bolso en la habitación y salió otra vez a la calle. Al rato vovió con una botella de vodka y un balde.
Se tiró en la cama sin desvestirse y tomó un trago largo, disfrutando el calor áspero en la garganta.
Despertó empapado de oscuridad, sintiendo en el flanco la dureza de la botella vacía. Caminó a tientas, escuchando de pronto el ruido de su pecho golpeando contra el filo de la bañera, sintiendo el crujido en la rodilla, mojándose la cara con el agua derramada. Como pudo se paró y tanteando encontró la llave de la luz. El dolor apenas lo dejaba respirar. El balde sollozante había parado de rodar. A pocos pasos, un espasmo rojo se iba aquietando. Tomó al pez por la cola y lo puso en el balde, llenándolo de agua hasta la mitad. Se sintió observado mientras orinaba, se sintió observado al volver a la cama. Se durmió a pesar del dolor, imaginando la mirada inmóvil, la boca abierta, el batir silencioso de las aletas.
Como pudo se hizo entender por el recepcionista, ayudado por el gesto universal de desplegar un billete verde frente a su cara para facilitar las cosas. Estuvo en el teléfono unos cinco minutos; mientras hablaba veía a través de las ventanas sucias el vaivén de la ciudad, ruidoso, monótono, nervioso. Colgó y volvió a su habitación, caminando con dificultad. No le llevó mucho tiempo dejar el bolso pronto. Al entrar al baño se topó con la negra silueta del balde reposando en el piso. Se asomó contemplando la basurita roja que flotaba contra el fondo negro. Metió un dedo presionando un poco contra el escurridizo cuerpo, que escapó por un costado. Se quedó mirándolo unos segundos. Volvió a juntar sus cosas. Se cruzó la correa del bolso dejándolo recostado contra la cadera, mientras miraba alrededor para ver si se había olvidado de algo. Abrió la puerta y cruzó el umbral. Entoces paró, giró ciento ochenta grados y volvió a entrar al baño. Vació el balde en el inodoro y tiró de la cadena. Vió formarse y desaparecer el breve remolino, caminó hacia la puerta y se fue sin mirar atrás.
lunes, 22 de marzo de 2010
miércoles, 13 de enero de 2010
El trofeo.
Conocí a Suárez en primero de liceo. Era un degenerado importante, lo que lo volvía bastante popular en el grupo. Le gustaba aparecerse en la clase con revistas porno y unos muñecos a pila que se ponían a copular al prenderlos, y falos con ruedas o que daban saltitos mientras recitaban algún chiste verde y sacudían la cabeza. Las mujeres de la clase lo odiaban por su tendencia a decirles guarangadas o meterles manotazos al pasar. Ese desenfado me provocaba admiración ya que yo era un verdadero papafrita a la hora de enfrentarme a alguien del sexo opuesto, incluso para las cosas más banales. Eso llevó a que desarrolláramos una relación con una estructura muy simple: el se mandaba alguna de las suyas y yo lo festejaba. Una mañana lo vi llegar a la clase con gesto exultante. Le pregunté qué le pasaba y me llevó aparte, sacando de un bolsillo unos cartones rectangulares que resultaron ser fotos. Eran tres, y mostraban simplemente una mujer desnuda en distintas poses sobre una cama. Pero lo peculiar de las fotos es que no eran de cualquier mujer, sino de Mariel, la mina más fuerte de la clase. Ella era dos años mayor que el resto de nosotros, ya que había repetido un par de veces en la escuela, y estaba muy bien desarrollada. Dueña de un poderoso busto, un culo majestuoso que hacía sufrir a cualquier pantalón que intentara contenerlo, Mariel tenía un largo pelo negro enrulado que le caía más allá de los hombros. Si bien no era muy linda, su mirada denotaba una evidente malicia, lo que la hacía más atractiva aún. Eso sumado a que tenía fama de ser más puta que las gallinas.En ese entonces me encontraba intensamente abocado a las artes masturbatorias, y Mariel era una de mis principales inspiraciones. Y repentinamente ahí la tenía, enfrente a mis ojos, mirándome desafiante, con sus maravillosas tetas apuntándome, liberadas, humedecidas. No podía salir de mi asombro. Miré maravillado a Suárez y le pregunté: -¿Cómo hiciste?
