sábado, 29 de noviembre de 2014

Títeres



He vivido con mi padre desde que tengo memoria. Por otra parte, jamás conocí a mi madre. Mi padre nunca habló de ella, a menos que yo le preguntara, y aún así sus recuerdos eran parcos y evasivos, como desdibujados por la erosión del tiempo o las ganas de olvido. Jamás fui a la escuela. No recuerdo haber salido de mi casa alguna vez sin haber sido acompañado por mi padre. Él me enseñó a leer, y todo lo que sé del mundo lo aprendí leyendo los cientos de libros que pernoctan desde tiempos inmemoriales en nuestra casa.
La mayor parte del año lo pasábamos recorriendo pueblos, villas, barrios y parajes a lo ancho y largo del país. Llegábamos, dábamos algunas funciones y nos íbamos en busca de una nueva audiencia. No hay camino, por apartado o siniestro que sea, que no nos haya visto pasar con nuestra vieja camioneta, de ida y de vuelta, con sol y con lluvia, de noche y de día.    Debo decir que nuestras presentaciones eran exitosas, la gente se veía envuelta, sus emociones afloraban hasta tomar el control de sus reacciones. Recuerdo un año en que representamos “La dama de las camelias”. Al terminar la obra la gente no podía parar de llorar. Se abrazaban para darse consuelo mutuo, conmovidos hasta la médula por la suerte de la pobre Margarita. En otra ocasión debimos suspender las funciones de una obra sobre la Revolución Francesa, porque el público, contagiado del fervor revolucionario que llegaba desde el escenario, se transformaba en turba enfurecida que salía a incendiar comisarías, iglesias y edificios gubernamentales al grito de “¡Libertad, igualdad, fraternidad!” La risa, el llanto, la ira, el asco, la lujuria, el miedo, en fin, todos los estados del alma humana han sido deliberadamente provocados por nuestras presentaciones. En ellas he visto gente desmayarse, orinarse encima, gritar de angustia, golpearse, copular con frenesí, empezar a creer y a descreer.
                                                                                              
