sábado, 29 de noviembre de 2014

Títeres



He vivido con mi padre desde que tengo memoria. Por otra parte, jamás conocí a mi madre. Mi padre nunca habló de ella, a menos que yo le preguntara, y aún así sus recuerdos eran parcos y evasivos, como desdibujados por la erosión del tiempo o las ganas de olvido. Jamás fui a la escuela. No recuerdo haber salido de mi casa alguna vez sin haber sido acompañado por mi padre. Él me enseñó a leer, y todo lo que sé del mundo lo aprendí leyendo los cientos de libros que pernoctan desde tiempos inmemoriales en nuestra casa.
La mayor parte del año lo pasábamos recorriendo pueblos, villas, barrios y parajes a lo ancho y largo del país. Llegábamos, dábamos algunas funciones y nos íbamos en busca de una nueva audiencia. No hay camino, por apartado o siniestro que sea, que no nos haya visto pasar con nuestra vieja camioneta, de ida y de vuelta, con sol y con lluvia, de noche y de día.    Debo decir que nuestras presentaciones eran exitosas, la gente se veía envuelta, sus emociones afloraban hasta tomar el control de sus reacciones. Recuerdo un año en que representamos “La dama de las camelias”. Al terminar la obra la gente no podía parar de llorar. Se abrazaban para darse consuelo mutuo, conmovidos hasta la médula por la suerte de la pobre Margarita. En otra ocasión debimos suspender las funciones de una obra sobre la Revolución Francesa, porque el público, contagiado del fervor revolucionario que llegaba desde el escenario, se transformaba en turba enfurecida que salía a incendiar comisarías, iglesias y edificios gubernamentales al grito de “¡Libertad, igualdad, fraternidad!” La risa, el llanto, la ira, el asco, la lujuria, el miedo, en fin, todos los estados del alma humana han sido deliberadamente provocados por nuestras presentaciones. En ellas he visto gente desmayarse, orinarse encima, gritar de angustia, golpearse, copular con frenesí, empezar a creer y a descreer.
                                                                                              
Cuando llegaba el invierno nos refugiábamos en nuestra casa. Allí, en medio del campo, alejados de las distracciones de la vida urbana, preparábamos los nuevos espectáculos y fabricábamos los títeres a quienes acompañaríamos en la siguiente gira. Mi padre pasaba días enteros en la tarea. Yo permanecía a su lado, ayudándolo y mirándolo trabajar. La fabricación de marionetas no es algo tan sencillo como podría suponerse. Cada detalle cuenta para obtener el resultado deseado. El material, la dedicación, las herramientas, pero por sobre todo la técnica. Todavía suena en mi cabeza el mantra de la voz de mi padre exponiendo su doctrina al respecto:
-Nosotros no fabricamos sillas ni platos, no hay lugar para la negligencia en nuestro arte, porque cualquier inexactitud lo condena al fracaso.  La obra teatral no puede plasmarse exitosamente sobre el escenario sin los intérpretes adecuados.
 Mi padre decía que el títere es mejor que el actor de carne y hueso, porque éste, por bueno que sea, jamás va a encajar plenamente en su papel, jamás podría el actor aniquilar completamente su personalidad, despojarse por completo de sus rasgos, sus gestos, sus movimientos, sus pensamientos, en fin, de todo aquello que no corresponde al carácter del personaje que está interpretando. En cambio el títere es la encarnación material del personaje que previamente sólo existe como idea. Cuando está bien hecho, el títere no interpreta un personaje, es el personaje. Mi padre creía que la marioneta guía al titiritero y no al revés. El titiritero es irrelevante, simplemente un mecanismo al servicio de la obra. Por eso se tomaba muy en serio la fabricación de los títeres. Los iba construyendo sin descuidar el mínimo detalle, desde los materiales, las herramientas, el mismo proceso de elaboración, hasta los factores ambientales que lo predisponían: clima, música, hora del día.
-Cualquier distracción, cualquier elemento que sea dejado al azar puede significar una alteración indeseada en el alma del títere en proceso de nacer.
Recuerdo la primera vez que me permitió trabajar en la fabricación de un títere. Tenía que hacer un payaso, un personaje retorcido que detrás de su apariencia de alegría gratuita escondía un alma torturada y amarga. Después de tres horas de trabajo, bañado en sudor, exhausto por la tensión que me provocaba la mirada silenciosa de mi maestro mientras trabajaba, terminé. Me pareció que había hecho un buen trabajo. Ciertamente frente a nuestros ojos había un payaso. Miré ansioso a mi padre esperando su veredicto. Tomó el muñeco y lo miró con frialdad.
 -Esto es un pedazo de trapo pintado- dijo, y lo tiró al piso. Sin mirarme, como si yo no estuviera ahí, empezó a fabricar él mismo el títere. Trabajaba con la concentración de un cirujano, y con la misma precisión. Por momentos sus manos parecían cobrar vida propia mientras cortaban, torcían, pegaban, pintaban, cosían. En otros, mi padre quedaba paralizado varios minutos sin hacer otra cosa que mirar y respirar, ajeno a todo, con la mirada clavada sobre la obra en curso. Finalmente, cuando ya las tinieblas cabalgaban en lo profundo del cielo, me puso el resultado de su trabajo frente a mi cara.
-Miralo- me dijo. Lo miré, y al principio no vi demasiadas diferencias con el que yo había construido. Era un muñeco de trapo con cara de payaso, nada más que eso. Pero entonces vi algo más. En el fondo de sus pintadas pupilas brillaba un aire de burla. Sentí como si se estuviera riendo de mí. Me miraba fijamente hasta casi hipnotizarme. Su boca parecía a punto de explotar en una carcajada. Retrocedí instintivamente. La mirada del muñeco me siguió. Su rostro completo parecía haber adquirido una expresión maligna de tal magnitud que sentí una presión angustiosa en el pecho.
-Está bien- dijo mi padre, rompiendo el hechizo-Ya viste la diferencia.
Jamás nos deshacíamos de un títere. Cuando terminaba la temporada los guardábamos en un lugar especial de la casa llamado el mausoleo. Yo era el encargado de mantenerlo. Debía cuidar que los títeres no acumularan polvo, y que la humedad y la temperatura fueran las ideales para su conservación. El espectáculo al entrar al mausoleo era impresionante. Después de maniobrar con una puerta de hierro tan maciza y densa como la aprensión que provocaba contemplarla, uno parecía encontrarse ante las fauces de un animal inmenso. Las tímidas luces desgajadas en diversos tramos del lugar apenas servían para mitigar esa sensación horrible. Perpendiculares a la puerta, y paralelas entre sí, se elevaban vetustas estanterías de madera, quedando entre ellas angostos pasillos que apenas permitían el paso de un hombre. Allí, prolijamente alineados, silenciosos hasta lo opresivo, descansaban los viejos títeres. Al caminar ahí dentro se podía sentir que algo inminente e inevitable estaba por suceder. La sensación de claustrofobia era intensa, los muñecos parecían observar al intruso, amenazándolo con la mirada, como si  estuvieran esperando el momento de abalanzarse al unísono sobre el usurpador de su descanso. No podía evitar caminar en puntas de pies cuando entraba allí, hasta que pasados unos minutos me convencía de que nada iba a pasar, de que los títeres no tenían intención de quebrar su inmovilidad, y de que eran mis amigos.