Me miró con una amplia risa silenciosa, evidentemente satisfecho con el efecto provocado. -¿Te la cogiste? -¿Y a vos que te parece? -Le debés haber pagado¿Cuánto te cobró?- Suarez arqueó la cabeza doblegado por la risa y dijo algo, pero yo no lo escuchaba, absorto en las maravillosas imágenes que se alternaban ante mis ojos. -Quiero una, le dije. -Regalame una. La situación era desopilante para el hijo de puta de Suárez. Abrió los ojos a más no poder y casi se ahoga en su propia risa. -¿Que te pensás que soy, papá noel? ¿Porque no vas y le preguntás si no quiere posar para vos? -Dale no seas sorete, tenés tres, que te hace darme una. Dejó de reirse y me miró con el gesto que yo ya conocía de pasarse la lengua por las mejillas: estaba tramando algo; y yo sería su víctima. -Hagamos una cosa, yo te doy una foto pero vos me tenés que traer una bombacha de tu hermana.-¿Qué me decís? Lo miré intentando descifrar si me estaba hablando en serio o agarrándome para la chacota. -Hecho, me escuché decir, mientras estiraba la mano para sellar ese pacto de caballeros. -Pero usada, nada de ir a comprar una y traérmela. La quiero impregnada con el olorcito de Marcela. Traemela y la foto de Mariel en pelotas es tuya. Me las mostró una vez más, apenas durante unos segundos, agua cristalina derramándose frente a un hombre a punto de morir de sed. No pude pensar en otra cosa el resto del día. Llegué a casa a encerrarme en el baño, no aguantaba más. Tenía que conseguir esa foto, y el precio no era demasiado alto después de todo. ¡Sólo tenía que esperar a que mi hermana se cambiara la bombacha, recoger el botín e ir en busca de mi soñado tesoro! Aceché a mi presa el resto del día, atento cuando entraba al baño y desilusionándome cada vez con las falsas alarmas. Hasta que finalmente llegó el momento esperado. Esperé que Marcela saliera del baño para cazar mi trofeo. Tomé la bombacha y la puse dentro de mis propios pantalones. Salí a la calle sintiendo un aire de gloria golpeándome la cara. Llamé a Suárez, no podía esperar hasta el otro día para decirle. No contestaba, intenté llamar a la casa pero tampoco tuve respuesta. Me quería matar. Me quedé un rato afuera hasta que pude serenarme un poco. El trofeo de Suárez pasó la noche bajo mi colchón mientras yo daba vueltas sobre él sin poder conciliar el sueño, las imágenes de Mariel en bolas no se iban de mi cabeza.