Cuando llegaba el invierno nos refugiábamos en nuestra casa. Allí, en medio del campo, alejados de las distracciones de la vida urbana, preparábamos los nuevos espectáculos y fabricábamos los títeres a quienes acompañaríamos en la siguiente gira. Mi padre pasaba días enteros en la tarea. Yo permanecía a su lado, ayudándolo y mirándolo trabajar. La fabricación de marionetas no es algo tan sencillo como podría suponerse. Cada detalle cuenta para obtener el resultado deseado. El material, la dedicación, las herramientas, pero por sobre todo la técnica. Todavía suena en mi cabeza el mantra de la voz de mi padre exponiendo su doctrina al respecto:
-Nosotros no fabricamos sillas ni platos, no hay lugar para la negligencia en nuestro arte, porque cualquier inexactitud lo condena al fracaso.  La obra teatral no puede plasmarse exitosamente sobre el escenario sin los intérpretes adecuados.
 Mi padre decía que el títere es mejor que el actor de carne y hueso, porque éste, por bueno que sea, jamás va a encajar plenamente en su papel, jamás podría el actor aniquilar completamente su personalidad, despojarse por completo de sus rasgos, sus gestos, sus movimientos, sus pensamientos, en fin, de todo aquello que no corresponde al carácter del personaje que está interpretando. En cambio el títere es la encarnación material del personaje que previamente sólo existe como idea. Cuando está bien hecho, el títere no interpreta un personaje, es el personaje. Mi padre creía que la marioneta guía al titiritero y no al revés. El titiritero es irrelevante, simplemente un mecanismo al servicio de la obra. Por eso se tomaba muy en serio la fabricación de los títeres. Los iba construyendo sin descuidar el mínimo detalle, desde los materiales, las herramientas, el mismo proceso de elaboración, hasta los factores ambientales que lo predisponían: clima, música, hora del día.
-Cualquier distracción, cualquier elemento que sea dejado al azar puede significar una alteración indeseada en el alma del títere en proceso de nacer.
Recuerdo la primera vez que me permitió trabajar en la fabricación de un títere. Tenía que hacer un payaso, un personaje retorcido que detrás de su apariencia de alegría gratuita escondía un alma torturada y amarga. Después de tres horas de trabajo, bañado en sudor, exhausto por la tensión que me provocaba la mirada silenciosa de mi maestro mientras trabajaba, terminé. Me pareció que había hecho un buen trabajo. Ciertamente frente a nuestros ojos había un payaso. Miré ansioso a mi padre esperando su veredicto. Tomó el muñeco y lo miró con frialdad.
 -Esto es un pedazo de trapo pintado- dijo, y lo tiró al piso. Sin mirarme, como si yo no estuviera ahí, empezó a fabricar él mismo el títere. Trabajaba con la concentración de un cirujano, y con la misma precisión. Por momentos sus manos parecían cobrar vida propia mientras cortaban, torcían, pegaban, pintaban, cosían. En otros, mi padre quedaba paralizado varios minutos sin hacer otra cosa que mirar y respirar, ajeno a todo, con la mirada clavada sobre la obra en curso. Finalmente, cuando ya las tinieblas cabalgaban en lo profundo del cielo, me puso el resultado de su trabajo frente a mi cara.
-Miralo- me dijo. Lo miré, y al principio no vi demasiadas diferencias con el que yo había construido. Era un muñeco de trapo con cara de payaso, nada más que eso. Pero entonces vi algo más. En el fondo de sus pintadas pupilas brillaba un aire de burla. Sentí como si se estuviera riendo de mí. Me miraba fijamente hasta casi hipnotizarme. Su boca parecía a punto de explotar en una carcajada. Retrocedí instintivamente. La mirada del muñeco me siguió. Su rostro completo parecía haber adquirido una expresión maligna de tal magnitud que sentí una presión angustiosa en el pecho.
-Está bien- dijo mi padre, rompiendo el hechizo-Ya viste la diferencia.
Jamás nos deshacíamos de un títere. Cuando terminaba la temporada los guardábamos en un lugar especial de la casa llamado el mausoleo. Yo era el encargado de mantenerlo. Debía cuidar que los títeres no acumularan polvo, y que la humedad y la temperatura fueran las ideales para su conservación. El espectáculo al entrar al mausoleo era impresionante. Después de maniobrar con una puerta de hierro tan maciza y densa como la aprensión que provocaba contemplarla, uno parecía encontrarse ante las fauces de un animal inmenso. Las tímidas luces desgajadas en diversos tramos del lugar apenas servían para mitigar esa sensación horrible. Perpendiculares a la puerta, y paralelas entre sí, se elevaban vetustas estanterías de madera, quedando entre ellas angostos pasillos que apenas permitían el paso de un hombre. Allí, prolijamente alineados, silenciosos hasta lo opresivo, descansaban los viejos títeres. Al caminar ahí dentro se podía sentir que algo inminente e inevitable estaba por suceder. La sensación de claustrofobia era intensa, los muñecos parecían observar al intruso, amenazándolo con la mirada, como si  estuvieran esperando el momento de abalanzarse al unísono sobre el usurpador de su descanso. No podía evitar caminar en puntas de pies cuando entraba allí, hasta que pasados unos minutos me convencía de que nada iba a pasar, de que los títeres no tenían intención de quebrar su inmovilidad, y de que eran mis amigos.

Algunas noches atrás mi padre enfermó. Postrado en su cama me  llamó y me dijo que yo estaba pronto para seguir adelante con la tradición, que había aprendido todo lo que él era capaz de enseñarme y que desde ese momento en adelante debería continuar  mi aprendizaje solo. También me dijo que era necesario que tuviera un heredero al cual debería transmitirle mis conocimientos como él lo había hecho conmigo, su padre con él y así sucesivamente desde el comienzo del tiempo. Entonces me dio la llave que llevaba colgada en el cuello y me ordenó que abriera el baúl que yacía bajo su cama, ya que él no tenía fuerzas para hacerlo. Lo hice, y al abrirlo vi un libro dentro. Era el más grande que yo hubiera visto jamás, de tapas inconcebiblemente gruesas, sin inscripciones en la cubierta. Daba una impresión de objeto tenebroso e inhumano.
-Es hora de que aprendas los secretos de nuestro arte. Hasta ahora has aprendido mucho, pero eso es nada comparado con lo que te va a enseñar ese libro. Me queda algo más para decirte, mi obligación como padre me obliga a finalmente contarte tu historia. Un hombre no está completo si no es consciente de su identidad.
Yo lo escuchaba silencioso en la aturdida noche, y silencioso me recibió el amanecer. Finalmente, mi padre calló. Sus párpados desfallecieron, su cabeza giró a un costado, como si una mano invisible hubiera cortado los hilos que la sostenían, y dejó de respirar. Quedé mirando los despojos del único ser que había amado, ese ser hecho de magia y energía, ahora desvencijado e inmóvil, ni siquiera una burla de sí mismo. No sólo él había muerto, yo mismo era otro, las palabras de mi padre habían horadado mi alma profundamente, resquebrajando la sustancia de lo que yo había creído ser hasta el momento.
Con el paso de los días la sensación de desamparo y estupefacción se fue atenuando. Finalmente, una mañana, me decidí. Levanté con esfuerzo el pesado tomo y lo puse sobre una mesa. Abrí con un temor atenazante la adusta tapa y me sumergí en la lectura. Todo estaba ahí, los arcanos mayores y los menores sobre el arte del titiritero. Yo era ahora el guardián de esos secretos. Una ola de vértigo me abrazó. En ese momento empecé a trabajar. Debía dar vida al títere más importante de mi vida, el que llamaría mi hijo, el que sería mi aprendiz, el que me sucedería en el momento en que sintiera la necesidad de ir a descansar al mausoleo con mi padre, mis antepasados, y el resto de los títeres muertos.