Algunas noches atrás mi padre enfermó. Postrado en su cama me  llamó y me dijo que yo estaba pronto para seguir adelante con la tradición, que había aprendido todo lo que él era capaz de enseñarme y que desde ese momento en adelante debería continuar  mi aprendizaje solo. También me dijo que era necesario que tuviera un heredero al cual debería transmitirle mis conocimientos como él lo había hecho conmigo, su padre con él y así sucesivamente desde el comienzo del tiempo. Entonces me dio la llave que llevaba colgada en el cuello y me ordenó que abriera el baúl que yacía bajo su cama, ya que él no tenía fuerzas para hacerlo. Lo hice, y al abrirlo vi un libro dentro. Era el más grande que yo hubiera visto jamás, de tapas inconcebiblemente gruesas, sin inscripciones en la cubierta. Daba una impresión de objeto tenebroso e inhumano.
-Es hora de que aprendas los secretos de nuestro arte. Hasta ahora has aprendido mucho, pero eso es nada comparado con lo que te va a enseñar ese libro. Me queda algo más para decirte, mi obligación como padre me obliga a finalmente contarte tu historia. Un hombre no está completo si no es consciente de su identidad.
Yo lo escuchaba silencioso en la aturdida noche, y silencioso me recibió el amanecer. Finalmente, mi padre calló. Sus párpados desfallecieron, su cabeza giró a un costado, como si una mano invisible hubiera cortado los hilos que la sostenían, y dejó de respirar. Quedé mirando los despojos del único ser que había amado, ese ser hecho de magia y energía, ahora desvencijado e inmóvil, ni siquiera una burla de sí mismo. No sólo él había muerto, yo mismo era otro, las palabras de mi padre habían horadado mi alma profundamente, resquebrajando la sustancia de lo que yo había creído ser hasta el momento.
Con el paso de los días la sensación de desamparo y estupefacción se fue atenuando. Finalmente, una mañana, me decidí. Levanté con esfuerzo el pesado tomo y lo puse sobre una mesa. Abrí con un temor atenazante la adusta tapa y me sumergí en la lectura. Todo estaba ahí, los arcanos mayores y los menores sobre el arte del titiritero. Yo era ahora el guardián de esos secretos. Una ola de vértigo me abrazó. En ese momento empecé a trabajar. Debía dar vida al títere más importante de mi vida, el que llamaría mi hijo, el que sería mi aprendiz, el que me sucedería en el momento en que sintiera la necesidad de ir a descansar al mausoleo con mi padre, mis antepasados, y el resto de los títeres muertos.