De pronto, no sé como, la mañana había llegado. Me levanté con unas bonitas ojeras adornándome la cara, impaciente por que llegara la hora de ir al liceo. Durante el desayuno mi hermana se deleitó bastante con mi calamitoso estado, mientras yo me regocijaba internamente con mi secretito a su costa. Evidentemente mi hermana tenía una opinión demasiado elevada de sí misma como para darle bola a un tipo como Suárez.El ya le había tirado los perros recibiendo un estruendoso desprecio como respuesta. Esa bombacha roñosa sería lo más íntimo que podría obtener de ella alguna vez. Bueno, yo iba a darle lo que él quería y obtendría a cambio mi ansiado premio. LLegué y busqué inmediatamente a mi amigo. -¿Cómo anda la cosa? -Tengo lo que me pediste-disparé las palabras casi sin dejarlo respirar. -¡A ver!?-dijo arqueando una ceja. Se la di y la quedó mirando unos segundos. Se la pasó por la cara mientras la satisfacción se hacía visible en sus gestos. -Muy bien, muy bien- empezó a caminar con la bombacha en la mano, parecía haberse olvidado de mi presencia.-Bueno, ahora dame mi foto. -¿Tu foto?-parecía no entender lo que le pedía. -Si, ese era el trato no?-una nota de histeria incipiente modulaba mis palabras. -Ah, si, pero no las traje, después de clase pasamos por casa y te la doy.-hablaba sin mirarme, siempre caminando con la bombacha en la mano. -¿A dónde vas?-una campana de alarma empezó a sonar en mi cabeza. Estábamos casi en la puerta de la clase de Marcela. -No, pará,¿qué vas a hacer? Lo agarré de un brazo mientras hablaba pero por toda respuesta recibí un empujón que me hizo rebotar contra el piso. Me levanté y corrí pero el ya había entrado al salón y antes de que pudiera alcanzarlo escuché las palabras.-Te traje esto que te olvidaste anoche-dijo Suárez enarbolando la bombacha como una bandera mientras una sonrisa de triunfo le surcaba la cara. Una docena de ojos lo miraban atónitos, entre ellos los de mi hermana, sumidos por un segundo en la estupidez de la incomprensión. Entonces reconoció el trapo que flameaba frente a ella, y al mismo tiempo que enrojecía como un tomate me vió atrás de Suárez, impotente, horrorizado. Sentí que la sangre se me evaporaba del cuerpo, una náusea me recorrió desde el fondo de la médula, y al mirarla, al darme cuenta que ella ya lo había entendido todo, mientras las desmesuradas carcajadas adolescentes explotaban a nuestro alrededor, supe que me había metido en problemas. -
Me miró con una amplia risa silenciosa, evidentemente satisfecho con el efecto provocado. -¿Te la cogiste? -¿Y a vos que te parece? -Le debés haber pagado¿Cuánto te cobró?- Suarez arqueó la cabeza doblegado por la risa y dijo algo, pero yo no lo escuchaba, absorto en las maravillosas imágenes que se alternaban ante mis ojos. -Quiero una, le dije. -Regalame una. La situación era desopilante para el hijo de puta de Suárez. Abrió los ojos a más no poder y casi se ahoga en su propia risa. -¿Que te pensás que soy, papá noel? ¿Porque no vas y le preguntás si no quiere posar para vos? -Dale no seas sorete, tenés tres, que te hace darme una. Dejó de reirse y me miró con el gesto que yo ya conocía de pasarse la lengua por las mejillas: estaba tramando algo; y yo sería su víctima. -Hagamos una cosa, yo te doy una foto pero vos me tenés que traer una bombacha de tu hermana.-¿Qué me decís? Lo miré intentando descifrar si me estaba hablando en serio o agarrándome para la chacota. -Hecho, me escuché decir, mientras estiraba la mano para sellar ese pacto de caballeros. -Pero usada, nada de ir a comprar una y traérmela. La quiero impregnada con el olorcito de Marcela. Traemela y la foto de Mariel en pelotas es tuya. Me las mostró una vez más, apenas durante unos segundos, agua cristalina derramándose frente a un hombre a punto de morir de sed. No pude pensar en otra cosa el resto del día. Llegué a casa a encerrarme en el baño, no aguantaba más. Tenía que conseguir esa foto, y el precio no era demasiado alto después de todo. ¡Sólo tenía que esperar a que mi hermana se cambiara la bombacha, recoger el botín e ir en busca de mi soñado tesoro! Aceché a mi presa el resto del día, atento cuando entraba al baño y desilusionándome cada vez con las falsas alarmas. Hasta que finalmente llegó el momento esperado. Esperé que Marcela saliera del baño para cazar mi trofeo. Tomé la bombacha y la puse dentro de mis propios pantalones. Salí a la calle sintiendo un aire de gloria golpeándome la cara. Llamé a Suárez, no podía esperar hasta el otro día para decirle. No contestaba, intenté llamar a la casa pero tampoco tuve respuesta. Me quería matar. Me quedé un rato afuera hasta que pude serenarme un poco. El trofeo de Suárez pasó la noche bajo mi colchón mientras yo daba vueltas sobre él sin poder conciliar el sueño, las imágenes de Mariel en bolas no se iban de mi cabeza.