jueves, 24 de enero de 2013

El virus

El origen de la desgracia puede ser múltiple, pero dado un número lo suficientemente grande de casos es posible encontrar ciertos disparadores que se repiten frecuentemente. Uno de ellos es el aburrimiento; otro, la curiosidad. Así empezó la  peripecia de Pablo. Una noche, envenenado de insomnio, solo, harto de la televisión, sin nada para leer, prendió su computadora y se sumergió en la web. Llevado por la inercia de la curiosidad terminó en un foro de cuestiones sobrenaturales. La gente contaba sus experiencias con fantasmas, ovnis, telepatía y todas las variantes imaginables de lo inexplicable.  Un tema llamó su atención. Su título era El fin, y en él algunos usuarios hablaban sobre una misteriosa página web, que reservaba horrores inimaginables a aquellos que osaran visitarla. Un usuario explicaba que sólo se podía acceder a la página en las medianoches de luna llena, ni un minuto antes ni uno después, pero recomendaba no hacerlo, porque la vida de quien lo hiciera cambiaría para siempre, y no precisamente para bien. Una sonrisa sarcástica se dibujó en la cara de Pablo. Decidió divertirse un rato; se hizo usuario y escribió, aludiendo al creador del tema. “Me gustaría visitar esa página, lástima que no pusiste el link”. A continuación le mojaba la oreja: “¿O será todo un invento tuyo?”

En los siguientes minutos recorrió algunos posteos sobre abducciones. Empezó a aburrirse. Cuando estaba a punto de irse una notificación iluminó la pantalla. Un correo. Usuario: Circe. Era el que había escrito sobre la web maldita. Abrió el correo esperando encontrar un insulto, en cambio apareció un link, y las palabras: “Espero que esto conteste tu pregunta. Te repito, no entres, pero sé que no me vas a escuchar. Suerte.”

Pinchó el link; la página no existía. Quedó convencido de que todo era un bulo más de los millones que ruedan por la red.

Tiempo después, durante otra noche de inquietud y desasosiego, Pablo, al asomarse a su ventana, se encontró cara a cara con la redondez de una luna tan nítida que parecía colgar a pocos metros de su cabeza. La cuestión de la supuesta página maldita afloró en sus pensamientos. Se dijo que no perdía nada echándole un vistazo. A las doce en punto entró. La pantalla del monitor se llenó de negrura. Un instante después, una cuenta regresiva de cuarenta y ocho horas empezó a correr. En ese instante el cielo se iluminó con el estallido de un relámpago, al que siguieron otros, y el bramido ensordecedor de los truenos saturó la noche. Un escalofrío lo atravesó de pies a cabeza, sin que supiera  porqué. Antes de acostarse corrió el antivirus, pero su máquina estaba limpia como el alma de un bebé. Se fue a dormir sintiendo una mezcla de alivio e inquietud.

Esa noche soñó consigo mismo, en esa misma noche, en su propia cama. Una angustia desconocida le anudaba el pecho. Intentaba levantarse, pero al hacerlo la carne se desprendía de sus huesos, cayendo sobre la sábana. Pablo gritaba,  pero el grito no salía de su boca, porque ya no tenía boca, garganta, cuerdas vocales. Despertó sobresaltado, asfixiado por el terror; su corazón golpeaba furioso contra las costillas. Afuera seguía la tormenta.No pudo volver a dormir en el resto de la noche. Se levantó cansado y malhumorado. Como todas las mañanas fue a ponerle agua y comida a Pérez, su perro, pero una cascada de gruñidos y ladridos le impidió acercarse a la cucha. Le habló, con calma al principio, levantando la voz después, sin conseguir calmarlo. Le dejó galletas y agua a unos pasos de distancia y se fue, preocupado. Su perro jamás lo había desconocido. De camino al trabajo tuvo la sensación de que los pasajeros del ómnibus lo miraban. La señora que estaba sentada a su lado parecía no sacarle la vista de encima, hasta que  no aguantó más y le sostuvo la mirada, desafiante. Entonces la mujer se levantó del asiento y se bajó. Desde la vereda siguió mirándolo hasta desaparecer en el camino.