De pronto, no sé como, la mañana había llegado. Me levanté con unas bonitas ojeras adornándome la cara, impaciente por que llegara la hora de ir al liceo. Durante el desayuno mi hermana se deleitó bastante con mi calamitoso estado, mientras yo me regocijaba internamente con mi secretito a su costa. Evidentemente mi hermana tenía una opinión demasiado elevada de sí misma como para darle bola a un tipo como Suárez.El ya le había tirado los perros recibiendo un estruendoso desprecio como respuesta. Esa bombacha roñosa sería lo más íntimo que podría obtener de ella alguna vez. Bueno, yo iba a darle lo que él quería y obtendría a cambio mi ansiado premio. LLegué y busqué inmediatamente a mi amigo. -¿Cómo anda la cosa? -Tengo lo que me pediste-disparé las palabras casi sin dejarlo respirar. -¡A ver!?-dijo arqueando una ceja. Se la di y la quedó mirando unos segundos. Se la pasó por la cara mientras la satisfacción se hacía visible en sus gestos. -Muy bien, muy bien- empezó a caminar con la bombacha en la mano, parecía haberse olvidado de mi presencia.-Bueno, ahora dame mi foto. -¿Tu foto?-parecía no entender lo que le pedía. -Si, ese era el trato no?-una nota de histeria incipiente modulaba mis palabras. -Ah, si, pero no las traje, después de clase pasamos por casa y te la doy.-hablaba sin mirarme, siempre caminando con la bombacha en la mano. -¿A dónde vas?-una campana de alarma empezó a sonar en mi cabeza. Estábamos casi en la puerta de la clase de Marcela. -No, pará,¿qué vas a hacer? Lo agarré de un brazo mientras hablaba pero por toda respuesta recibí un empujón que me hizo rebotar contra el piso. Me levanté y corrí pero el ya había entrado al salón y antes de que pudiera alcanzarlo escuché las palabras.-Te traje esto que te olvidaste anoche-dijo Suárez enarbolando la bombacha como una bandera mientras una sonrisa de triunfo le surcaba la cara. Una docena de ojos lo miraban atónitos, entre ellos los de mi hermana, sumidos por un segundo en la estupidez de la incomprensión. Entonces reconoció el trapo que flameaba frente a ella, y al mismo tiempo que enrojecía como un tomate me vió atrás de Suárez, impotente, horrorizado. Sentí que la sangre se me evaporaba del cuerpo, una náusea me recorrió desde el fondo de la médula, y al mirarla, al darme cuenta que ella ya lo había entendido todo, mientras las desmesuradas carcajadas adolescentes explotaban a nuestro alrededor, supe que me había metido en problemas. -
viernes, 1 de enero de 2010
Canillas.
Don Pedro puso los dientes dentro del vaso sobre la mesa de luz y apagó la portátil. Estuvo escuchando tangos en la Spica hasta que sintió que el sueño estaba a punto de vencerlo. Apagó la radio y se desparramó sobre la cama. Entonces escuchó la gota cayendo.
Maldijo a la canilla que había quedado mal cerrada. Intentó ignorar el golpeteo cansino que se repetía indefinidamente, se dió media vuelta para reafirmar su determinación de dormirse.Con fastidio pudo verificar que el insignificante sonido crecía hasta convertirse en un martilleo que lo alejaba cada vez más del sueño. Resignado se incorporó, prendió la luz y se calzó las pantuflas. Caminó hasta el baño antes de darse cuenta que no había más ruido que el de sus pasos. Miró el duchero y la pileta. Caminó hasta la cocina para comprobar que las canillas estaban perfectamente cerradas. El silencio atronaba en medio de la noche. Masticó unas puteadas y volvió a la cama. Algunos segundos después de apoyar la cabeza en la almohada volvió a escuchar el inequívoco sonido de la gota golpeando contra una superficie dura. Esta vez la puteada sonó firme y redonda a todo lo ancho de su boca. Se puso boca abajo y apretó la almohada contra la cabeza pero el sonido, dotado de una malicia insospechada, serpenteaba impávido a través de su algodonoso obstáculo impactando finalmente contra sus oídos. Repitió los movimientos de unos minutos antes sólo para verificar, una vez recorrida la distancia que lo separaba del baño, que ya no había sonido, que todas las canillas estaban cerradas. Tanteó las canillas, se quedó mirándolas como esperando algo de su parte, como si las frías piezas de metal fueran a cobrar vida para brindarle una explicación satisfactoria. Resignado recorrió el camino de retorno al cuarto.
Esta vez sintió el ruido corto e inequívoco justo después de apoyar la cabeza en la almohada. Suspiró mirando la nada negra que se extendía frente a sus ojos. Le temblaban las manos, sentía la garganta seca. Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un blister de pastillas celestes. Mientras se metía una en la boca trató de pensar en algo que pusiera a la situación en coordenadas racionales, quiso aguzar el oído para definir en su cabeza la dirección, la distancia, el origen de su tortura. Lo único que podía determinarse es que el ruido venía más allá de la puerta del cuarto. Se levantó una vez más pero al llegar a la puerta el ruido se detuvo. "Me estoy volviendo loco", se dijo. Se dejó caer en la cama asumiendo el retorno del ruido como se asume que saldrá el sol en la mañana. "Tengo que pensar en algo, distraerme." Prendió la radio con la desesperación en la punta de los dedos, el ominoso golpeteo se filtraba irreversible entre los compases de las orquestas. Subió el volumen inútilmente. Se levantó y salió a cerrar el pase del agua. "Cómo no se me ocurrió antes". Recorrió su breve casa de jubilado esperando encontrar una fisura en el techo que le pusiera algo de lógica a la situación, pero no encontró nada. Al llegar nuevamente a la puerta del cuarto tuvo miedo de entrar. Se quedó parado en el umbral, cansado, sin sueño y con miedo. Flecos de sudor le corrían por los costados del torso. Fué hasta el sofá y prendió la tv como por inercia. En la pantalla apareció un encorbatado regordete con acento brasilero hablando del poder de cristo para asegurar riqueza. En los otros canales la gente apostaba a derrotar la soledad a través del telechat. Empezó a volverle el sueño. Pensó que estaba siendo irracional, necesitaba dormir, necesitaba acostarse en su cama.
Apoyó la cabeza en la almohada con avidez, se vió a si mismo en su mente cayendo en cámara lenta sobre las sábanas. Esta vez recibió el goteo con una sonrisa inmóvil y amarga. No quiso pensar en nada, no intentó levantarse, simplemene dejó que las gotas cayeran, se rompieran y se desparramaran. Sintió que el sonido crecía y se extendía rodeándolo, el golpe acompasado se cernía un instante, burlón, inclinándose hacia él, midiéndolo, creciendo en el silencio hasta golpear finalmente entre las rocas desgastadas de su pecho.
Lo encontró un vecino al otro día. Tenía una llave inglesa oprimida entre los dedos agarrotados de una mano, y a los pies de la cama las canillas de la casa reunidas, mudas, ya desangradas de sus últimas lágrimas.