La mala noche le pasó factura en su trabajo. Trató de combatir el cansancio y la somnoliencia a base de café. En el almuerzo le preguntó a sus compañeros sobre el partido de fútbol que tenían programado para esa noche.

-¿Qué partido?- contestó uno de ellos, dejando de morder su sándwich de milanesa.

-No te hagas el boludo, el de esta noche.-contestó Pablo, con tono de reproche.

Los otros se miraron un segundo antes de carcajear sus risas, con una sincronización perfecta.

-¿Qué tomaste? Convidá.

-Que vivos que son.

-Pero vos estás mal valor.

-¿Qué le pasa a éste?

Sostuvieron sus risas y sus comentarios. Pablo, malhumorado por la conspiración en su contra, se fue.

Pérez seguía igualmente agresivo cuando volvió. Siempre había sido un perro cariñoso, pero de la noche a la mañana se había transformado en un animal arisco. Llamó al veterinario, pero nadie contestó; le llamó la atención que estuviera cerrado tan temprano. Se decidió por googlear para ver si encontraba algo que respondiera por el misterioso comportamiento de Pérez. Prendió la computadora. La pantalla le mostró la imagen de la misma cuenta regresiva de la noche anterior. Intentó reiniciar, pero todo permaneció igual. Comprendió que un virus se había apoderado de la máquina. Se imaginó que al llegar la cuenta a cero desaparecería toda la información de su disco duro. Llamó a un técnico conocido. Por más que le pidió que fuera lo más rápido posible, sólo consiguió el compromiso de estar al otro día. A Pablo le pareció que el técnico quedaba desconcertado cuando le dijo lo que estaba pasando.

-Bueno, no te preocupes, yo voy mañana y la miro, alguna solución le vamos a encontrar.

Colgó con resignación, con la mirada fija en el monitor. Restaban menos de treinta horas para el cero, exactamente a la medianoche del siguiente día. Rogó para que el técnico encontrara una solución al problema.  Se puso a mirar televisión, pero la imagen del monitor titilando mientras el tiempo se terminaba (no sabía para qué pero se terminaba) lo distraía. Resolvió desconectar la computadora. Pidió algo de cenar. Después de una hora de espera volvió a llamar. Le dijeron que no tenían registrado su pedido. Indignado, cortó, después de ponerle los puntos sobre las íes a su interlocutor. Improvisó una cena y se fue a dormir. Su sueño fue tan tortuoso como el de la noche anterior. Volvió a soñarse en su cama. Su cuerpo emanaba un intenso olor a carne podrida, asfixiándolo. Abrió la boca intentando llevar aire puro a sus pulmones. Una oleada de gusanos brotó, hormigueante, de su interior. Un grito atroz se elevó en la noche. Se incorporó, tembloroso. En la oscuridad de su cuarto los números del monitor resaltaban como ojos. Comprobó que la computadora estaba desconectada. Una ráfaga de horror le atravesó el cuerpo.   Su cara se inundó de transpiración y lágrimas. Pérez empezó a aullar. Salió a ver que le pasaba Con los ojos fijos en el cielo, aullaba y aullaba.

Le gritó para que se callara. Antes de que pudiera reaccionar, el animal lo atacó, hundiéndole los colmillos en el antebrazo. Gritó de dolor y de miedo. Luchó para liberarse, pero sus movimientos no lograban aflojar la mordida, hasta que lo logró con un golpe en el hocico. Corrió hacia la casa, perseguido por el perro. Al cerrar la puerta, los ladridos y gruñidos quedaron afuera. Cayó  al piso, sumergiéndose en la oscuridad de la inconciencia.

Abrió los ojos sin saber dónde estaba. Un dolor agudo en el brazo le hizo recobrar la conciencia. Un amasijo de sangre coagulada, carne hinchada y pelos pegoteados daban testimonio del ataque. Fue hasta el baño a curarse y aplicarse un vendaje provisorio, antes de ir al hospital.  A continuación llamó al trabajo para comunicar lo que le había pasado y avisar que no iba a ir.

-Hola Sandra, soy Pablo. Te aviso que hoy no voy. Me atacó mi perro y voy a que me curen.

La respuesta que recibió no fue la que esperaba.

-Está equivocado señor. Acá no trabaja ningún Pablo.

La sangre se congeló en sus venas.

-¡Sandra, soy Pablo, Pablo Sosa!

-Acá estamos trabajando señor, disculpe pero no tenemos tiempo para bromas.