Maldijo a la canilla que había quedado mal cerrada. Intentó ignorar el golpeteo cansino que se repetía indefinidamente, se dió media vuelta para reafirmar su determinación de dormirse.Con fastidio pudo verificar que el insignificante sonido crecía hasta convertirse en un martilleo que lo alejaba cada vez más del sueño. Resignado se incorporó, prendió la luz y se calzó las pantuflas. Caminó hasta el baño antes de darse cuenta que no había más ruido que el de sus pasos. Miró el duchero y la pileta. Caminó hasta la cocina para comprobar que las canillas estaban perfectamente cerradas. El silencio atronaba en medio de la noche. Masticó unas puteadas y volvió a la cama. Algunos segundos después de apoyar la cabeza en la almohada volvió a escuchar el inequívoco sonido de la gota golpeando contra una superficie dura. Esta vez la puteada sonó firme y redonda a todo lo ancho de su boca. Se puso boca abajo y apretó la almohada contra la cabeza pero el sonido, dotado de una malicia insospechada, serpenteaba impávido a través de su algodonoso obstáculo impactando finalmente contra sus oídos. Repitió los movimientos de unos minutos antes sólo para verificar, una vez recorrida la distancia que lo separaba del baño, que ya no había sonido, que todas las canillas estaban cerradas. Tanteó las canillas, se quedó mirándolas como esperando algo de su parte, como si las frías piezas de metal fueran a cobrar vida para brindarle una explicación satisfactoria. Resignado recorrió el camino de retorno al cuarto.
Esta vez sintió el ruido corto e inequívoco justo después de apoyar la cabeza en la almohada. Suspiró mirando la nada negra que se extendía frente a sus ojos. Le temblaban las manos, sentía la garganta seca. Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un blister de pastillas celestes. Mientras se metía una en la boca trató de pensar en algo que pusiera a la situación en coordenadas racionales, quiso aguzar el oído para definir en su cabeza la dirección, la distancia, el origen de su tortura. Lo único que podía determinarse es que el ruido venía más allá de la puerta del cuarto. Se levantó una vez más pero al llegar a la puerta el ruido se detuvo. "Me estoy volviendo loco", se dijo. Se dejó caer en la cama asumiendo el retorno del ruido como se asume que saldrá el sol en la mañana. "Tengo que pensar en algo, distraerme." Prendió la radio con la desesperación en la punta de los dedos, el ominoso golpeteo se filtraba irreversible entre los compases de las orquestas. Subió el volumen inútilmente. Se levantó y salió a cerrar el pase del agua. "Cómo no se me ocurrió antes". Recorrió su breve casa de jubilado esperando encontrar una fisura en el techo que le pusiera algo de lógica a la situación, pero no encontró nada. Al llegar nuevamente a la puerta del cuarto tuvo miedo de entrar. Se quedó parado en el umbral, cansado, sin sueño y con miedo. Flecos de sudor le corrían por los costados del torso. Fué hasta el sofá y prendió la tv como por inercia. En la pantalla apareció un encorbatado regordete con acento brasilero hablando del poder de cristo para asegurar riqueza. En los otros canales la gente apostaba a derrotar la soledad a través del telechat. Empezó a volverle el sueño. Pensó que estaba siendo irracional, necesitaba dormir, necesitaba acostarse en su cama.
Apoyó la cabeza en la almohada con avidez, se vió a si mismo en su mente cayendo en cámara lenta sobre las sábanas. Esta vez recibió el goteo con una sonrisa inmóvil y amarga. No quiso pensar en nada, no intentó levantarse, simplemene dejó que las gotas cayeran, se rompieran y se desparramaran. Sintió que el sonido crecía y se extendía rodeándolo, el golpe acompasado se cernía un instante, burlón, inclinándose hacia él, midiéndolo, creciendo en el silencio hasta golpear finalmente entre las rocas desgastadas de su pecho.
Lo encontró un vecino al otro día. Tenía una llave inglesa oprimida entre los dedos agarrotados de una mano, y a los pies de la cama las canillas de la casa reunidas, mudas, ya desangradas de sus últimas lágrimas.
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miércoles, 23 de septiembre de 2009
martes, 15 de septiembre de 2009
Michael Jackson vive y está en Uruguay.