El teléfono cayó de su mano. Giró la cabeza y se encontró con los números menguantes en el monitor de la computadora. En ese momento su cabeza asoció todo, las advertencias sobre la página maldita, las pesadillas, los sucesos cada vez más extraños que le estaban pasando. Se vistió y salió corriendo a buscar un ciber. Buscó la página de fenómenos paranormales pero no pudo encontrarla. Era como si nunca hubiese existido. Con creciente desesperación siguió buscando, intuyendo ya que no lograría nada.

-Estoy loco.- dijo de pronto, casi como susurrando un secreto.

-Estoy loco.- repitió, alzando la voz con entusiasmo. Una carcajada creció en su interior hasta hacerse río furioso que se desbordó por su boca. La gente lo miraba, perpleja.

-¡Estoy loco! ¡Estoy loco!- repetía, gritaba, sacudido por los espasmos de la risa.

Se movió hacia la puerta. El empleado del ciber, con voz trémula, le reclamó el pago de diez pesos. Le dio una moneda y una carcajada más como despedida. Se internó en la calle. El mundo le parecía una mentira. Su euforia se evaporó en un segundo, dejando una sensación de angustia como no había sentido en su vida. Pensó en tirarse frente a un auto. Un pensamiento surgió en su mente como una tabla de salvación. Recorrió las calles, borracho de desesperación. Le parecía que la gente lo miraba con asco.

Vio a su madre con la bolsa de las compras, estaba a punto de entrar a su casa.

-¡Mamá!

Corrió hacia ella. Necesitaba abrazarla. Necesitaba sentir la contención de sus brazos, el cobijo de su pecho, como cuando era un niño. En ese momento era un niño asustado en una noche de tormenta.

Se escuchó un grito, después otro.

-¡Suélteme, suélteme! ¿Quién es usted? ¡Auxilio! ¡Ayúdenme por favor!

La mujer rechazó su avance golpeándolo. Unas manzanas rodaron sobre las baldosas.

-¡Mamá!- repitió, incrédulo. Sus manos crispadas seguían buscando el cuerpo esquivo de la mujer.

Un tackle de un transeúnte lo derribó. No se defendió, sólo siguió llorando y gritando.

-¡Mamá, soy yo! ¡Soy yo!

La mujer, en un ataque de nervios, no paraba de gritar. Otro transeúnte se había sumado al primero, golpeando a Pablo en el piso.

-¡Llamen a la policía, está loco! ¡Yo no tengo hijo!

Los atacantes se calmaron, sin dejar de sujetarlo. Uno de ellos le gritó en la cara.

-¡Quedate quieto hijo de puta, quedate quieto porque seguís cobrando!

Pero Pablo permanecía inmóvil, no debido a las manos de sus captores, sino por la imagen del desconocimiento reflejada en los ojos de su madre. Su dolor fue tan grande que quedó como atontado, como si su sistema nervioso hubiera colapsado, incapaz de soportar el peso de tanta angustia. Llegó un patrullero. Dos policías bajaron, preguntando por lo sucedido. Los captores se miraron, desconcertados. Ninguno de ellos supo explicar lo que había pasado. La mujer tampoco. Parecía que hubieran quedado congelados. Pablo se levantó y se acercó a su madre.

-Mamá, mamá, por favor... - dijo, con hilo de voz.

Acercó su mano al rostro amado para tocarlo. No pudo. Tocó el aire. Ya no había cara. Ya no había nadie. Sus párpados bajaron y subieron. El perfil rectangular de su computadora apareció frente a su cara. Seis ceros titilantes quebraban la oscuridad de la habitación. Volvió a parpadear. Los números habían desaparecido. Se levantó, caminando hasta la puerta del fondo. Salío a la pálida luz de la medianoche. Pérez lo recibió moviendo la cola, incrustándole sus enormes patas en el pecho y lamiendo su cara. Le dio unas palmadas, comprobó que tuviera agua y comida, y volvió a su habitación. Se sentó frente a la computadora. La encendió. ¿Desea reanudar la última sesión? Sí. Se abrió una página dedicada a sucesos paranormales. Un post llamó su atención. Su título era El fin.

jueves, 20 de diciembre de 2012

La caída


Recuerdo el primer día que vi a Shepard, inclinado sobre la pileta, rodeado por montañas de platos y vasos sucios. Un tipo callado, de cincuenta largos, un poco gordo. No hablaba de su pasado, cuando se le preguntaba respondía que había vivido en España muchos años, trabajando de chofer y de mozo. No tenía familia, lo cual hacía sonar extraña la historia del retorno. Preguntado al respecto, se encogía de hombros.
-Me cansé de ser un extranjero. Estar acá o allá es lo mismo, excepto por eso, que te miren distinto por no ser de ahí.
Quizás un alcohólico en rehabilitación. Es lo que pensé al ver a un tipo de esa edad trabajando de lavaplatos en un restaurante clase B. Eso, o ex preso, aunque no cuadraba con el estereotipo: sin tatuajes, bien hablado, de apariencia normal. Era una época de mucho trabajo y se había ido, casi simultáneamente, parte del personal, así que no le hicieron muchas preguntas ni le pidieron referencias antes de contratarlo. Después de todo, era para lavar los platos. No nos dijo el nombre de pila. Le gustaba que lo llamaran Shepard, a secas. Claro, no es lo mismo llamarse Shepard que González. La cuestión es que Shepard fue objeto de interés por unos días; después, al influjo de su silencio que no invitaba a ser cuestionado, nos olvidamos de su presencia. El estaba en su rincón, limpiando sin descanso lo que otros ensuciaban, como un engranaje perfectamente aceitado y encastrado en un mecanismo infinito, cumpliendo con su tarea sin preguntas ni quejas. Casi se hubiera podido creer que le gustaba lo que hacía, si no hubiera sido absurdo suponer tal cosa. Shepard no opinaba sobre fútbol ni sobre política, no salía con los demás a tomar unas copas después del trabajo, no elogiaba con desmesura el busto de las clientas. En fin, un bicho raro y antipático. Su existencia sólo se volvió memorable cuando entro el Negro Vázquez a trabajar al restaurante. Casualmente, yo estaba en la bacha, al lado de Shepard, fajinando platos, cuando entró el maitre con un veterano, flaco, de cara pícara.
-Muchachos, él es Vázquez, empieza hoy en el salón.
Me saludó con una sonrisa jovial cruzándole la cara. Pero al encarar a Shepard, la sonrisa se convirtió en un gesto de sorpresa. Shepard quedó blanco como un papel. Vázquez, haciendo un visible esfuerzo por dominar la sorpresa, le preguntó cómo estaba. Shepard no contestó, ni siquiera levantó la mano para estrechársela. Gruesas gotas de sudor le perlaban la frente.
Shepard pasó el resto de la noche con cara descompuesta, sin decir una palabra. Al irse, parecía enfermo. Fue la última vez que lo vi. No volvió a pisar el restaurante, ni siquiera fue a cobrar lo que le debían.
Vázquez no dijo nada al principio, pero ese viernes, después del trabajo, su renuencia fue desbordada por el whisky.
Acodados en nuestra expectativa, el Ruso González y yo escuchábamos el relato cariacontecido de Vázquez.
-Hace algo así como veinte años, gracias a un contacto, entré a trabajar en un restaurante top de Montevideo. La comanda, no sé si se acuerdan.
Yo era demasiado joven para acordarme, pero no así el Ruso.
-Me acuerdo, era furor. Y después cerró de un día para el otro.
-Sí. Shepard era el dueño, y el chef.
Nos miramos con el Ruso. El relato se estaba poniendo jugoso.
-Quién lo hubiera dicho. ¿Y cómo es que terminó de lavandín?
-Él había estudiado y trabajado en Europa. Al volver a Uruguay, puso el restaurante, a todo trapo. Era un tipo muy creído, tenían que verlo, entrando a la cocina con la cabeza levantada, sin mirar a nadie, como si fuera un rey. Pero la verdad es que sabía muchísimo. Los ayudantes lo idolatraban en lo profesional, aunque su trato era difícil. Más o menos una vez por semana echaba a alguien, por cualquier boludez. Si no le gustaba como habías cortado el perejil, te rajaba, así nomás.
-En resumen, un hijo de puta.- me atreví a acotar.
Vázquez no me escuchó, su mirada estaba lejos, ensimismada en sus recuerdos.
Pedimos otra ronda. El boliche estaba quieto, salpicado aquí y allá por algún borracho dedicado a conjurar a sus demonios en un vaso.
-El restaurante fue un golazo. Trabajábamos a salón lleno todas las noches. Si ibas sin haber reservado tenías que esperar a que se desocupara una mesa, si no no tenías chance. Shepard inflaba el pecho como un sapo. Era el amo del universo.
-¿Y qué pasó?- El Ruso y yo, más impulsados por la impaciencia que por el escabio, inclinamos el cuerpo hacia Vázquez, ansiosos por escuchar el desenlace del misterio.