La mujer tenía muy buen cuerpo. Se notaban las horas y los años de gimnasio en las curvas pronunciadas de las ancas, el esfuerzo invertido en la lucha contra el tiempo a base de refresco light y comida insulsa. Le gustaba andar con ropa deportiva y con el marido, o no tenía más remedio, yo que sé. Desde el principio hubo algo en ella que me llamó la atención, pero no pude definir qué. Esto es habitual en mí, me pasa todo el tiempo. No sé si es una consecuencia natural del paso de los años, pero todo el tiempo veo caras que me resultan conocidas. ¿Será que he visto tantas caras en mi vida que es inevitable que cada cara nueva me remita a otra(o la misma) ya vista anteriormente, o que mi sistema nervioso se deteriora a pasos agigantados? Seguramente las dos cosas. La cuestión es que volví a ver a la mujer los siguientes días y la sensación de deja vu no hizo sino acentuarse. Hasta que me vino la revelación, como suelen suceder las revelaciones, en un momento cualquiera, sin que la buscara ni la esperara. Yo estaba parado atrás de las cajas y ella en la fila con el carrito y el marido con cara de tengo todo lo que me propuse en la vida. Entonces me di cuenta. No necesité mirarla dos veces. ¡Tenía la cara de Michael Jackson! Era Michael Jackson con cuerpo de mujer, como esos seres espantosos de los mitos griegos, como una horrible esfinge posmoderna. Me quedé pasmado mirándola, refregándome los ojos para disipar una posible alucinación. No cabía duda, los mismos pómulos, los ojos chiquitos, los labios finos y largos, el color extraño de la piel. La sensación subsecuente es difícil de describir. Me imaginé al marido mirando esa cara de mañana al despertar, al hacer el amor(¡que momento!), escuchando las palabras saliendo de la boca de Michael. "Hay que comprar papel higiénico"; "me salió un grano en la axila"; "¿Vamos al cine el sábado?". Me imaginé a la pobre mujer sabiendo que la gente la miraba y se reía al darles la espalda, todo el tiempo. Me la imaginé planeando hacerle un juicio a Michael por plagio de cara, o quizás habría sido al revés, ella se había comprado esa cara como homenaje a su ídolo de juventud. ¿Sabrá hacer la caminata lunar?
martes, 11 de agosto de 2009
El juego de tu vida
Uno de los recursos que la televisión ha usado asiduamente desde sus inicios es el de los concursos de preguntas y respuestas. El formato tradicional, ejemplificado en películas como "The quiz show" y "Quien quiere ser millonario" o en el mítico "Martini pregunta", es el de premiar la cultura general o bien la erudición en un determinado tema. Ha habido de todo, desde el plin plin plin de Héctor Larrea hasta el exigente concurso de Martini dónde podían llegar a preguntarte qué le dió de comer Aparicio Saravia a su caballo la mañana de Masoller. Con la llegada del reality la cosa ha cambiado bastante. Ahora ya no interesa lo que el concursante sepa, sino el concursante en sí mismo, su intimidad, lo que piensa, lo que hace. Se trata de someter a conejillos de indias a experimentos filmados para después enfrentarlos al juicio de un tribunal que pueden ser sus propios compañeros o el público. Uniendo la tradición del concurso de preguntas y respuestas con el furor del reality aparece "El juego de tu vida", programa español donde los concursantes son sometidos a preguntas comprometedoras que deben responder con la verdad para seguir en el concurso hasta llegar al premio máximo de 100000 euros. Sólo vi el programa una vez, y no creo que vuelva a hacerlo, y no me quedó claro el procedimiento para establecer si una respuesta es verdad o mentira. Supuestamente se usa un polígrafo, pero el concursante no tiene a la vista ningún electrodo o mecanismo conectado a su cuerpo. Aún si así fuera, este aparatejo no es totalmente fiable(hay quien dice que puede tener una precisión de un 95% pero eso igual deja un margen de error por mínimo que sea). También se dice que el programa tiene un grupo de investigadores encargados de averiguar los detalles escabrosos de la vida del