-Resulta que un domingo a mediodía yo estaba esperando un plato y entra un comisse corriendo a la cocina y dice, casi que gritando: “Shepard, Shepard, ¡Está el Presidente con la señora, no tenemos mesa! ¿Qué hacemos?” Shepard, Poniendo cara de desprecio ante una pregunta tan estúpida, contestó que le armaran una mesa inmediatamente. Entonces me mira y me dice: “Vázquez, atiéndalos usted.” Me sorprendió que me dijera eso, había mozos con más antigüedad que yo. Pero bueno, allá fui.
Vázquez interrumpió el relato para tomar un trago. Yo, en vilo ante el desenlace inminente, aferraba el mío.
-Les tomé el pedido. Ella pidió un entrecotte con papas a la crema. Èl me dijo que había oído que ahí se hacía la mejor tortilla española del Uruguay. Shepard salió a saludarlos. En la cara se le veían los humos, mientras cruzaba el salón hacia su mesa parecía un emperador entrando a Roma.
Finalmente, salieron los platos. Los serví, llené sus copas y me quedé cerca. Miré las otras mesas de mi plaza, todo el mundo estaba servido, comiendo, así que me enfoqué en ellos.
Vázquez hizo una pausa. Movió la cabeza como diciéndole no a un interlocutor imaginario.
El Ruso y yo, al unísono, lo instamos a terminar.
-¿Y qué pasó?
-El Presidente cortó la primera tajada de tortilla y se la puso en la boca, poniendo cara de deleite. Les digo la verdad, la fama de la tortilla de Shepard estaba bien ganada, era una delicia. Entonces, cuando fue a cortar otro pedazo, me di cuenta de que algo estaba mal. Quedó pálido, petrificado. Me acerqué a preguntarle si todo estaba en orden. La mujer le preguntó qué le pasaba. Él se levanto, haciendo arcadas, y salió corriendo para el baño. Yo no entendía nada, hasta que miré el plato. Asomando en el triángulo faltante vi media cucaracha, gorda, asquerosa. La gente de las otras mesas empezó a levantarse. Antes de que pudiera hacer algo vi una tromba blanca entrando al salón. Shepard, que había visto todo, levantó el plato y lo acercó a su cara. Cuando vio la cucaracha pensé que iba a darle un ataque. En ese momento volvió el Presidente, blanco como un fantasma. Mirando a Shepard con indignación, hizo que su mujer se levantara. Shepard le pedía disculpas casi llorando. Se fueron y lo dejaron hablando solo. Miré a la gente de las otras mesas. Estaban todos con la boca abierta, mirando hacia el plato del Presidente. Shepard se calló, su cara pasó del blanco al rojo, y volvió corriendo a la cocina. Tapé la prueba del crimen con una servilleta y me la llevé, aunque todo el mundo ya se había dado cuenta de lo que pasaba. Desde la cocina llegaron gritos y ruidos de sartenes y ollas golpeando el piso y las paredes. Shepard se había abalanzado sobre los ayudantes, hecho una fiera. No le dieron el gusto de que se desahogara con ellos, entre los tres lo molieron a trompadas. Los clientes, mientras tanto, indignados o fingiendo indignación, se fueron sin pagar. A los demás, Shepard nos echó a gritos. Al otro día, cuando llegué, encontré el restaurante cerrado, con un cartel de clausura en la puerta.
Vázquez calló, tomando aire, haciendo fondo blanco.
-Nos dejó adentro con la guita a todos. No pudimos ubicarlo para cobrarle. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra. Algunos decían que se había ido del país, otros que se había matado. Nunca quedó claro cómo llegó el bicho al plato. Nadie dijo nada, pero estoy seguro de que fue uno de los ayudantes, en venganza por los maltratos y la pedantería de Shepard. Nunca volví a saber nada de él, hasta que lo vi el otro día.
Nos quedamos en silencio, rumiando el final del cuento. Había cosas que no me cerraban.
-¿Y por qué no le reclamaste lo de la plata?
Vázquez le hizo señas al mozo para que nos sirviera otra ronda. Me miró como un maestro a un alumno que no aprendió las tablas de multiplicar.
-Hace veinte años de eso. Esa plata no me hubiera cambiado la vida. Pasó, ya está. El tipo era un hijo de puta, pero le hicieron pagar un precio muy caro. Cuando lo vi el otro día se me vino a la cabeza su cara de esa tarde, enfrentada a aquél plato que fue su condena. Era la cara de un hombre desahuciado, de un tipo que vivía en una nube y que de repente se dio cuenta de que estaba en el aire, cayendo sin que nada ni nadie pudiera salvarlo. Nunca sentí tanta lástima por alguien.
Pensé en Shepard y su vida en estos veinte años, abandonado a la derrota, renegando de su talento para no recordar la mayor vergüenza de su vida, buscando en sus horas de sueño reencontrarse con sus días de gloria, con su reputación perdida para siempre, con la vida de triunfo que le habían arrebatado. Yo también sentí lástima.
Estábamos solos en el bar. Habían prendido las luces, y el mozo levantaba las sillas, lanzándonos miradas de reojo. La voz del Ruso abrió un tajo en el silencio.
-Es tarde. ¿Vamos?



sábado, 17 de noviembre de 2012

Idolo (2)



                 Gritaba los  goles de Machado como los de ningún otro. Tenía un póster suyo, inmenso, de papel satinado, dominando la pared de su cuarto.  Se hizo una bandera con su cara y con su nombre. Lloró de tristeza cuando se fue a jugar a Europa,  lágrimas que fueron de alegría cuando volvió.

                Marcos nunca fue al Estadio, vivía en un pueblito del interior alejado de las grandes confrontaciones futbolísticas. Miraba los partidos los domingos en la casa de un tío que tenía cable. Si ganaban se le llenaba la tarde de algarabía, si perdían el mundo se  tornaba triste y oscuro. Cuando hacía un gol  Machado era como si una novia le reafirmara su amor incondicional. Soñaba con conocerlo, con sacarse una foto con él, con que le firmara una camiseta. Le parecía un imposible, como si Montevideo quedara en el otro extremo del mundo. Le había pedido a su padre que lo llevara a ver un partido alguna vez, recibiendo como respuesta que el pasaje a Montevideo era muy caro, y las entradas también, y que ellos eran pobres y no podían pagar tanto por un partido de fútbol.
                          Cuando se enteró de la noticia el corazón se le encabritó en el pecho y pegó un grito de alegría. Se iba a jugar un partido a beneficio en el Estadio Municipal. Por fin vería al equipo de sus amores, por fin tendría la chance de estar con su ídolo, de hablarle, de pedirle un autógrafo, de sacarse una foto. Sus días se colmaron de impaciencia esperando la gloriosa jornada. La noche previa al partido no durmió.

                         Ese día casi no pudo comer por los nervios. Sentía los ravioles atravesados en la garganta cuando salió con su padre para el Estadio. Se abrieron paso a codazo limpio entre la multitud que esperaba la llegada del ómnibus que traía al plantel. El sol caía a pique sobre las cabezas inquietas, los cánticos se elevaban como un conjuro contra la excitación de lo inminente. De pronto, un grito, un dedo señalando, un orgasmo de agitación señalando el acontecimiento esperado. El ómnibus se acercó lento, demasiado lento para los ojos que lo miraban maniobrar, para las bocas frenéticas que, ya desacompasadas, desgarraban la tarde con sus gritos. El rugido se intensificó cuando se abrió la puerta del ómnibus y el primer jugador bajó. Marcos se mantuvo en el borde del remolino que pugnaba por acercarse a los jugadores. Un cordón de seguridad, formado por hombres con aspecto de luchadores de sumo, se prodigaba tratando de contener a la multitud.  Cuando Marcos reconoció a Machado descendiendo al pavimento, supo que ése era el momento. Machado ya estaba a pocos pasos de su posición. Miró al guardia más cercano, debordado por la agitación de un mar de manos que pugnaban por tocar a los ídolos. Dio un paso en el  momento justo para quedar frente a frente con Machado, que tuvo que detener su marcha.
-Tigre, maestro, ¿Me firmás la camiseta?
Machado, detrás de sus lentes negros, no movió un músculo. Orientó su cuerpo de forma de pasar junto al de Marcos, como un barco presuroso que se aleja indiferente a los gritos de auxilio de un náufrago. Marcos quiso seguirlo, dio un paso, pero dos brazos como anacondas lo inmovilizaron, mientras la espalda del ídolo se alejaba.
                             El partido fue una práctica. El equipo local, inferior física y futbolísticamente, nunca pudo estar a la altura de los capitalinos, que jugaron a media máquina. Un rato antes de terminar el partido, Marcos y su padre intentaron acercarse al vestuario. Un urso con cara de pocos amigos les frustró las intenciones.
-No pueden pasar. Sólo prensa.
                               Resolvió jugarse el cartucho de su última oportunidad esperando junto al ómnibus. Casi una hora después, los jugadores comenzaron a recorrer el camino inverso al que habían seguido antes. Esta vez alcanzó a tocar el brazo de Machado cuando pasaba. El Tigre eludió el contacto de un manotazo, apartándose un poco al mismo tiempo.
-¡Tigre, ¿Me firmás la camiseta?
Machado hizo un breve gesto de fastidio, pasándose la mano por el brazo como para sacarse una pelusa. Sin decir palabra, siguió caminando hacia el ómnibus, diluyéndose rápidamente, como una alucinación quebrada de repente por la insoportable tiranía de la lucidez.