participante. En todo caso la decisión del programa es inapelable.Una voz en off se encarga de decir "eso es mentira" o "eso es verdad" al mismo tiempo que aparecen las palabras verdad o mentira en una pantalla. Muy simple. El programa parte de la base de que todos ocultamos algo y de que hay gente capaz de cualquier cosa por plata. Me resulta difícil decir si todo es verdadero o pura ficción y los concursantes y sus familiares son sólo actores siguiendo un libreto. Usando el sentido común habría que inclinarse por lo último porque¿quién puede estar dispuesto a arruinar su vida y la de sus seres queridos a cambio de algunos billetes? Reconociendo que sí, que hay gente capaz de cualquier cosa por plata, el monto del premio parece poco para el sacrificio exigido. Hay gente que ha confesado desear la muerte de su padre o madre, que le puso los cuernos a su pareja, que sintió verguenza de ésta en algún momento y hasta que cometió algún delito(por ahora robos y fraudes pero quién sabe, quizás alguno se anime a confesar un homicidio). Todo esto mientras el progenitor o el cornudo/a en cuestión asiste a la confesión a pocos metros con una cámara registrando cada signo de decepción, rabia y dolor. Mientras, en su casa, el televidente se mata de risa. El concursante no tiene escape, puede negarse a responder pero eso no mejora las cosas(¿Le da asco su marido? Prefiero no responder. ¿Qué puede pensar el marido?), y si responde algo que no lo deje mal parado invariablemente pierde, lo que equivale a la confesión(¿Le pegó alguna vez a su madre? No. ESO ES MENTIRA.)Quizás si pagaran al menos medio milloncito el programa sería más creíble(todos somos putos, sólo tienen que encontrarnos el precio, decía una sabia frase). Pero quién sabe, quizás todo sea real después de todo. Si es así hay que reconocerle al juego de tu vida el mérito de haber alcanzado un nivel difícilmente igualable de degradación de la dignidad humana. Merece sin dudas un puesto destacado en el ranking de la televisión basura. Recomendable para que lo vean los niños, así van viendo cómo es la gente.
miércoles, 5 de agosto de 2009
Seasons in the sun.
La voz de Kurt Cobain, melancólica, desgarrada, sobrecogedora, se adueña de la tarde de domingo sin encontrar resistencia. Se fija en las manchadas paredes del cuarto de pensión, rota, se eleva, escapa hasta mezclarse con el ladrido hastiado que llega de alguna parte.
Ella se fue hace una hora, o un día, o un año, da lo mismo. Da lo mismo porque lo que importa en realidad es este ahora, este yo sin ella desde ahora y para siempre; este ser que piensa, no en el futuro porque no existe, sino en ese pasado que tenía escrito su fracaso en la última carta. Lo que importa, y no sé si importa, es la ceremonia que involucra a un hombre abandonado, una tarde de domingo, la voz de Kurt Cobain, los ladridos, las paredes de la pensión. Sé que nada ha cambiado, el mundo sigue girando, la locura y el furor son los mismos, sólo yo cambié, yo, ahora imperceptiblemente más mezquino, desesperanzado y sangrando por una herida invisible e irreversible.
Si, Kurt, quién mejor que vos podría cantarle como se debe a una tarde de domingo en que ya nada importa.
Ella se fue hace una hora, o un día, o un año, da lo mismo. Da lo mismo porque lo que importa en realidad es este ahora, este yo sin ella desde ahora y para siempre; este ser que piensa, no en el futuro porque no existe, sino en ese pasado que tenía escrito su fracaso en la última carta. Lo que importa, y no sé si importa, es la ceremonia que involucra a un hombre abandonado, una tarde de domingo, la voz de Kurt Cobain, los ladridos, las paredes de la pensión. Sé que nada ha cambiado, el mundo sigue girando, la locura y el furor son los mismos, sólo yo cambié, yo, ahora imperceptiblemente más mezquino, desesperanzado y sangrando por una herida invisible e irreversible.
Si, Kurt, quién mejor que vos podría cantarle como se debe a una tarde de domingo en que ya nada importa.
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